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Ibrahim y Cachaíto en la saga de Buenavista Social Club

Los buenos duermen bien

Pedro de la Hoz

Parece un príncipe. Mejor dicho, lo es. Los 73 años no le pesan. "Estoy viviendo en mi cuerpo de hombre ya viejo un sueño de juventud", dice a los periodistas curiosos que lo asedian a la salida del escenario. Dice verdad —su verdad— este hombre que canta suave, claro, sin mayores esfuerzos, y por estos días estremece a públicos diversos en Norteamérica. Ibrahim Ferrer es noticia cotidiana en la prensa que sigue el día a día de los espectáculos del verano. Cabeza visible de la saga de Buenavista Social Club, ese proyecto que Juan de Marcos González les sirvió en bandeja a Ry Cooder y Nick Gould en 1996, el veterano cantor cubano dondequiera que se planta, roba la atención. Y no es cosa que despierte simpatía por la edad, sino porque es portador de una tradición, un estilo, una sensibilidad que se agradece en un mundo saturado de sonidos que se parecen demasiado unos a otros.

AP   

Ibrahim Ferrer, sonriente y triunfal, el último fin de semana en un anfiteatro de la localidad californiana de Oaksville.

Antes de llegar a Estados Unidos, donde en estos momentos cubren una serie de presentaciones en la costa del Pacífico, un Buenavista Social Club, notablemente renovado, despertó pasiones en el Festival de Jazz de Montreal. Ante 10 000 personas que colmaron la Place des Arts, Ibrahim hizo que la gente cantara y bailara con él. Porque la gente, según todos los reportes, sabe de memoria las Dos gardenias, de Isolina Carrillo, y agradece el movimiento de las voces que se unen a Ibrahim en el canto. Y porque también en los festivales de jazz, el auditorio, luego de escuchar las improvisaciones del género, mueve los pies si se le pinta en el aire una guaracha o un son montuno.

De manera que en Montreal todas las miradas recayeron sobre Ibrahim tanto como se felicitaron de contar con el mito local Oscar Peterson, ese enorme pianista que ha aportado clásicos como Wheatland y Evening song, y de recibir al brasileño Joao Gilberto, el autor de la inefable Samba de una sola nota.

Detrás del cantante se mueve una orquesta que impresiona por la potencia y transparencia de su sonido. El trombonista Jesús (Aguaje) Ramos, que ha quedado como inductor del proyecto, ha sumado a otros intérpretes de fuste en la sección de metales y a un colega suyo que clasifica entre los mejores orquestadores cubanos, Demetrio Muñiz. El resultado es una jazz band de estirpe clásica, como lo fueron en su tiempo los Hermanos Castro o la Riverside, pero con un toque de distinción contemporáneo. Todavía Rubén González, desgastado por los años, asoma su brillantez en uno que otro tema. Pero Ibrahim es, hoy por hoy, la estrella rutilante.

Al otro lado del Atlántico, la saga del BSC sigue por el costado instrumental. Surge, de una vez por todas, desde el fondo de la base rítmica, un sonido que es todo un estandarte, el de Orlando López (Cachaíto). En España, por estos días estivales, no se habla de otra cosa que del disco donde ocupa un anhelado protagonismo. Carlos Galilea, el crítico de El País, da rienda suelta a su entusiasmo: "Cachaíto esboza caminos innovadores para la música de Buena Vista Social Club" y recuerda que "a sus 68 años, Cachaíto ocupa por fin el primer plano. Es un López, como su padre Orestes y su tío Israel, de quien le viene lo de pequeño Cachao. Le gusta investigar en distintas direcciones, sin perder la esencia cubana, y dando todo lo que lleva dentro."

Este formidable contrabajista, recordado tanto por sus contribuciones a la tropa de "amigos" de Frank Emilio Flynn como por su larga faena como primer atril de la Orquesta Sinfónica Nacional, presente en todos los discos de Buenavista Social Club, se ha aliado en esta oportunidad a una banda multinacional, en la que figuran sus compatriotas Manuel Galván, el legendario guitarrista de los originales Zafiros, y Angá, el percusionista que ha revolucionado la dinámica cubana de las tumbadoras en el jazz latino contemporáneo. Todo va mezclado: el hip hop del disc jockey francés Dee Nasty y el saxofonista norteamericano Pee Wee Ellis, las reminiscencias del estilo de Charles Mingus en el bajo de Cachaíto en conversación con los parches de Angá y el sonido hiriente de la trompeta del sudafricano Hugh Masekela.

Cachaíto in laboratory rompe esquemas. BSC se prueba en la renovación. La música cubana va pasando de la moda al modo, y eso es lo que cuenta.

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