 Mario y su Taller
Rolando Pérez Betancourt
Era junio de 1986 y un mes más tarde la
muerte le detendría su corazón enfermo. Luego de un largo intercambio de ideas, la
conversación había alcanzado un clima de confesiones íntimas, ese segundo aire en que
el entrevistador percibe que el entrevistado le está poniendo un extra de sensibilidad a
sus revelaciones: ¿Sueños sin cumplir?, le había preguntado a Mario Rodríguez Alemán
en aquel encuentro que publicaría Granma en ocasión del sesenta cumpleaños del eminente
crítico.
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FERNANDO
LEZCANO |
"He dicho, y lo repito, que
estoy dispuesto a dedicar lo que queda de mi vida para formar profesores en esta
tarea" (Mario, en la entrevista publicada en Granma el 12 de junio de 1986).
Entonces Mario habló de su convicción de que
la apreciación cinematográfica debía convertirse en una herramienta de primer orden
frente a la influencia social, cultural y política del cine. Y reiteró su largo
ofrecimiento de dedicar lo que le quedaba de vida a la formación de instructores, que a
partir de la secundaria básica fueran preparando un público capaz de disfrutar el cine
desde las perspectivas y retos más diversos del intelecto, y no solo como mero
entretenimiento.
La idea de Mario no estaba encaminada a
producir críticos profesionales, sino habilitar al espectador de conocimientos
indispensables, provocarlo, incitarlo a cultivar una mente activa frente a la más masiva
y omnipotente de todas las artes.
Quince años después de aquellas últimas
revelaciones, acabo de trasponer unas puertas que en parte han permitido vislumbrar el
viejo sueño de Mario.
Durante tres días, el VIII Taller Nacional de
la Crítica Cinematográfica Mario Rodríguez Alemán, celebrado en la siempre acogedora
ciudad de Santa Clara, reunió a especialistas del país que presentaron y discutieron
ponencias acerca de los más diversos temas de la actualidad. Pero también permitió
apreciar, en un concurso paralelo de críticas para no profesionales, la profundidad de
ciertos enfoques llegados desde los lugares más disímiles del país.
Algunas críticas sencillas, aunque no simples
en el tema a tratar, otras más abarcadoras y hasta sorprendentes por la agudeza de sus
comparaciones, como la de Armando Capó Ramos, acerca de las influencias de Buñuel en el
filme chileno Coronación, hicieron sentirse muy bien a los integrantes de la Asociación
Cubana de la Crítica Cinematográficas allí presentes, que sin paternalismo ni
cortesías trémulas, dando y recibiendo, como debe ser en el campo de las ideas,
participaron en largas jornadas de discusiones constructivas.
En el caso de Villa Clara, provincia sede del
evento, no fue difícil apreciar el trabajo desempeñado por los promotores culturales en
el trabajo de extensión cinematográfica en los diferentes municipios. En tal sentido, el
Centro Provincial de Cine de la provincia cuenta con un envidiable grupo de trabajo, capaz
de llevar a la mente del más reacio la convicción de que el cine, además del tan
llevado y traído concepto de entretenimiento, bien pudiera convertirse, no sin esfuerzo y
planes perfectamente adaptados al presente que transita el país, en aquel viejo sueño
que Mario dejara flotando en el aire, poco antes de desaparecer entre las sombras de su
siempre entrañable sala oscura.
Galardones
del VIII Taller
El jurado conformado por Antonio Mazón Robau,
Jorge Luis Urra y José Rojas concedió premios en las dos categorías concursantes a Ana
Iris Díaz por Miel para Oshún o la poética del encuentro y a Armando Capó Ramos por
Coronación de Luis Buñuel. Las menciones fueron a manos de Eloy Montenegro por La vida
es bella desde su género dramático y a Ahmed H. Camilo López por La historia de un
descubrimiento. El jurado recomendó a las instituciones culturales pertinentes, en
especial la Editorial Capiro, la publicación de los premios y menciones de los ocho
Talleres hasta ahora celebrados, como ejemplo del trabajo cultural efectuado por la
provincia de Villa Clara.
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