De regreso a la escuela en el campo

Breve incursión por Ceiba 1, el centro donde se estrenó una experiencia pedagógica que ha graduado a generaciones de estudiantes en 30 años

Sara Más y Marianne Morales

Ceiba, provincia de La Habana. Enero 7 de 1971. Allí nació la escuela en el campo.

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   RAUL LOPEZ

Por los pasillos y aulas de esta escuela comenzó hace 30 años el programa.

Entonces, en los inicios, apenas era un sueño que, en un plantel experimental, había probado varias aspiraciones en un solo proyecto: acercar la enseñanza a todos, abrir nuevos horizontes a la vida del campo, emprender un proceso educacional ambicioso para un país sin recursos y hacerlo, además, a partir de satisfacer las necesidades de su propio desarrollo económico.

Construidos con sistemas de elementos prefabricados, los centros disponían de aulas, dormitorios, áreas deportivas y otros espacios para satisfacer la convivencia de alumnos y profesores, en busca de una formación basada en el principio martiano de combinar el estudio con el trabajo. La primera en abrir sus puertas fue la ESBEC Ernesto Che Guevara (Ceiba 1).

30 AÑOS DESPUES...

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Dannie González (a la derecha) asegura que va a extrañar la beca donde ha vivido tres años de su vida. Lejos de la casa, en la vida en colectivo, nacen nuevos lazos de amistad. La superación y el estudio para alcanzar una carrera universitaria están entre las prioridades del grupo de los ingenieros.

Los aires de renovación son visibles en una instalación que, recién reparada, acoge ahora a estudiantes de preuniversitario, la mayor parte provenientes de los municipios cercanos y un pequeño grupo de la capital.

La rutina escolar se inicia temprano, con el "de pie", el movimiento continuo por los albergues, el aseo y el desayuno. Pero ya al final de la mañana parte de los 382 alumnos matriculados desandan los pasillos y regresan del desyerbe y otras labores en las parcelas de cítricos.

vi3-5r.jpg (9842 bytes)El amor que siento por esta escuela trato de llevarlo a mis alumnos, afirma Vicky.

Otros abrieron el día en las aulas, como el grupo de los ingenieros. Son los que terminan este año el doce grado, aspiran a carreras técnicas y se agrupan para recibir un intensivo en materias afines que los prepare mejor para vencer los exámenes de ingreso a la universidad.

Tres años allí les han dejado, a casi todos, lazos entrañables con ese pedazo de la geografía habanera donde, entre momentos duros, alegrías y aprendizajes, añorando a ratos la familia y haciéndose mayores con el grupo de amigos y la vida en colectivo, han pasado, "la prueba de integralidad".

"La vamos a extrañar", comenta Dannie González, de Guanajay, cuando evoca el momento cercano de abandonar la beca a la que asegura "voy a regresar, como hacen muchos que cada 7 de enero llegan o salen llorando de aquí por tantos recuerdos".

Cada uno tiene una visión muy personal. Ailén Rodríguez no ha podido despegarse aún de la añoranza por su casa y el mar a la vista, en La Habana del Este, pero reconoce en la beca el lugar donde se facilita el estudio. "Tenemos con nosotros a los profesores y todo el tiempo podemos dedicarlo a la preparación que nos hace falta".

"Esta escuela te forma, no solo en el estudio y el trabajo, también en las relaciones con los demás, en conocernos y ayudarnos. Es como una casa grande donde vivimos juntos alumnos y maestros. Para mí lo mejor ha sido el trato que nos dan", afirma Yusniel Marante, de Bauta.

Con orgullo hablan de la escuela que hoy pueden mostrar y con el desenfado propio de su edad retoman en el diálogo las preocupaciones más urgentes: la superación en el estudio, la recuperación de áreas deportivas, la adquisición de un adecuado equipo de música, la gratitud por las infinitas experiencias que inevitablemente se llevarán para continuar sus vidas.

Para unos y otros, estudiantes y profesores, las ventajas de este sistema siguen estando en el fortalecimiento del compañerismo, la formación en el trabajo, el sentido de responsabilidad, la creación de hábitos de vida adecuados y todo lo que de humano aporta la convivencia. Como desafíos identifican la lejanía del hogar a la que algunos no llegan a acostumbrarse, lo que falta para alcanzar mayor sentido de pertenencia y el mantenimiento de lo que en el orden material se va logrando.

