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 Dos Ríos, los últimos días del Delegado
ENRIQUE UBIETA GOMEZ
Vuelve a sentarme Rolando Rodríguez (Santa
Clara, 1940) en el cubanísimo sillón de la casa a leer, qué digo, a ver pasar la
caballería mambisa. La que cabalga precursora en el alma de Martí, la que le acompaña
en la geografía de sus días finales.
Y otra vez presencio el combate de Dos Ríos. Sigo los probables movimientos del Apóstol
con imposible lentitud, como si la prologación del tiempo de lectura pudiese posponer o
quizás evitar su muerte. Hasta que aparece Martí junto a (su) Angel de la Guardia y
"en arranque ardoroso se lanz(a) al galope en pos del olor a pólvora y el zumbido de
los plomos" (p.88). Al caer, no le faltaba un cartucho a su revólver. Sus palabras
poderosas como balas, quedaban diseminadas por todo el continente.
El libro de Rolando, Dos Ríos: a caballo y
con el sol en la frente no es recreación ingenua: nada omite de las posibles
discrepancias tácticas y de los desencuentros momentáneos que vivieron los tres grandes
hombres de aquella gesta, Martí, Gómez y Maceo. Cada quien con sus razones. Pero no
acepta juicios apresurados o sugerencias maliciosas; ratifica los hechos y derriba las
especulaciones. De su exposición emergen tres héroes ciclópeos, más grandes mientras
más humanos se nos muestran. También aparece sin menoscabo la humanidad virtuosa del
enemigo es el caso del coronel Ximénez de Sandoval cuando es justo el
reconocimiento. No es un texto literario, aunque hay poesía. Rolando ha confrontado
documentos y testimonios cubanos con otros que recientemente hallara en el Archivo Central
del Instituto de Historia y Cultura Militar de España. La versión española es a veces
ratificada, a veces corregida. En ocasiones, le sirve de complemento. La reconstrucción
de los hechos se ajusta, se decanta, se acerca a una verdad huidiza que cede ante las
razones del juicio y del corazón, pero no se amordaza y es aún libre para rehacerse.
Cuando no lo embarga la certeza, ofrece dos o tres versiones posibles y las valora. Todas
las leyendas son examinadas. Y sigue todavía tras el cadáver, desde los intentos de
rescate, hasta la inhumación en Santa Ifigenia.
Quizás otro autor hubiese retenido la
información con el propósito de completarla, de construir una supuesta versión
definitiva. Rolando sabe que aporta elementos documentales
y de juicio que enriquecen el debate histórico, y ello le basta. Me atrevo a afirmar que
una de las virtudes del libro, que en su premura editorial dejó fuera importantes
hallazgos posteriores del propio autor (me refiero a las cartas que llevaba consigo Martí
al caer, documentos que no pudo divulgar o no conoció en su momento mi lejano e ilustre
antepasado, el autor de las Efemérides), es su condición de obra abierta a la polémica,
y los innumerables caminos no totalmente recorridos que le propone al lector. Y sin
embargo, esta es también obra conclusa, difícilmente contradecible en sus asertos
fundamentales, demoledora de mitos.
Rolando Rodríguez asaltó el cielo de la
historiografía cubana en los últimos cinco o seis años, después de una larga y
paciente búsqueda de fuentes. Su obra en dos tomos Cuba, la forja de una nación (1998)
es una contribución monumental a los estudios del siglo XIX cubano. Este, su más
reciente título, nos recuerda con elocuencia e información que para nuestros fundadores,
"a la hora de Cuba no había telarañas que no pudieran apartarse, pruritos que
impidieran darse el abrazo que significase la victoria" (p.66). Quizás para algunos
resulte incómodo, pero los cubanos tenemos una historia hermosa, sin rencores y
agresiones a terceros, afincada en una eticidad fundadora que nos honra y obliga. Que
otros destruyan o escondan su pasado. Salvémoslo nosotros.
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