 Naturalidad ROLANDO PEREZ BETANCOURT La naturalidad es algo que, o se obtiene de cuna, o hay que ganar por necesidad. No ser natural es una tragedia porque los otros lo detectan al instante. Algo así como el ladrón que en pleno día se pasea encapuchado y con la ganzúa en la mano.
—¡Allá va el ladrón!
—¡Allá va el afectado!
De muchachito tuve el primer problema con la naturalidad: Iba a declarármele a una compañera de escuela y no sabía cómo entrarle. Entonces traté de hallar un modelo en el cine. Finalmente me decidí por una combinación del James Dean de Rebelde sin causa y el Paul Newman de El estigma del arroyo: manos en los bolsillos, mirada perdida en un abismo virtual, farfullando una suerte de metáforas cantinflescas mientras daba lengüetazos a una chambelona, ella no se enteró nunca lo que realmente trataba de transmitirle.
La naturalidad es un fenómeno de identidad y por lo tanto cultural.
Identidad extraviada tanto en la vida como en el arte.
Hay actores rebuscados, directores fingidos, cantantes insinceros, escritores simulados, pintores tramposos... y empleadas-máquinas que detrás de su maquillaje perfecto, tratando de desplegar una supuesta amabilidad de rosa de invernadero, hacen derroche de una tecnoausencia descalabrante.
¿Serán cubanas?, me pregunto a veces.
Y que conste que no lo digo por aquello de que después de los 50 las mujeres jóvenes y bellas no solo no lo miran a uno, sino que no lo ven.
No, esa es otra historia.
La falta de naturalidad es algo que se capta al instante.
Allá en los cincuenta, mi madre me llevó de visita a la residencia de una señora donde de joven ella había estado trabajando. A cada rato la señora me acariciaba el pelo y repetía: ¡Pero qué baby más chic!
De vuelta al hogar, fue mi hermano mayor, siempre más analítico, quien me sacó de la intriga de aquellas palabras: Primero, yo no era nada chic, segundo, a la señora le faltaba autenticidad, se creía una marquesa.
La autenticidad es algo que no logran concretar los que pierden la naturalidad.
A veces ser cultos y auténticos en el campo de la credibilidad popular se torna difícil.
Hace años, una vieja amiga se quejaba de los encontronazos con su novio:
—Chico
—protestaba ella— incluso hablando conmigo es poco natural, rebuscado; dice antinomia por contradicción y fiemo en lugar de basura.
Sin embargo, se casaron, tuvieron hijos y parece que con la mayor naturalidad del mundo lograron ser felices.
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