No se ha inventado nada ni podrá inventarse que pueda evitar la depresión en un mundo regido cada vez más y más por las leyes del mercado

Conferencia Magistral del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en el acto convocado por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Primada de América, efectuado en el Centro de Eventos y Convenciones, República Dominicana, el día 24 de agosto de 1998, "Año del aniversario 40 de las batallas decisivas de la guerra de liberación".

(Versiones Taquigráficas - Consejo de Estado)

Querido Rector;

Querido y envidiado joven Presidente de los estudiantes dominicanos;

Queridas y queridos amigos:

 

Mi visita necesariamente tenía que ser breve, no porque se me pusiese tiempo o límite, sino dada la gran actividad que tenemos en este momento, especialmente en esta segunda etapa del año, en que casi ninguno de nosotros hemos tenido ni un minuto de descanso y muchas veces muy pocas horas de sueño. De modo que debíamos poner un límite por eso, y, además, por prudencia: nadie debe estar más de un minuto del necesario donde deba estar.

Por tanto, es a lo que voy, me quedaban dos días realmente de visita a la República Dominicana -los tres anteriores fue necesario dedicarlos al encuentro multilateral con el CARICOM, o entre el CARICOM y la República Dominicana, al cual tuvimos el honor de ser invitados, y, unido a ello, a realizar una visita oficial-, ¿y cuántas cosas debía yo hacer en esos dos días? No podía hacer ni siquiera aquel mínimo que concebí, incluida la posibilidad de una visita a Montecristi, cumplir actividades de tipo oficial, protocolar; realizar un número de visitas a determinadas personalidades y reunirme con el pueblo de Baní.

Pero, desde antes de llegar a República Dominicana, veníamos recibiendo, a través de los cables, las noticias del enorme esfuerzo que estaban haciendo los dominicanos, incontables organizaciones, grupos de solidaridad, los estudiantes, los que habían sido estudiantes en Cuba y un interminable número de organizaciones amistosas que nos pedían un encuentro que era materialmente imposible. De ahí surgió la idea de realizar un encuentro de este carácter, en que estuvieran presentes todas esas organizaciones, y los encuentros de este carácter siempre son un poco más complicados, porque no es lo mismo hablar con una organización horas -esto no quiere decir que yo vaya a hablar horas aquí (Risas)- que reunirlos a todos.

Mientras escribía esa dedicatoria -sorpresiva para mí, porque nadie se acordó ni de decirme que yo tenía que escribir algo aquí (Risas)-, desde que me siento, ya algunos me pedían una cosa y otros otra, y alguien: "Oiga, que sea política", y ser político no siempre es fácil -ser revolucionario es todavía más difícil-, y así tuve yo, bajo la inspiración realmente de ustedes, que escribir esas breves palabras para esta institución, donde hace más de 150 años empezaron a escribir dedicatorias, y, por lo menos, no me arrepiento; tiene algo de todo: un poquito de política y un poquito de revolucionaria.

Me sentiría feliz si a ustedes les parece que no haya sido una cosa absolutamente anodina la que yo escribiera en ese histórico libro; pero la gran diversidad de personalidades y organizaciones aquí presentes hacía difícil la tarea de pronunciar unas palabras. Había, sin embargo, una cosa muy común, muy común: el sentimiento de amistad.

Ustedes han movido el país entre todos. Los cables internacionales que suelo leer no hacían más que hablar de la cantidad de movilizaciones, de letreros y de consignas asociados a la visita, que fueron creando un ambiente internacional, raras veces expresado en las agencias internacionales de prensa. Las que he leído aquí, desde Santo Domingo, puedo decir que han sido informaciones objetivas, amistosas, que iban reflejando ese ambiente creado por ustedes y que ha tenido un enorme valor en todos los sentidos en relación con esta visita, desde las cuestiones relacionadas con la seguridad, puesto que muchos de ustedes proclamaron que iban a participar activamente e iban a hacer suya la tarea de la seguridad de nuestra delegación, hasta el gran significado político que tiene en estos instantes esa expresión de solidaridad que ustedes reflejaron durante los días previos a nuestra visita, en un momento en que lo necesitamos realmente mucho.

En distintos lugares que hemos visitado, hemos encontrado solidaridad, gran solidaridad; pero lo que nunca habíamos encontrado es una expresión tan grande y una forma tan eficiente de demostrarla, en un momento tan oportuno para nuestro país y en un mundo tan confuso como el mundo que estamos viviendo. Yo no podía marcharme sin reunirme con ustedes (Aplausos prolongados).

