 Crónica de un espectador
Trece días
ROLANDO PEREZ BETANCOURT
En tiempos en que las estadísticas
demuestran que el cine político con intenciones serias es cada vez menos rentable, y por
lo tanto, menos frecuente en Hollywood, habría que reconocerles a los realizadores de
Trece días el asumir un tema de nuestro tiempo como la Crisis de Octubre y con él volver
a poner sobre el tapete el peligro en que se encuentra la humanidad, sentada desde hace
mucho sobre un barril de inseguridades nucleares.
Ninguna manifestación artística como el cine resulta
tan contundente para llamar la atención sobre acontecimientos muy importantes, por
desgracia olvidados, o tocados de manera burda por un tipo de cine comercial al que no se
han resistido a veces ni siquiera maestros del calibre de Alfred Hitchcock, quien con
aquel Topaz de 1969 trató de entrar con pies ligeros en el conflicto del Caribe para
finalmente obtener un guisote intragable aun para sus más fervientes seguidores.
De ahí que la primera reacción de este crítico sea
recibir con simpatía los propósitos de los realizadores de Trece días, en cuanto a
recordarles a algunos olvidadizos que de ninguna manera la también llamada Crisis de los
Cohetes se trata de una lección cerrada, empolvándose en un anaquel de Historia Antigua.
El mismo Kevin Costner, productor y protagonista de la película, ha declarado que con
solo siete años en aquel octubre histórico, y aunque sus padres trataron de ocultarle lo
que estaba sucediendo, el entorno social de la Guerra Fría era demasiado tenso para que
escapara de su percepción la proximidad de un gran desastre.
El principal valor de esta cinta pues, más allá de
virtudes o deficiencias de orden estético, o de discutibles tratamientos o carencias de
carácter histórico, radica en su poder de advertencia para un ahora mismo en que tampoco
faltan irresponsables, que a la manera de aquellos halcones del octubre del 62, siguen
palpando al arma atómica como si fuera la espada de un mosquetero.
Es importante recordar que Trece días es una obra de
ficción y no una cinta documental responsabilizada en equilibrar visiones de las partes
contendientes en el conflicto. Y cuando se habla de ficción, ese recurso artístico
elaborado a cuatro manos por Dios y por el Diablo, hay que tener en cuenta una serie de
licencias que se permiten a la hora de armar la composición de la trama. Los realizadores
se apoyan en esas licencias de construcción dramática para hacer de Trece días no una
fotografía congelada, exacta de aquellos acontecimientos, sino una recreación de
circunstancias y hechos conformados a partir de documentos desclasificados, y de diversos
textos y testimonios de los participantes de la época.
Además, un filme que siendo serio resulte entretenido
y sea capaz de competir frente al más feroz mercado comercial. De más está decir que
algunos acontecimientos no fueron exactamente como aparecen reflejados en la pantalla y
otros hasta se elaboraron a tono con los elementos de tensión que se requerían, como es
el exceso de protagonismo que se le confiere al asesor presidencial interpretado por
Costner.
Por supuesto, y el propio Kevin Costner lo ha aclarado
en cada una de las presentaciones que ha hecho del filme, esta es una épica contada desde
una visión norteamericana, (bien norteamericana recalcaría el cronista) y él está
claro que una trama completa, abarcadora, todavía más conflictiva (!!!!) necesitaría
también de la percepción soviética de la época y sobre todo de la cubana, algo así
como una película de ocho horas, ha dicho.
Por otra parte, es evidente la extrema simpatía con
que los realizadores se aproximan a la imagen de los Kennedy y el interés en demostrar el
papel de contención jugado por ellos frente a la vehemencia de los militares empeñados
en aplicar una solución bélica al conflicto. En tal sentido, Trece días se proyecta
como una subrayada lección de moderación e inteligencia de un presidente y de un grupo
de sus valiosos colaboradores frente a una situación futura que pudiera poner en peligro
al mundo. No por gusto, en días recientes, leía un consejo que le daba un ex asesor de
Kennedy al presidente Bush en cuanto a que debía de ver dos veces esta película.
Desde el punto de vista de realización artística,
Trece días, dirigida por Roger Donalson, recuerda en cierta composición y ritmo al
clásico JFK, también protagonizado por Kevin Costner. Pero mientras el filme de Oliver
Stone mantenía como eje central la búsqueda de una verdad en medio de un estercolero,
ahora esa verdad, la razón moral que asiste a los norteamericanos para hacer y disponer
sin detenerse a analizar el derecho del otro a defenderse de una agresión que todavía
hoy no ha finalizado, parece refrendarse fílmicamente a la manera de un otorgamiento
incuestionable.
Destacan en Trece días unas excelentes actuaciones a
partir de notables parecidos con los personajes reales. Actuaciones puestas en función de
un thriller político realizado con sobria profesionalidad y aplicando los elementos de
tensión propios del género, de manera tal de mantener el interés durante su larga
duración. Reto de un cierto suspenso difícil de obtener sobre todo si se tiene en cuenta
que buena parte de la trama se desarrolla en reuniones. Considero, eso sí, que se trata
de un filme a ratos emotivo, patrióticamente emotivo, a la manera del más clásico cine
norteamericano de guerra.
Para finalizar estas rápidas notas al calor de una
cinta recién vista, recordar que en no pocos lugares donde hasta ahora se ha exhibido,
Trece días ha logrado movilizar conciencias. Periódicos y revistas no solo hablan de la
realización fílmica, de actores y recursos técnicos y artísticos, sino también de
aquellos días históricos, de acontecimientos que no trata la cinta y de los ropajes que
hoy viste el peligro nuclear comandado por una gran potencia.
La llaga del peligro atómico volviéndose a abrir al
calor de los nuevos tiempos y los hombres tomando conciencia de que ese pasado próximo de
ninguna manera puede ganar categoría de presente.
Es, en fin, el gran valor que en terrenos del arte
puede tener el grito en medio del silencio, aunque el grito, amigos míos, pueda ser
calificado de imperfecto.
|