La confesión de un cocodrilo

FELIX LOPEZ

Protagonista de un sobreactuado papel de presidente ecologista, George W. Bush, visitó los Everglades, el mayor parque nacional de los Estados Unidos. Allí, como quien liquida de un plumazo las deudas del capital con la naturaleza, prometió el desembolso estatal de 219 millones de dólares para restaurar ese ecosistema de importancia planetaria.

A la misma hora, pero a miles de kilómetros de la Florida, un niño brasileño ganaba el primer premio del concurso de una revista local dedicada al medio ambiente. En un texto breve, pero revelador de la desgracia amazónica, el pequeño de seis años lograba hacer un retrato conmovedor de su pueblo: "Salen barcos llenos de árboles y llegan barcos llenos de autos".

Pero el llamado pulmón del planeta, decenas de veces mayor en extensión y recursos que los Everglades, no recibió ni un solo centavo de "regalo" en el Día Mundial del Medio Ambiente. ¿Ignorará Bush que la inmensa mayoría de las empresas madereras y mineras que día tras día mutilan la floresta amazónica pertenecen a su país? ¿Acaso no termina en los bancos del Norte todo el dinero que saquean a la naturaleza del Sur?

Del tema no dicen una sola palabra. De la misma manera que nadie ha tenido la gentileza de responderle a los pocos sobrevivientes de las tribus indias Yanomanis el porqué los obligaron a abandonar sus tierras y quién fue el causante del gigantesco incendio, en 1998, de los bosques de la región de Roraima. Poco tiempo después, aquel último paraíso de la tranquilidad yanomani, se llenó de ganaderos y traficantes de madera, oro y drogas. Todos blancos. Todos civilizados...

La culpa de la depauperación ecológica del planeta se achaca en los discursos imperiales a todos. Aunque las estadísticas revelen que el 25 por ciento de la humanidad comete el 75 por ciento de los crímenes contra la naturaleza. Todos somos "culpables" del envenenamiento de la atmósfera, mientras cada norteamericano hecha al aire, en promedio, 22 veces más carbono que un hindú y 13 veces más que un brasileño.

Pero las empresas responsables de esas cifras, figuran en los primeros lugares entre las que más dinero ganan. Y son también las que más dinero gastan en la publicidad (que convierte por arte de magia la contaminación en filantropía) y en las ayuditas "desinteresadas" que brindan a los políticos que deciden la suerte de los países del mundo.

Así las cosas, la hipocresía terminó convertida en un dañino desecho contra los seres humanos: el grupo General Electric, dueño de las cuatro empresas que más envenenan el aire, es el mayor fabricante norteamericano de equipos para el control de la contaminación del aire. El gigante multinacional Westinghouse, que se gana el pan vendiendo armas nucleares, oferta también millonarios equipos para limpiar su propia basura radioactiva.

En 1992, mientras Fidel llamaba al mundo a salvar el planeta, otro de los mandatarios asistentes a la Cumbre Mundial de Río de Janeiro, el entonces presidente George Bush, se negaba a firmar la Convención de la Biodiversidad en nombre de los poderosos del párrafo anterior: "Es importante proteger nuestros derechos, los derechos de nuestros negocios", se justificó.

Por estos días, Jonathan Ullman, representante de la organización ecologista Sierra Club, en el sur de Florida, llamó la atención sobre la reciclada negativa del otro Bush: "La política del Presidente en sus primeros meses de gobierno, aseguró, ha sido una amenaza para el ambiente".

Según Ullman, la decisión del actual presidente de no firmar el Tratado de Kioto sobre calentamiento global, la liberación de las regulaciones para los contenidos de arsénico en el agua y la estrategia energética centrada en los hidrocarburos con exploraciones en reservas naturales como Alaska o en la costas de la Florida, son hechos que demuestran la amenaza ambiental que representa la política de la administración norteamericana.

Pero el pasaje más pintoresco de su última incursión en el escenario ecologista, su publicitada visita a los Everglades, ocurrió cuando el presidente se enteró de que estaba en el hogar de 68 especies en peligro de extinción, y el único lugar en el mundo donde cocodrilos y caimanes conviven. Entonces, no pudo evitar una confesión: "Tengo una cierta esperanza de que lo mismo suceda en el Congreso uno de estos días".

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