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Amores perros

ROLANDO PEREZ BETANCOURT

Si una película logró captar la atención del público en el último Festival del Nuevo Cine en La Habana, esa fue sin duda la mexicana Amores perros, estreno que ahora podemos ver en nuestros cines.

La cinta del debutante Alejandro González había logrado algo insólito en la cartelera de su país: desplazar de los primeros lugares a los filmes más comerciales procedentes de los Estados Unidos y constituirse en un acontecimiento cultural aplaudido sin reservas.

Amores perros llega precedido por un cargamento impresionante de reconocimientos internacionales, incluido el Coral de ópera prima en la cita habanera, galardón si bien estimulante, por debajo de lo que realmente merecía, es decir, el Coral máximo.

Si quisiera buscarse una influencia estilística en esta joya de Alejandro González, habría que remontarse al año 1994, fecha en que el Pulp Fiction de Tarantino le abrió las puertas a una generación de jóvenes provenientes del clip y del spot publicitario, orígenes también transitados por el director mexicano.

Los primeros minutos de Amores perros, carrera en automóvil en medio de un frenesí de arrebatos y sangre, hacen pensar en esa vía Tarantino. Pero no nos engañemos. Allí donde no pocos trataron de copiar la histeria ex profeso aséptica y hasta artificial con la que el director norteamericano hiciera época, González trasciende al tornar sus aspiraciones más abarcadoras y complejas, incluyendo la alta incidencia social en las tres narraciones que entrecruza.

Lo que en un inicio pudiera parecer un remedo más, se convierte rápidamente en una obra bien discurrida y estructurada, que justifica los tres años que estuvo en elaboración y las 36 versiones con que contó para finalmente plasmar lo que evidentemente se buscaba: una cinta sobre la violencia cotidiana asfixiando a una ciudad, tanto en lo cerebral como en lo sangriento.

De una manera sabia, González asume la intemperancia no como regodeo gratuito, espectacular, o tan siquiera sórdido por estética, sino poniendo de manifiesto aquella catarsis que sirvió a los griegos para sacar a flote los entresijos de la conducta humana.

Se trata de un empeño cósmico, ambicioso, de abordar los diferentes conflictos que marcan a una sociedad a partir de un accidente automovilístico. Narración circular, abigarrada, estableciendo paralelismos entre hechos y personajes y que siempre volverá al comienzo con el mérito de sostener la atención y de no perder en claridad, no obstante las bifurcaciones narrativas por las que se desplaza.

Estamos en presencia de un filme que asumiendo el reto de la complejidad expositiva resulta tremendamente eficaz, entre otras razones por el diseño de sus personajes, cada uno de ellos como respondiendo a distintas voces de una cantata empeñada en recordarnos que Ciudad México puede ser nebulosa, apasionada, llena de peligros, tierna y tan feroz y fiel como los perros implicados en la trama.

Hay, eso sí, una historia necesaria por cuanto se refiere a una clase social por encima de las predominantes en el filme (el romance entre la modelo y el ejecutivo), y ya se sabe el anhelo aprehensor del director, que parece responder a otro registro, más cercano a una comedia negra de trascendencia onírica que a la línea expositiva que se ha venido trazando en la primera, verdadero thriller sobre peleas de perro a lo "macho", sexo y mucha rudeza.

La subtrama funciona, pero el cambiazo estilístico pudiera abrirle también las puertas a un cierto desconcierto por cuanto el director se está imponiendo el reto de una variación de tono de noventa grados, para luego darle otra voltereta al timón, en el último relato, irónico y sentimental, al hablar del ex guerrillero convertido en un matador a sueldo.

Le sobran situaciones a esa segunda historia del ejecutivo y la modelo, y el cambio de tono hasta perturba, cierto. Pero al final uno sale del cine con el convencimiento de que ha visto una obra casi perfecta.

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