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El soldado Ryan salva a Pearl Harbor 

ROLANDO PEREZ BETANCOURT

Salvar al soldado Ryan, el filme de Spielberg de 1998, ganador de varios premios Oscar y merecedor de una condecoración por parte del Pentágono, le abrió el camino a una de las películas más caras de la historia del cine norteamericano, Pearl Harbor (140 millones de dólares), estrenada hace un mes en cientos de cines de los Estados Unidos.

Tal como se prevía, Salvar al soldado Ryan, de Spielberg, multipremiado en 1998, le abrió las puertas a una avalancha de historias patrióticas sobre la Segunda Guerra Mundial.

También el ficticio Ryan, junto al actor protagónico del filme, Tom Hanks, jugaron un papel fundamental para que la recaudación popular de fondos se disparara y luego de varios años de solicitud, el Congreso diera el visto bueno para la construcción en Washington de un monumento de proporciones faraónicas, en recordación a los soldados participantes en la Segunda Guerra Mundial.

Ahora, al conmemorarse los sesenta años de la entrada de los Estados Unidos en aquella contienda, el filme Pearl Harbor se aprovecha de las puertas de nostalgia patriótica abiertas por Spielberg. Una vía que también han sabido emplear la televisión, con la producción de diversas series, y el mundo editorial, al punto de que varios títulos sobre el tema se han convertido en best seller. Precisamente uno de esos autores exitosos, Tom Brokav, se ha preguntado a qué se debe esta explosión de interés al cumplirse los sesenta años del ataque japonés a la base de Pearl Harbor, cuando en el aniversario cincuenta la fecha casi pasó por debajo de la mesa. Y recuerda cómo un acto oficial celebrado en Hawai, el 7 de diciembre de 1991, transcurrió en medio de una indiferencia general y sin apenas participación de la televisión.

La película de Spielberg aleccionó acerca de que el factor demográfico pronto dejará sin recuerdos directos la historia de aquel conflicto. De 16 millones de participantes norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial —según cifras oficiales— quedan vivos poco más de cinco millones y el ritmo de muertes es de 1 100 por día.

Al tocar con efectividad la cuerda de la nostalgia, Spielberg despertó en la cultura popular la necesidad de preservar esa memoria por la llamada guerra buena, una lucha en la cual "los sacrificios estaban justificados".

La avalancha de obras, libros, filmes y series que sucedieron a Salvar al soldado Ryan han logrado un fenómeno de comunicación acerca del cual se han pronunciado no pocos investigadores en los Estados Unidos, bajo la apreciación general de que los norteamericanos están redescubriendo la Segunda Guerra Mundial.

Para Carol Gluck, el masivo interés que ahora se observa no es motivado por un trabajo renovado de los veteranos, sino por la avidez de la generación siguiente a ellos, la de los famosos baby-boom.

"Spielberg, Tom Hanks, Tom Brokav —ha dicho él— son todos baby-boomers. Descubrieron en la Segunda Guerra Mundial el patriotismo de un país que no conocieron, los Estados Unidos en que ellos crecieron es el de la Guerra Fría y la guerra de Viet Nam, que fue la guerra mala, fustigada en las pantallas a lo largo de los años ochenta y que hizo a muchos no querer saber nada de ningún otro conflicto bélico."

Historiador, autor de numerosos libros sobre los años cuarenta, Kai Bird ha dicho que el reciente interés en su país por la Segunda Guerra Mundial "es una búsqueda desesperada de una suerte de historia políticamente correcta, una tentativa de recrear el triunfalismo de la guerra buena por oposición a las malas guerras"

No obstante preverse que Pearl Harbor superará los 200 millones de dólares solo en cines de los Estados Unidos y que la compensación en video y DVD será mayor, tanto una buena parte de los críticos como los historiadores coinciden es que no es un buen filme.

"Es una historia aséptica, incompleta y para consumo interno", dijo Carole Cluck.

Otros historiadores han deplorado que aspectos turbios y comprometedores de la política norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial no sean abordados en el filme, como la represión contra los ciudadanos de origen japonés que vivían en los Estados Unidos y, por supuesto, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

También se quejan los historiadores de que la expansión difusora que están teniendo esas historias en la cultura popular —con lo cual se viene ganando mucho dinero— se ocupe solo de los aspectos más patrióticos y sensibleros de la contienda y no aprovechen el momento para indagar páginas aún oscuras de la llamada Historia Oficial de la Segunda Guerra Mundial.

En tal sentido, el profesor John Dower escribió en una columna en el The New York Times: Al ignorar el horror y la tragedia de la guerra del Pacífico, el filme Pearl Harbor no es más que una oda al ardor patriótico y a una inocencia norteamericana imaginaria.

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