Chile
Sobreseer la peor política
JOAQUIN RIVERY
Parece tratarse de uno de esos
laberintos de juego virtual de computadora, donde el operador pasa de un
lado a otro sin encontrar la salida por mucho que la busque,
desesperándose. Pero a diferencia del laberinto del Minotauro, el caso a
que me refiero no precisa de ningún hilo conductor para encontrar nada.
Todo está claro.
El proceso que se sigue al ex
dictador chileno Augusto Pinochet parece no terminar nunca. Siempre hay
una dilación, una maniobra, una decisión de alguna corte dirigida a
prolongar indefinidamente una investigación ya sancionada por la historia
de Las Américas.
Aquí no hay nada oculto. Se
conoce la verdad desde el primer momento. Cualquiera que siga atentamente
el caso llegaría fácilmente a la conclusión de que Pinochet no será
juzgado nunca y nadie podría acusar al que así razonara de ver
resultados tendenciosos en un proceso sin otra solución a la vista.
Si se puede juzgar o no, si se
le retira la inmunidad parlamentaria que él mismo se dio, si se admite
una demanda, una contrademanda, una finta jurídica, la salud, la edad...
a cualquier cosa se ha recurrido para demorar un juicio verdadero y todo,
al final, para conducir exclusivamente a un intento de evitar el veredicto
inapelable de condena a toda una política.
A ningún chileno, aunque sea
familiar de Pinochet, le cabe la menor duda de la responsabilidad del
hombre que se mostraba en las fotografías públicas premunido de
espejuelos oscuros y una pose del duce Mussolini.
La última maniobra de la
defensa del ex dictador fue solicitar que un fiscal demandara sobreseer la
causa arguyendo nuevamente problemas de salud. Si los partidarios de
Pinochet lo logran, habrán alcanzado su gran objetivo de evitar un juicio
legal a una práctica política determinada y a sus promotores.
Porque, si algo está claro
para el planeta completo es que no se está juzgando a una persona. En el
banquillo de los acusados se encuentran las fuerzas armadas chilenas y la
clase económica que apoyó a la horrenda dictadura y se benefició de
ella. Y más todavía, el proceso se extiende realmente a la línea
seguida por los gobiernos norteamericanos a lo largo de años, pues, en
fin de cuentas, Pinochet y su régimen son criaturas de una Agencia
Central de Inteligencia confesa.
Se dice mucho que no hay
intromisión política en el poder judicial chileno, como si fuese posible
que un proceso a la dictadura militar no tuviera una esencia política
neta desde el primer momento.
Si el gobierno chileno
realizó todas las gestiones posibles para la repatriación del ex
dictador desde Londres —cuando este fue detenido el 16 de octubre de
1998 por demanda de un juez de Madrid con la pretensión de aplicar leyes
fuera del territorio español—, se basó no solo en aspectos jurídicos,
sino en principios políticos.
Siguiendo paso a paso los
acontecimientos alrededor del caso he visto demorarse las decisiones una
vez tras otra. La carta básica de los defensores de la dictadura militar
siempre ha sido la salud supuestamente quebrantada del ex general de
espejuelos oscuros, jugando también a la posibilidad del aceleramiento
del proceso normal de desgaste senil de una persona —a punto de cumplir
86 años— y de determinadas cláusulas de las leyes chilenas para evitar
procesos a personas enfermas.
No obstante, nada pueden hacer
los abogados defensores de una época oscura y de su representante más
emblemático. Pinochet, ni siquiera cuando tenía todo el poder en sus
manos y se jactaba de conocer hasta el más mínimo movimiento en su país
podía viajar libremente por un mundo que lo despreciaba a él, a su
régimen y a sus métodos.
Sus promotores, inspiradores y
financieros, los gobiernos de Washington que tanto se muestran hoy como
defensores de los derechos humanos, han sido tan condenados como Pinochet
por una humanidad que hoy continúa sublevándose en Seattle, Davos, Praga
o Quebec, aunque ahora contra la dictadura del hambre desatada por el
neoliberalismo.
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