Me preguntaba qué debía decirles; hay muchos temas, infinidad de temas. Podía hablarles de Cuba; pero sobre Cuba hablamos todos los días, y, cuando no hablamos nosotros, hablan otros por nosotros y contra nosotros (Risas y aplausos). Podía, quizás, sí, en breves palabras, expresar que Cuba está ahí y va a seguir estando allí (Aplausos).

A cada rato se publica que Castro no está allí, o que a Castro le quedan pocos días. No se dan cuenta los muy tontos o los muy idiotas (Risas) de que eso es lo menos importante (Aplausos). ¿De qué valdría una revolución si dependiera de un Castro o dependiera de un hombre? (Aplausos.) ¡Allá los idiotas que hace mucho rato que practican esa concepción y creen en eso!

Desde muy al principio, en sus infinitos planes por eliminar dirigentes de la Revolución Cubana, entre ellos me otorgaban el honor de colocarme en primera fila (Risas). Un día dije, bromeando, que ostentaba el poco envidiable récord, o el poco glorioso récord -bueno, glorioso tal vez sí; pero mejor sería envidiable o extraño récord- de planes de atentados entre cuantas personalidades o políticos hayan existido, por lo menos en este siglo y tal vez en varios, a partir de esa concepción de que todo se acababa liquidando a Castro; o siempre indagando sobre el estado de salud de Castro, o divulgando noticias casi semanales o quincenales de su desaparición física, o augurando enfermedades, o calculando los años (Risas).

Dicen que a las damas no se les debe preguntar por los años (Risas). Los políticos podemos ser una especie de damas (Risas y aplausos) que no nos gusta que nos recuerden los años, pero no es por vanidad, no; es por lo que nos fastidia no poder seguir luchando y fastidiándolos a ellos durante bastante más tiempo (Aplausos).

Pero ya esas son cuestiones de aficiones personales que no tienen nada que ver con la filosofía de la vida, de la política y de la historia. Por eso decía que era, de todos los augurios, el menos importante.

Tienen poco tiempo para volver las páginas de la historia y recordar el pasado. Es que la historia tiene una marcha inexorable. Desde el siglo pasado, ¿cuántos reveses no hemos tenido, cuántos líderes no cayeron? No se detuvo, sin embargo, la historia de las luchas en nuestro país.

Puedo admitir que en determinados momentos, determinadas personas pueden desempeñar un determinado papel. Realmente lo relativizo bastante, porque, además, los papeles que cualquier hombre haya desempeñado en cualquier etapa, han estado dependiendo de circunstancias que no tienen nada que ver con el hombre.

Si Bolívar hubiese nacido en 1650 ó 1700 nadie conocería el nombre de Bolívar. Solo un siglo después y cuando surgen ideas nuevas, a partir de problemas graves que durante largo tiempo han ido acumulándose, los grandes cambios y sus protagonistas son posibles. A no ser por el proceso histórico que precedió a la Revolución Francesa, quién habría oído hablar jamás de Danton, de Robespierre, de Mirabeau y de todos aquellos personajes de intensa pero corta vida, porque de acuerdo con la leyenda de Saturno, la revolución devoraba a sus propios hijos. Hubo un abate que se hizo famoso, porque al preguntarle alguien qué había hecho durante la revolución, respondió: "Vivir" (Risas).

Es que los hombres que desempeñan un papel, dependen por entero de factores que no tienen nada que ver con su capacidad personal, solo potenciable en determinadas circunstancias. Así ha ocurrido con todos los próceres de nuestra independencia y todas las personalidades en la historia. Hacen falta condiciones previas que no se pueden atribuir al mérito de ningún hombre.

Martí, ¿cuándo nace Martí? En el momento exacto, día exacto, hora exacta, minuto exacto, segundo exacto; si nace un siglo antes no se habría escuchado tal vez nunca el nombre de Martí, y así también el de Máximo Gómez, a quien rendíamos merecido tributo, menos que el enorme tributo que merece.

La idea de asociar los acontecimientos históricos a determinados individuos está largamente arraigada en la propaganda y hasta en la concepción de los reaccionarios, de los imperialistas, de los enemigos de la Revolución. Así hablan de la Revolución de Castro, individualizan: Castro hizo eso, Castro hizo lo otro. Y el que menos ha creído en eso -se lo digo con entera franqueza-, el que menos ha creído eso nunca, realmente, he sido yo; pienso que al menos me encuentro entre los que nunca han pensado así. Esa es ya una cuestión de la forma de ver la vida y de tener un poquito de filosofía de la historia. Los pueblos son otra cosa. Un día expresamos una frase: Los hombres mueren, el pueblo es inmortal (Aplausos).

