 Cubanos en Paraguay
En cachibeo hasta Potrero Pinto
Texto y foto: ORLANDO ORAMAS LEON
Enviado especial de Granma
El estero se extiende a ambos lados de la carretera
recién inaugurada. Estamos en el departamento paraguayo de Ñeembucú, que en lengua
guaraní significa algo así como hombre de palabra larga. La topografía, sin embargo, no
aparenta guardar mucha relación con el nombre. Buena parte del territorio se encuentra a
tres metros por debajo del nivel del mar.
Se trata de una verdadera reserva biológica,
marcada por los carteles que prohíben la caza. El agua aflora por doquier y en ella
pastan el ganado vacuno, ovino y caprino, convirtiéndose en escenas comunes del paisaje.
También avistamos al águila, palomas
silvestres, el ñandú, que alcanza gran velocidad en la carrera y la temible víbora, en
marcha ondulante por el asfalto.
A un lado de la vía queda la ambulancia que
el médico cubano José Luis Mora Rodríguez conduce desde el poblado de Tacuara, donde
tiene su puesto médico. Hoy visitará el caserío de Potrero Pinto y ya le espera el
guía que lo conducirá por los senderos de la ciénaga.
LA CONSULTA EN CACHIBEO
El cachibeo es una rústica embarcación
construida con madera de timbo, un palo liviano, devanado al centro. Tiene entre tres y
cuatro metros de largo por 40 centímetros de ancho. Se trata del único medio de
transporte disponible para viajar a Potrero Pinto, por trillos de agua cerrados a ambos
lados por la vegetación de un verde intenso.
Delante viaja el guía y el médico le sigue a
golpe de remo, valga la imagen, para describir la acción de sumergir la vara de caña
brava en el fondo y así hacer desplazar el largo y angosto bote.
"No creas que se me ha quitado el miedo.
Ves pasar las pirañas , sientes el coletazo del yacaré (especie de cocodrilo) o te
sorprende la súbita aparición del carpincho, que se parece a nuestra jutía, aunque de
mayores dimensiones y peso. Todo ello ocurre en una travesía que pasa las tres horas de
navegación", explica Mora bajo un sol ardiente cuyos efectos se multiplican en el
humedal.
Ya al desembarcar en Potrero Pinto la
cuestión se convierte en terreno conocido para el galeno. Prescribe y entrega los
antiparasitarios, las vitaminas y los medicamentos para la hipertensión, según los casos
que se repiten. Se trata de un caserío de no más de 20 viviendas, sin electricidad, y
cuyos pobladores viven de la caza, la pesca y la cría de ganado.
Cuando hay una emergencia el paciente viaja
acostado en el cachibeo, hasta la ruta, y la imagen me hace evocar escenas parecidas en
las estribaciones costeras de la Sierra Maestra, allí donde hoy pululan los consultorios
y otras instalaciones de salud.
SU PRIMER MEDICO
El anciano llega apocado y receloso. Ha oído
por la radio que a Piretucue llegará un médico cubano. También dijeron que no tendrá
que pagar. Al fin se deja examinar por el doctor que quizás le parezca algo joven para
ostentar tal título. ¿Cuánto le debo?, pregunta en un susurro. La explicación de rigor
distiende las facciones arrugadas que denotan una vida de trabajo y necesidades
insatisfechas. Le tiende la mano y se la estrecha con renovado vigor, como para reafirmar
con el gesto sus palabras: "Usted es el primer médico que en mis 72 años me ha
visto y sacado (tomado) la presión". José Luis, que se cree a estas alturas inmune
a nuevos sobresaltos, no puede esconder la emoción.
En el portal de su casita en Tacuara
conversamos apurando vasos de agua helada. La gente se ha enterado que al doctor le llegó
visita de Cuba y pasan a saludar. Entre ellos un campesino, que saluda humilde y sigue su
camino.
Ese señor se cayó hace unos meses del
caballo y se fracturó el húmero, refiere Mora. "Yo estaba en una comida a la que me
habían invitado. Ya era de noche y le explico la necesidad de hacerle una radiografía
para comprobar si el hueso tenía desplazamiento. Me preguntó si no podía esperar al
otro día, para finalmente confesar que no tenía la plata para pagar esas cosas en el
hospital".
"Hay que hacerlo hoy, porque no vas a
poder dormir por el dolor, ni yo tampoco podré hacerlo pensando en tu situación",
le respondió. Se lo llevó en la ambulancia al hospital departamental de Pilar y allí le
pagó la placa y la inmovilización. Con su brazo recuperado, el hombre volvió al trabajo
y le devolvió, poco a poco, los guaraníes al cubano.
El PACIENTE QUE NO EXISTIO
Una noche lo requirieron para atender una
urgencia. Le extrañó que no aceptarán ir en la ambulancia a buscar el enfermo. Se
fueron en el carro de un capataz de la zona. A unos 60 kilómetros le esperaba un
indígena con dos caballos. El capataz le dijo: "vaya con él, que yo me quedo
cuidando el vehículo".
"Nos metimos en el estero, con el agua
hasta los estribos recuerda Mora. ¿Falta mucho?, preguntaba a cada rato y el indio,
que no hablaba una palabra en castellano, respondía invariablemente con una frase
incomprensible. Luego de más de una hora de camino llegamos a nuestro destino. Había una
casa y dentro de ella, acostado, el sobrino del capataz, a quien yo conocía. Tenía una
sacrolumbagia que no le dejaba prácticamente ni respirar.
"Yo sabía que usted vendría",
afirmó adolorido. El cubano le aplicó analgésicos y vista lo entrada de la noche lo
invitaron a quedarse a dormir. "El único problema doctor, es que si se va a levantar
de madrugada tiene que revisar sus zapatos, pues a las víboras les gusta dormir en el
calor del calzado."
Mora no lo pensó dos veces, "mira chico,
lo cierto es que tengo un paciente grave en Tacuara y le prometí volver". Y se
regresó con el indígena en silencio, agradeciendo la imposibilidad de confesarle que en
el pueblo no le esperaba ningún paciente en condición crítica, pero si su casita,
modesta, aunque a prueba de la incursión de las víboras.
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