La industria de la violencia, de la muerte, del
maltrato físico tiene una demanda increíble en Estados Unidos. La televisión, el cine y
la realidad diaria ofrecen abundancia de semejante mercancía en cualquier horario.
Los norteamericanos son formados,
desde que nacen, en este tipo de "cultura" macabra. Lo aprenden tan bien que
más tarde o más temprano muchos desean experimentar personalmente la sensación de
matar, golpear, mutilar a otra persona, y los terribles sucesos en las escuelas, con
amplitud de tiroteos y sangre, son el mejor testimonio de ello.
Esta educación especial recibida desde la más
temprana edad lleva a increíbles extremos, como el de llevar a alrededor de 1 600
periodistas a solicitar credenciales para presenciar la ejecución de Timothy McVeigh, el
ex participante en la agresión a Iraq que asesinó de un golpe a 168 personas con una
bomba en un edificio gubernamental en Oklahoma. La sentencia de muerte a que fue condenado
se ejecutará con una inyección letal en una cárcel de Terra Haute, en el estado de
Indiana, el próximo 16 de mayo.
En el caso de McVeigh se da la circunstancia de que
todo se mezcla tenebrosamente. Un fanático de la violencia, muy satisfecho de haber
derramado sangre humana a raudales, tiene la gloria de llamar la atención de los
sentimientos más morbosos de un público sediento de ese tipo de emociones.
Según una información de la cadena CNN trasmitida por
PL, han sido invitados familiares de las víctimas y personalidades, mientras en el
mercado negro las entradas llegan a un precio de 1 500 dólares.
En fin de cuentas, el reo es también víctima de lo
que le enseñaron. Educado para matar, lo hizo en grande, preconizando con ello su
filosofía neonazi de exterminio de seres humanos que no sean blancos anglosajones
protestantes.
Ahora se ha convertido en estrella. La cadena de
televisión NBC, por ejemplo, enviará un equipo de 40 técnicos, productores y reporteros
para brindar al mundo el fin de la vida de un gran equivocado.
Para los consumidores de esta mercancía, también
fueron un espectáculo los bombardeos a Iraq y a Yugoslavia, pero los culpables del
asesinato de no se sabe bien cuántas personas no serán sentados en un banquillo de
acusados. Y son los mismos responsables del fomento de esa "cultura" que llevó
primero al atentado y ahora a la ejecución de Timothy McVeigh.