No nos importan los pronósticos, las preocupaciones. Cuando todos los planes les han fallado, cuando todas las mentiras y expresiones de deseo se han ridiculizado, ahora solo están pensando, como consecuencia de las leyes de la biología, qué pasará después en Cuba. Nosotros no estamos preocupados de lo que pasará después en Cuba, porque no tenemos duda de lo que pasará después en Cuba. Lo que nosotros nos preguntamos, realmente, y es lo que debieran estarse preguntando estos señores ilusos, es qué pasará en el mundo.

La modesta obra de Cuba perdurará con su espíritu revolucionario que la hizo posible; pero la historia de nuestro país, como la historia de ustedes, el futuro de ustedes, dependerá del futuro del mundo. El propio futuro de Estados Unidos dependerá mucho, mucho de ese futuro.

En términos estrictamente nacionales, puedo decir simplemente que nuestro país ha resistido, cuando todos auguraban lo contrario en todas partes, después del derrumbe del campo socialista y la desaparición de la URSS, donde teníamos nuestros mercados y los suministros esenciales de combustible, materias primas, etcétera. Desaparecieron de la noche a la mañana aquellas relaciones comerciales que logramos establecer sobre bases equitativas y que nos permitieron enfrentar el bloqueo de Estados Unidos durante muchos años, y no solo enfrentarlo, sino avanzar en muchos campos, algunos de los cuales ustedes han mencionado aquí.

La desaparición del campo socialista les hacía soñar que la desaparición de la revolución cubana era cuestión de días, cuando más de semanas. Vean que unos tras otros se derrumbaban los países socialistas de Europa; estaban esperando la noticia en el periódico del derrumbe de Cuba, a partir de hechos objetivos, incluso.

Aquellos desaparecieron sin necesidad; pero ellos veían que Cuba tenía que desaparecer por necesidad. Aquellos países estaban mucho más desarrollados, tenían muchos más recursos que nosotros, y cuando renunciaron al socialismo, inmediatamente Occidente les quitó bloqueo y otras limitaciones, les ofreció préstamos, ayuda y, sobre todo, recetas, recetas, el veneno más grande que les dieron.

Cuando vimos aquello y pudimos apreciar todo aquel proceso, las causas y los factores esenciales, previmos dos años antes la desaparición de la Unión Soviética al paso que iba, y en un acto público, un 26 de julio, en la provincia de Camagüey, dije algo que dejó un poco sorprendidos y extrañados a todos los oyentes. Dije: "Y si un día nos despertamos con la noticia de que la Unión Soviética ha desaparecido, seguiremos luchando y seguiremos construyendo el socialismo" (Aplausos y exclamaciones).

Efectivamente, desapareció aquel inmenso, rico y poderoso país que vio desarticulada una economía que se había construido en forma integrada durante más de 70 años; un país donde una república producía determinadas cosas, otras producían otras, se intercambian los productos y producían en cooperación muchas cosas.

Nosotros nos vimos de la noche a la mañana sin mercado para muchos millones de toneladas de azúcar que tenían un precio preferencial, conquistado por nuestra Revolución con argumentos y razones, por cuanto habíamos descubierto el fenómeno de que los productos que exportaban las naciones más desarrolladas valían cada vez más caro y los que exportaban nuestros países valían cada vez menos. Y si por un quinquenio firmábamos cantidades y precios de mercancías a intercambiar, lo hacíamos para los productos que importábamos sobre la base de precios aproximados a los del mercado mundial y el poder adquisitivo de nuestros productos al cabo de cinco años era mucho menor que el que tenía al principio del quinquenio, porque cada máquina, cada equipo, cada producto que importábamos subía de precio, mientras el precio de nuestro azúcar, principal renglón exportable, que era el del mercado mundial, más una prima de preferencia y el de otros productos básicos, se mantenían fijos a partir de los precios alcanzados el primer año del convenio.

A eso se sumó que un día explotó el precio del petróleo, subió a cifras fabulosas, pero ya en ese momento nosotros habíamos logrado un acuerdo que llamábamos acuerdo de precios resbalantes. Dijimos: Los precios de nuestros productos, especialmente el azúcar, deben subir en la misma medida en que suban los precios de los productos que ustedes exportan, si es que vamos a hablar de internacionalismo proletario (Aplausos).

¿El azúcar cuánto llegó a valer entonces? Estaba entre 25 y 30 centavos la libra. La de ellos, a base de remolacha, era todavía más cara, y con eso podíamos pagar el petróleo y otros productos; pero principalmente con el azúcar podíamos pagar el petróleo que había aumentado de 12 a 14 veces el precio. Con lo que antes se compraba, cuando triunfa la Revolución, una tonelada de petróleo, después del boom de los precios de este producto, se compraba menos que un barril de petróleo.

