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El valor de llamarse Astrid Hadad

Ania Martí (Prensa Latina)

Cualquier reacción ante un espectáculo de Astrid Hadad es válido porque quizás sin proponérselo, quizás sí, la actriz y cantante mexicana logra sacar del espectador los más variopintos comentarios: vulgar, hilarante, grosera o kitsch.

ma6-2.jpg (10721 bytes)Invitada al Mayo Teatral, inaugurado el pasado viernes, auspiciado por Casa de las Américas, Hadad ofreció en esta ciudad tres funciones de su espectáculo Heavy Nopal (1990), en compañía de su grupo Los Tarzanes, puesta exhibida en otros escenarios internacionales, entre ellos el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, Colombia.

Apoyado en las más ricas tradiciones populares y folclóricas de su país, con influencias de esa grande del arte mexicano que fue Lucha Reyes, el quehacer escénico de Hadad ha sido enmarcado dentro del performance, la carpa, la revista, el vernáculo o el café concierto.

Sin embargo, ella suele ser más precisa: "Para mí es cabaret. Es un estilo sincrético, estético, patético y diurético, donde se muestran sin ningún pudor el machismo, el masoquismo, el nihilismo y el valemadrismo inherente a toda cultura".

Pero quizás lo que más llama la atención de esta mexicana nacida en Quintana Roo y de padres libaneses, es su profesionalismo a la hora de asumir un híbrido pocas veces alabado por los defensores del teatro más puro, que en ocasiones han llegado a calificar sus espectáculos de frívolos.

Hadad "pegó" en el público cubano por su sentido del humor, sus caricaturas llenas de ironía, su capacidad de sobreponerse, en su ultima función en esta ciudad, a una afonía que le impidió desplegar toda su capacidad vocal, sobre todo en las rancheras mexicanas.

Astrid Hadad es espectáculo en sí misma. Su presencia en escena, su despiadado sentido de la risa contra males como el machismo, la sumisión inherente en la mujer mexicana, la posición política de su país frente a Estados Unidos, apoyado todo por una música que va de la ranchera al bolero, del son al fado portugués, dan fe de que su quehacer, por encima de todo, es arte.

A todo esto habría que sumarle el vestuario, original, "grotesco y alucinante", según lo definió un experto, gracias al cual el show se convierte en una experiencia pocas veces vista en el escenario contemporáneo.

El colorido que va del barroco maquillaje hasta la ropa misma diseñada con toda intención y en la cual se rescatan valores tan auténticos de la cultura mexicana como la imagen de la virgen de Guadalupe o las del pintor Diego Rivera, forma parte de esta original y sui géneris forma de asumir el teatro.

Hadad es vigor en el escenario y su visión, por muy mexicana que pueda parecer, es válida aunque su arte siga despertando a su paso por el mundo los más encontrados calificativos.

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