Cada espectador que pasó el último fin de semana
por la sala García Lorca tuvo por parte del Centro Pro Arte Lírico de La Habana una
Traviata a la medida de lo posible. Hubo quienes se apasionaron por el discurso verdiano,
siempre cantable, sentimentalmente expresivo, gente que disfruta la ópera por su propia
cualidad, más allá de aventuras y desventuras del elenco y los músicos. Y eso está
bien, aunque no lo sea todo. En términos visuales, y de concepción escénica general,
Armando Suárez del Villar volvió a demostrar eficacia y olfato para explotar la
relación entre protagonistas y decorados, y transmitir la sensación de que se está ante
un espectáculo.

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JORGE VALIENTE |
Pero todavía falta un largo trecho por recorrer en
aras de saltar la línea que separa la solvencia de la excelencia, y no es cosa de que la
puesta tiente las aristas de la audacia, sino de que todos los componentes de la
compañía entiendan que el género ha ido experimentando una renovación estética, que
no siempre tiene que ver con la suntuosidad ni la grandilocuencia. Quienes conocen la
trayectoria de Suárez del Villar saben muy bien que es de los pocos, entre nosotros, que
le ha cogido la medida a la ópera como expresión dramática. La Traviata puede seguir
respirando su hálito romántico y al mismo tiempo presentarnos la dimensión humana del
drama, algo que todavía se echa de menos en esta representación.
No podemos sobreponernos al tema de la orquesta. Contar
con Jean Paul Penin, el conocido director francés, es un lujo no solo por la comprensión
de la obra de Giusseppe Verdi, sino por la ductilidad con que se pone al servicio del
canto. Pero Penin, por sí mismo, no puede resolver los problemas de una agrupación
maltrecha, inmotivada, carente de estímulo y cohesión.
Lo mejor de la breve temporada parece ser la
alternativa a los jóvenes que se advierte en la política de promoción del talento que
está siguiendo el director general de Pro Arte Lírico, Adolfo Casas. Una Violeta
sorprendente resultó Bárbara Llanes, con mucho carácter por atemperar, pero con un
estilo vocal interpretativo que se sustenta en una emisión clara y precisa. Otro caso es
el del tenor Luis Manuel Riopedre, de magníficas cualidades vocales y proyección fluida,
condiciones que en la medida que sean cultivadas podrán hacerlo crecer.