"ESTO FUE LO MAS LINDO DEL MUNDO"

Abel Ortiz García ha vivido los últimos 30 años entre las becas de La Habana. Hace apenas tres meses que se ocupa de la administración en el IPUEC Che Guevara, pero desde muy joven estuvo entre quienes fundaron la Nueva Escuela. "Esto fue lo más lindo del mundo", rememora con sano orgullo quien se inició como ayudante de cocina cuando "todo estaba nuevo".

"Luego estos centros decayeron —reconoce—, pero ya comienzan a ser lo que fueron. Y lo mejor, ahora lo hemos hecho nosotros mismos. Todos están contentos, aunque todavía hay que trabajar muchísimo".

Aprovechar el material disponible, desde las tablas de las ventanas hasta las mesas del primer día, ha sido una divisa permanente en la reparación que hoy rejuvenece al inmueble para ir recuperando, con los recursos posibles, las mejores condiciones materiales, de alimentación y de vida. También se trata de involucrar a todos en la conservación y cuidado del bien común, beneficiado además con algunos muebles nuevos. En el menú también se empiezan a recoger los frutos, incluidas verduras y hortalizas cultivadas en las dos hectáreas de autoconsumo, "aún insuficiente —reconoce Abel—pero con aspiraciones de crecer en terreno para poder incrementar la producción y la cría de animales". Son los propios estudiantes quienes hacen las labores de "la finca", mientras otros se ocupan del trabajo agrícola en las tierras de la UBPC 14 de Noviembre.

Muchas historias en la escuela remiten a los orígenes. Así sucede con María Victoria Abréu, la "profe Vicky", que ha regresado como maestra de Español a las mismas aulas donde, en 1972, se inició como becada. Allí no solo se separó por primera vez de la familia o se estrenó en un campo de cítricos, donde ayudó a plantar los árboles a los cuales hoy, sus alumnos, atienden como un acto cotidiano. También en Ceiba 1 se definió su futuro. "Fui de las que dio el paso al frente cuando hizo falta maestros, precisamente para dar continuidad a este proyecto. A esta escuela la ví nacer y mantenerse todos estos años", comenta Vicky, quien recuerda con agrado los años de estudiante y de alguna manera los vuelve a vivir ahora en "el lugar que siempre sentí como mío, donde me formé y aprendí a amar lo que hago. Eso mismo trato de llevarlo a mis alumnos".

Breve itinerario de la escuela nueva

Ceiba, Jagey Grande, Sandino, Isla de la Juventud, Sierra de Cubitas, Cumanayagua, San Andrés... por toda la Isla se fueron levantando las escuelas en el campo, un proyecto pedagógico inédito y original que ya cumple tres décadas de existencia y se ha ido transformando al pulso de la propia existencia de los cubanos. Como antecedente inmediato tenían la escuela al campo, un movimiento institucionalizado hace 35 años, pero que unió desde mucho antes a los padres y abuelos de los jóvenes de hoy en la avanzada que hacía un aparte en los estudios para marchar a las movilizaciones de la caña, el café o cuanta tarea productiva demandaba asistencia inmediata. La economía del país no podía esperar, tampoco los planes de enseñanza. Y así nacieron la escuela al campo y la escuela en el campo, esta última como una profunda transformación en la pedagogía cubana, con la idea de integrar en la preparación de los jóvenes el estudio, el trabajo, la práctica del deporte, el desarrollo cultural y la formación vocacional mediante los círculos de interés. En ellas se han formado varias generaciones, ante retos y coyunturas distintas y hoy constituyen la opción mayoritaria de continuar estudios en pre y secundaria. Al inicio no solo comenzaron a distinguirse por las más altas promociones, también fueron la solución añorada para los alumnos de las zonas rurales y no pocas familias de la ciudad. Así se fue consolidando la experiencia hasta mediados de los 80, cuando las propias imperfecciones de la economía repercutieron negativamente en el vínculo laboral de los estudiantes y fue necesario aunar esfuerzos para que un principio básico y necesario de estudio y trabajo no se malograra. Poco después sobrevino el período especial, y las peores circunstancias y carencia de recursos también se hicieron sentir en el deterioro material y las condiciones de vida en esos centros. Lejano el día en que se estrenaron--equipados como auténticos hoteles--, hoy se emprende en un grupo de ellos la reconstrucción y se restablece el orden, en medio de un proceso que busca revitalizar su imagen y funcionamiento. Ahora se mantienen en activo en el país 539 escuelas en el campo, entre secundarias básicas, preuniversitarios, institutos politécnicos agropecuarios y vocacionales. Todavía les queda camino para andar, pero la aspiración, al final del itinerario, es conquistar para todas el rostro que muestra la Che Guevara, la primera.

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