La lucha cubana contra un engendro yanki (I)

Génesis de la Enmienda Platt

OSCAR ZANETTI

En su Mensaje al Congreso a finales de 1899, el presidente de los Estados Unidos, William McKinley, había sido terminante: "La nueva Cuba... debe estar unida a nosotros por lazos de singular intimidad y fuerza...". Tal declaración, junto al anuncio de la celebración de elecciones municipales en la Isla y de que el status futuro de esta quedaría asentado en una Constitución, resultaban claros indicios de que la anexión de la más rica ex colonia española quedaba pospuesta.

Cuando Estados Unidos entró en posesión de Cuba tras su intervención en la Guerra de Independencia, muchos y muy influyentes políticos en Washington se mostraban partidarios de apoderarse definitivamente de la Isla vecina. Pero la anexión abierta no solo desmerecería a los ojos de la comunidad internacional los propósitos y compromisos proclamados por el gobierno norteamericano al declarar la guerra a España, sino que entrañaba serios peligros políticos. La decisión de adueñarse de Filipinas había desatado una cruenta guerra en ese archipiélago, bajo cuyos efectos venían cobrando fuerza en la opinión pública estadounidense las posiciones antimperialistas. El estallido de un conflicto similar en Cuba, en vísperas de las elecciones, hubiese constituido una verdadera catástrofe para las aspiraciones reeleccionistas de McKinley y el partido Republicano.

La anexión, en todo caso, tendría que conseguirse ahora a más largo plazo y trabajando "desde dentro", de modo que esta fuese solicitada por los propios cubanos. La designación como gobernador de Cuba de Leonard Wood, un político ambicioso y bien conectado con los círculos expansionistas de Washington, sería el primer paso en la nueva estrategia.

Wood se acercó de inmediato a las que calificaba como las "mejores clases del país", es decir los círculos de la burguesía cubana y española que en razón de sus negocios y posición social resultaban proclives a perpetuar la dominación norteamericana. Pero estos grupos estaban desacreditados políticamente por su largo contubernio con el colonialismo español; los esfuerzos del gobernador por conseguir que dichas fuerzas prevaleciesen en las elecciones municipales, así como en las convocadas a mediados de 1900 para integrar la Convención Constituyente, terminaron en un rotundo fracaso.

Aunque desarticulado como movimiento, el independentismo contaba con personalidades de sobrado prestigio para imponerse en los comicios. Su victoria alejaba las posibilidades de anexión y produjo un sentimiento de frustración en los medios políticos de Norteamérica, a juzgar por la correspondencia de relevantes personalidades como el propio gobernador Wood, el secretario de la Guerra, Elihu Root y el influyente senador Orville H. Platt. Para Wood, el predominio dentro de la Convención de quienes conside-raba como "políticos radicales y los peores agitadores de Cuba", era una clara evidencia de la falta de madurez política del pueblo cubano. Ante la creación, a todas luces inevitable, de una república independiente, la preocupación norteamericana se centraba ahora en dejar asegurados de la mejor manera posible los intereses vitales de Estados Unidos en Cuba, antes de que se diese por terminada la ocupación de ese territorio antillano. Con su proverbial fariseísmo, las autoridades estadounidenses justificarían sus maniobras bajo la consideración de que compromiso de "pacificar" la Isla contraído en 1898, únicamente podría darse por cumplido cuando se instalase en ella un gobierno "capaz de proteger adecuadamente la vida, la libertad y la propiedad", según la eufemística expresión del senador Platt.

Al dejar inaugurada la Convención Constituyente, el 5 de noviembre de 1900, el gobernador Wood recordó a sus miembros que el nuevo órgano legislativo no solo debía dotar a Cuba de una Constitución, sino también formular las relaciones que existirían entre la nueva república y los Estados Unidos. Al cabo de tres meses, el texto de la "carta magna" estaba redactado y solo quedaba pendiente el espinoso asunto de las relaciones cubano-norteamericanas, cuya determinación fue encomendada a una comisión de la Constituyente. Wood, que se había mantenido muy al tanto de los trabajos de la Convención, invitó a los miembros de la comisión recién creada a una excursión en su yate, circunstancia en la cual les dio a conocer las instrucciones recibidas del secretario de la Guerra, Mr. Root. En estas se hacía una pormenorizada consideración de las responsabilidades asumidas por EE.UU. al intervenir en Cuba, para concluir precisando con todo detalle los términos en que debían quedar normadas las relaciones entre ambos países, incluyendo el reconocimiento del derecho de Estados Unidos a intervenir en los asuntos internos de la nueva república.

Ante un artículo que coartaba francamente la soberanía nacional, los miembros de la comisión optaron por recomendar a la Constituyente que el asunto de las relaciones fuese arreglado mediante un tratado por el futuro gobierno cubano. El 27 de febrero de 1901, la Convención aprobó dicha propuesta y dejó así prácticamente en suspenso la cuestión de las relaciones. Pero en Washington no estaban dispuestos a transigir con semejantes argucias. Sin esperar siquiera a la decisión de la Constituyente cubana, el senador Platt había presentado una enmienda a la ley de Presupuesto de la Secretaría de Guerra —depen-dencia a cargo de los asuntos de Cuba—, según la cual el traspaso de poderes a un gobierno cubano solo se haría efectivo cuando la Constitución de la nueva república regulase las relaciones con Estados Unidos en un sentido muy similar —aunque más preciso— al expresado por el documento de Root.

Con pasmosa celeridad, en menos de una semana la propuesta de Platt consiguió la aprobación del Senado y la Cámara y fue sancionada por el presidente McKinley el día antes de que expirase su primer mandato. La Constituyente cubana se vio colocada ante una trágica disyuntiva: aceptaba el dictado de Washington o la Isla permanecería ocupada indefinidamente por las fuerzas de Estados Unidos.

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