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Entre Mozart (...) y Salieri

ROLANDO PEREZ BETANCOURT

Una escena inolvidable del filme Amadeus es aquella en que un atormentado Salieri le reprocha a Dios haberle otorgado una necesidad imperiosa para crear, y al mismo tiempo no dotarlo del talento suficiente que le permita reinar entre los mejores.

Hastiado de una fama que no era precisamente la que buscaba en el terreno literario, Conan Doyle asesinó a Sherlock Holmes.

Milos Forman recoge allí de una manera espléndida el más ancestral conflicto entre el artista, sus propias exigencias creativas y los límites que los misterios del talento le imponen.

Rodin, que cincel en alto sudó como un esclavo en las minas del rey Salomón, pero tuvo la suerte de conocer en vida el éxito de sus esculturas, dejó escrito en su testamento varios consejos dirigidos a sus alumnos. Estos dos resaltan entre ellos:

"Ejercitarse sin descanso. Es preciso extenuarse en el oficio".

"¡Paciencia! La inspiración no cuenta. Ella no existe".

¿Pero qué hacer cuando el duende de la creación elige a alguien, lo abraza, y no obstante la entrega fatigosa que se le rinde, solo permite "llegar" en pocas ocasiones, o "llegar a medias", o tan solo "rozar" el objetivo, a veces hasta mostrándose este arisco, domable en parte, fugitivo?

Hace pocos días se descubrió una carta de Hemingway a Scott Fitzgerald en la que hacía trizas al amigo porque este consideraba el final de Adiós a las armas bastante errático.

Hoy no hay que ser un especialista para comprender que el atormentado Fitzgerald tenía razón. Hemingway fue un cuentista excepcional. Pero igualmente quiso tocar el cielo con la novela. Y aunque escribió ese irrepetible que es El viejo y el mar, también hoy se sabe que su obra novelística se encuentra llena de interrogantes formales.

Y sin embargo, trató de echarse el duende en el bolsillo hasta el último disparo.

El caso de Conan Doyle fue singular.

Oftalmólogo por título universitario, hubiera sido incapaz de extraer con eficiencia una pestaña del ojo del mismísimo Polifemo. La carrera literaria que venía ejerciendo a la par tampoco permitía vislumbrar nada promisorio. Un día, con el fantasma de la frustración ya pendulando sobre su cabeza, decidió crear a Sherlock Holmes a ver si le salvaba la trama de una novela que había empezado y que no apuntaba hacia ninguna parte.

La historia es conocida: Mister Holmes, excéntrico, sin frenos ante el desaliento, misógino, caballeroso y abierto a la ciencia, se convirtió en poco tiempo y tras varias entregas, en un símbolo nacional. Muchos llegaron a creer que el personaje era real y le escribían a diario miles de cartas a la redacción de la publicación donde los relatos aparecían por entregas

Tanta era la fama, que Doyle no podía vivir. Y peor aún. Para él aquello no era literatura. Y su aspiración era convertirse en un novelista histórico de la talla de Walter Scott y Stevenson. Escribió entonces dos buenas novelas históricas, La compañía blanca y Sir Nigel, que si bien resultaron aplaudidas, se quedaron lejos de la gloria de Holmes.

Martirizado y aburrido de tener no exactamente lo que quería, decidió liquidar a su héroe en 1893. Fue así que en El último caso lo hizo caer por unas cataratas. Pero nunca pensó que el mundo se le viniera encima: Inglaterra se vistió de luto, su madre le retiró la palabra, su casa fue asaltada y recibió tantos insultos y amenazas que se vio obligado a refugiarse en Suiza.
Ocho años después de despeñar al detective, un amigo le cuenta la leyenda de un perro fantasmal y asesino y lo incita a escribir la novela con Holmes de protagonista. Doyle acepta con una condición: "Por una sola vez y situando la trama antes de la muerte de Sherlock".

Por muchos considerada su mejor historia, el éxito de El sabueso de los Baskerville fue enorme. Y junto a él, las reediciones, las ofertas de los editores para que el detective volviera a la vida.

En 1903, en La aventura de la casa vacía, se explica que Holmes no había muerto, no señor, se había ocultado para escapar de sus enemigos. Todo comenzaba de nuevo. Hasta 1927 en que Conan Doyle entregaba su última tanda de relatos, Los archivos de Sherlock Holmes.

Tres años después moría vitoreado, luego de haber reinado en el campo de los mejores.

Aunque, —¡bendita insatisfacción del arte!—él hubiera asesinado cien veces más a Holmes con tal de saborear un largo relámpago de lo que siempre quiso.

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