Con perdón de su modestia

ALEXIS ROJAS AGUILERA

HOLGUIN.—Lo vi por primera vez desde la corta altura de mis seis años, allá por los difíciles días de la medianía de octubre de 1958 en La Pasa. Todos lo miraban y hablaban admirados. Pasó cerca de la barraca 1018 acompañado por varios jefes (Aníbal, Cordero...) y aquella muchacha bonita de pelo largo. Saludó. Después sabría que es de lo más natural en su persona.

Una noche, en Moa, pocos años pasados de la alborada del Primero de Enero, papá me despertó jubiloso: ven, quiero que conozcas a Raúl. Salté eléctrico de la cama, calcé los primeros zapatos encontrados, en short y sin más fui al encuentro de alguien que intuí excepcional. Esa noche, frente a la casa de Juan P. Vázquez —a la sazón director de la Comandante Pedro Sotto Alba— descubrí su extrema sencillez. Me dio la mano como si yo fuera "grande".

Su figura, rostro, nombre, historia, vida, ejemplo, calaron en forma de paradigma, como el Che y Camilo, como el Gigante de todas las batallas, Fidel. Hablar de él era —y es— cotidiano en el hogar que me forjó revolucionario e hizo comunista. Temas y pasajes de la guerra definitiva, de la lucha clandestina, del II Frente Oriental Frank País, de las mil batallas libradas por el pueblo, son recurrentes. Y eso inunda el corazón. Así aprendí a quererlo.

Un día conocí a Birán y supe de la semilla. Tuve la suerte inmensa de mirar fotos íntimas, como aquella en que ataviados de gala están Ramón, Raúl y Fidel. También de escuchar atónito anécdotas contadas por lugareños. Había sido niño como cualquiera, le gustaban los gallos finos, le regañaron sus padres, se bañaba en el río cercano, montaba a caballo, cazaba, en fin...

Pasaron los años. El cambió y yo crecí. No era ya el rostro del joven Comandante con sombrero vaquero y cola de caballo de los primeros recuerdos. Era más maduro. La gorra, otra. El pelo corto. Los mismos ojos medio rasgados. El traje verdeolivo y diferentes grados. Igual sonrisa, afabilidad, sencillez. La misma lealtad, los férreos principios, vitalidad y energía.

Con el tiempo y mi propia madurez, lo aquilaté desde la distancia de modo más profundo. A percibir el respeto y cariño que inspiraba la sola mención de su nombre. Sus extraordinarias dotes de constructor, organizador y guía de las FAR. De estadista. De dirigente del Partido. Su sentido preciso de la disciplina y el orden. La ternura que es capaz de irradiar. La claridad pristina de sus análisis. La dialéctica visión de presente y futuro acendrada en lo vivido. La entrega total sin tregua ni pausas a la Revolución y al pueblo. Su devoción por el Jefe y hermano.

Ayer fue su joven 70 cumpleaños. Ningún buen cubano lo ha olvidado, pese a su desdén por el elogio personal. Con perdón de su modestia, ¡enhorabuena!

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