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Al trote tras el caballo cubano FELIX LOPEZ
Para los árabes, la mayoría de sus dichos, historias y anécdotas costumbristas pertenecen al mundo del caballo. Es tradicional, por ejemplo, que cuelguen una bolsita de cuero (con la genealogía del animal) en el cuello de los potros que nacen. Y es tal su fascinación por estos animales que entre las tres cosas que consideran solemnes están la llegada de un hijo, la aparición de un poeta o el parto de una yegua. Cuentan, además, que los árabes defienden el concepto de que buenos caballos son aquellos que tienen tres cosas largas, tres cortas, tres anchas y tres puras: largas tienen que ser las orejas, el cuello y las patas delanteras. Cortas, el dorso, la cola y las patas posteriores. Anchas, la frente, el pecho y la grupa. Y puras, los ojos, la piel y los cascos. No es casual que los cubanos reconozcan también un hálito mágico en estas nobles y útiles criaturas de la naturaleza. Todas las investigaciones realizadas en América prueban que el caballo no existía en nuestras tierras a la llegada de los españoles. Y según documentos del Archivo de Indias de Sevilla los traídos por Cristóbal Colón (1943) eran de los llamados Ibéricos —sobre todo el Andaluz—, en cuya formación habían influido los animales llevados allí por los musulmanes del Norte de Africa. En Cuba se encargó de introducirlos Diego Velázquez, quien en 1511 llegaba con la inhumana misión de dominar a los indios. Crónicas de entonces recogen el aterrador momento en que Pánfilo de Narvaez, al frente de 30 hombres y montado sobre una yegua, intentó tomar Bayamo. La presencia de aquel raro animal bastó para sembrar el pánico entre los nativos de la zona. Por ironías del destino, los caballos —conducidos por nuestros mambises— protagonizaron después muchas de nuestras más grandes hazañas libertarias; entre ellas las famosas cargas al machete y la fulminante invasión de Oriente a Occidente. Su presencia se hizo familiar en campos y ciudades, como animales de tiro o inseparable amigo del campesino, que nunca ha podido resistirse a la personalidad, destreza y coraje de estos animales. MAS DE CUATRO SIGLOS DE ADAPTACION Según el doctor Lorenzo Falcón, de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna (ENPFF), el caballo criollo tiene más de cuatro siglos de adaptación a nuestro medio: "Es fuerte, resistente, dócil y capaz de realizar cualquier trabajo. Se acerca a la perfección. Sus pocos defectos son, en la mayoría de los casos, inherentes a la raza, consecuencia de mala educación, exceso de actividad o descuido en su crianza". Para este especialista, la importación de sementales extranjeros y la mestización a que fue sometido, sin conceptos genéticos, ha hecho que en la actualidad tengamos una gran cantidad de mestizos, en ocasiones de buena estampa, pero carentes de rusticidad y de poca resistencia para nuestro sol y calores del verano. En opinión del ingeniero Mariano Campos Rojas, especialista del MINAGRI, las razas Cubano de Paso y Criollo de Trote demostraron que eran superiores al resto de las introducidas en Cuba a partir del siglo XVIII. Caracterizadas por su resistencia, rusticidad, brío y valor ante la caballería española se ganaron que los criadores de la Isla mantuvieran, históricamente, su preferencia por el caballo nacional. No es un secreto para nadie que las primeras décadas revolucionarias de desarrollo económico hicieron que miles de tractores desplazaran a los caballos en el paisaje agrícola del país. A muchos campesinos, los más previsores, nunca les pareció una buena idea. El período especial vino a darles la razón. ¿De qué forma puede moverse un rebaño ganadero sino es con su ayuda? ¿Cómo bajar el café de las lomas si no se dispone de un arria de mulos? ¿Y los alimentos de la serranía, quién los sube?... Consciente de esa realidad, el Estado cubano responsabilizó a la ENPFF, dirigida por el Comandante de la Revolución Guillermo García Frías, con la tarea de conservar y recuperar el fondo genético equino, sobre la base del desarrollo histórico que ha tenido en cada uno de los territorios, así como del mejoramiento genético de la cría, sobre todo de las razas pesadas con fines de trabajo, fundamentalmente de tracción, la que se está fomentando en varios centros. En la actualidad la empresa dispone de 12 000 ejemplares de 12 razas diferentes, con líneas de desarrollo en varios territorios del país. Sobresale en esta tarea el antiguo sitio La Mora (conocido popularmente como la recría Caballar de Managua), que se convirtió de finca de recreo de un terrateniente en la primera granja de recría de caballos de razas fomentada por la Revolución. Muchos son hoy los cubanos que han subordinado su vida al desarrollo equino del país. Pocos podrían superar en esta empresa a Evaristo Peña, un campesino de 70 años que anda todavía encaramado por las lomas de Manicaragua, en el Escambray, enseñando a los más jóvenes el duro y especializado oficio del criador de mulos. Asesor de la granja Don Quijote (conocida como la fábrica de mulos), Evaristo confiesa que aprendió hace más de 30 años que era equivocada la tradicional e injusta costumbre de apalear a ese cuadrúpedo —hijo de asno y yegua— para amansarlo y enseñarle su duro trabajo. Esa enseñanza, coinciden los más veteranos guajiros, es aplicable en todos los equinos. Al trote, tratando de recuperar a ese carismático
"personaje" de nuestros campos, anda la ENPFF. Una misión que agradeceremos a la vuelta de unos años, sobre todo porque ellos evitarán, si es que triunfan, que nuestros hijos y nietos tengan que conformarse con aquellos hermosos, pero inertes caballos, que nos dejara para la posteridad el pincel de Carlos Enriquez. |