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 Una crisis económica inevitable y
profunda, tal vez la peor de la historia, nos amenaza hoy a todos
¿Es que el mundo puede contemplar indiferente esta catástrofe?
¿Puede o no puede el hombre con los asombrosos adelantos de la ciencia enfrentar esta
situación? ¿Para qué hablarnos de índices macroeconómicos y otros eternos engaños,
recetas y más recetas del Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del
Comercio, de las virtudes milagrosas de las leyes ciegas del mercado y los prodigios de la
globalización neoliberal? (Aplausos.) ¿Por qué no se admiten estas realidades? ¿Por
qué no se buscan otras fórmulas y se reconoce que el hombre puede ser capaz de organizar
su vida y su destino de forma más racional y humana? (Aplausos.)
Una crisis económica inevitable y profunda, tal vez la peor de la
historia, nos amenaza hoy a todos. En el mundo, convertido en un casino, se realizan cada
día operaciones especulativas por valor de un millón y medio de millones de dólares que
no tienen relación alguna con la economía real (Exclamaciones de: "¡Sí!" y
Aplausos). Jamás en la historia económica del mundo ocurrió semejante fenómeno.
Los precios de las acciones de las bolsas de valores de Estados
Unidos se multiplicaron hasta el absurdo. Solo un privilegio histórico, asociado a un
conjunto de factores, hizo posible que una rica nación se convirtiera en la emisora
mundial de las monedas de reserva de los bancos centrales de todos los países. Sus bonos
del Tesoro son el último refugio para atemorizados inversores ante cualquier crisis
financiera. El dólar dejó de tener respaldo en oro cuando unilateralmente aquel país
suprimió la conversión establecida en Bretton Woods. Como tanto soñaron los alquimistas
de la edad media, el papel fue convertido en oro, el valor de la moneda mundial de reserva
consistió desde entonces en una simple cuestión de confianza. Guerras como la de Viet
Nam, a un costo de 500 mil millones de dólares, dieron lugar a ese enorme engaño. A ello
se sumó el colosal rearme sin impuestos, que elevó la deuda pública de Estados Unidos
de 700 mil millones a dos millones y medio de millones en solo ocho años.
El dinero se convirtió en una ficción, los valores dejaron de
tener una base real y material, 9 millones de millones de dólares adquirieron los
inversionistas norteamericanos en los años recientes, por el simple mecanismo de la
multiplicación desenfrenada del precio de las acciones de sus bolsas. Con ello, un
gigantesco crecimiento de las inversiones de sus transnacionales en el mundo o en el
propio país, y a la vez un crecimiento desmedido del consumo interno, que alimentaba así
artificialmente una economía que pareciera crecer y crecer sin inflación y sin crisis.
Más tarde o más temprano el mundo tendría que pagar el precio.
Las más prósperas naciones del Sudeste Asiático se han visto
arruinadas. Japón, la segunda economía mundial, no puede ya detener la recesión; el yen
no deja de perder valor; el yuan lo mantiene a fuerza de sacrificio por la parte china,
cuyo elevado crecimiento se reduce este año a menos del 8 por ciento, cifra que se acerca
peligrosamente al límite tolerable en un país que realiza aceleradamente una radical
reforma y una extraordinaria racionalización de los trabajadores de sus empresas
productivas. Recurva la crisis asiática, surge la catástrofe económica en Rusia, el
más grande fracaso económico y social de la historia al intentar construir el
capitalismo en ese país (Aplausos), a pesar de una inmensa ayuda económica y las
recomendaciones y recetas de las mejores inteligencias de Occidente (Risas). Y quizás, en
este instante, el mayor riesgo político derivado de la situación creada en un estado que
posee miles de armas nucleares, donde los operadores de los cohetes estratégicos llevan
cinco meses sin cobrar salario (Risas y aplausos).
Las bolsas de valores de América Latina han perdido ya en unos
meses más del 40 por ciento del valor de sus acciones; las de Rusia, el 75 por ciento. El
fenómeno tiende a generalizarse en todas partes. Los productos básicos de numerosos
países, cobre, níquel, aluminio, petróleo y otros muchos, han perdido en los últimos
tiempos un 50 por ciento de sus precios.
Vacilan ya las propias bolsas de Estados Unidos. Como ustedes saben,
acaban de tener un lunes negro. No sé por qué lo llaman negro (Aplausos); realmente, ha
sido un lunes blanco (Aplausos). No se sabe cuándo y cómo el pánico general se desate.
¿Alguien podría asegurar a estas alturas que no se repita un colapso como el de 1929? Ni
Rubin, ni Greenspan, ni Camde-ssus, ni nadie podría asegurarlo. La duda los asalta a
todos, incluidos los más eminentes analistas económicos. Solo que hay de entonces a hoy
una enorme diferencia. En 1929 no había un millón y medio de millones de operaciones
especulativas, y únicamente un 3 por ciento de los norteamericanos poseían acciones en
las bolsas. Hoy un 50 por ciento de la población de Estados Unidos tiene invertidos sus
ahorros y sus fondos de retiro en las acciones de esas bolsas de valores. No es un invento
mío, no es una fantasía, lean las noticias. Unan a ello, si lo desean, que el nuevo
orden mundial está destruyendo más que nunca la naturaleza de la cual vivimos los 6 mil
millones de habitantes que ya somos hoy, y de la que en solo 50 años más tendrán que
vivir 10 mil millones.
He cumplido mi tarea. Acabo de exponerles todo lo que a 10 mil
metros de altura me ha pasado por la mente (Risas y aplausos). No me pregunten por
soluciones. No soy profeta. Solo sé que de las grandes crisis han surgido siempre las
grandes soluciones (Aplausos).
Confío en la inteligencia de los pueblos y los hombres. Confío en
la necesidad de que la humanidad sobreviva. Confío en que ustedes, distinguidos y
pacientes miembros de este Parlamento, mediten sobre el tema. Confío en que comprendan
que no es cuestión de ideologías, de razas, de colores, de ingresos personales, de
categorías sociales, es para todos los que navegamos en un mismo barco una cuestión de
vida o muerte (Aplausos).
Seamos, por tanto, más generosos, más solidarios, más humanos.
Conviértase Sudáfrica en modelo de un mundo futuro más justo y más humano (Aplausos).
Si ustedes pueden, todos podremos (Aplausos y exclamaciones de: "¡Fidel, Fidel,
Fidel!").
Muchas gracias.
(Ovación)
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