Imagínense lo que significa para un país que todas esas relaciones comerciales, justas y razonables, más el mercado, desaparecieran. Toda la maquinaria, o la inmensa mayoría de los tractores, camiones y equipos eran de aquel origen. Gastadores de combustibles, sí, más que los occidentales, pero no constituía eso un gran problema, porque detrás de los equipos venían los barcos con el combustible; y cuando había un ciclón o había una plaga, de las que más de una vez lanzaron sobre nuestro país, que afectaba la cañ u otros cultivos, los productos conveniados no dejaban de llegar a nuestro país. Se cumplían rigurosamente como una cláusula de garantía.

Había créditos. Y ya les digo: con 1 hectárea de caña bien cultivada, podíamos comprar hasta 30 toneladas de arroz. Era un intercambio excelente, porque ellos tenían algunos excedentes de arroz y lo vendían al precio internacional. Los precios del petróleo eran la base fundamental sobre la cual fluctuaban los precios de nuestras exportaciones, y con 1 hectárea de caña de 10 toneladas de producción de azúcar, adquiríamos hasta 30 toneladas de arroz, trigo u otros alimentos importantes.

Esos ingresos obtenidos por el país nos permitieron llevar adelante nuestro programa de desarrollo económico y social.

Se habla mucho de la educación y la salud en el exterior, hasta del deporte. Sí, muy bien; no se habla de las decenas de miles de kilómetros de carreteras que construyó el país; no se habla de que el país se llenó de presas y que, de 35 millones de metros cúbicos de agua, teníamos capacidad ya para más de 10 000 millones de metros cúbicos. Estábamos aplicando los programas más avanzados de la técnica en el cultivo de la caña, del arroz, porque, desde luego, no todo el arroz venía de la Unión Soviética, una parte importante la producíamos nosotros; pero nos proponíamos llegar al autoabastecimiento sobre la base de terrazas planas, rendimientos mucho más altos, costos mucho más bajos, utilización mucho más eficiente del agua.

No se dijo que mecanizamos la producción cañera, donde más de 300 000 obreros iban a trabajar, antes de la Revolución, tres o cuatro meses al año, y que después de la Revolución encontraron empleo permanente. Desapareció aquella fuerza de trabajo que cortaba caña; fue sustituida, primero, por las alzadoras y, después, por las combinadas que cortaban y alzaban la caña, y que, además, elevaban realmente la productividad del trabajo.

No se dice que todo el trabajo en nuestro país se mecanizó: el arroz se cortaba con la hoz famosa cuando la Revolución triunfa, todo se cortaba después con máquinas; las construcciones se hacían a mano, todo después se mecanizó; el transporte se hacía con bueyes -una gran parte-, todo se mecanizó; en el país la electricidad llegaba solo al 50% de la población, la electrificación alcanzó más del 90%; el azúcar se cargaba al hombro en sacos de 250 libras, que antes eran de 300 -ni se sabe el número de personas después con problemas en la columna, en la espalda-, todos los embarques de azúcar, millones de toneladas cada año, se mecanizaron, excepto para aquellos países que por ser pequeños no tienen centros de recepción de azúcar a granel y había que cargar una cantidad en sacos, una mínima cantidad.

Se humanizó el trabajo extraordinariamente con la obra de la Revolución. Se multiplicaron por 10 ó más de 10 las capacidades eléctricas, se crearon industrias nuevas, industrias mecánicas. Nosotros fabricamos ya nuestras combinadas cañeras; estábamos fabricando ya hasta buldóceres, aunque con una parte de los componentes importados, pero abaratando considerablemente el costo; estábamos produciendo cargadores frontales, numerosos equipos, dando empleo y reduciendo el costo al país en divisa. Fabricamos los componentes fundamentales de los centrales azucareros; fabricábamos ya el 70% de un central azucarero, aunque hubiese que importar un 30% en centrífugas y determinados equipos y componentes que no podíamos fabricar en el país.

Desarrollamos la ciencia a pasos acelerados, y de eso casi no se habla nunca, y tenemos hoy decenas de miles de trabajadores científicos, porque comprendiendo la importancia de esa rama, aun después del período especial seguimos desarrollando las investigaciones científicas y hoy estamos trabajando en investigaciones para vacunas contra el sida, para vacunas contra el cáncer incluso, aparte de infinidad de medicamentos nuevos y vacunas, algunas exclusivas, que hemos creado en nuestro país.

No voy a hablar ya del número de viviendas que pudimos construir, y, sobre todo, ya habíamos alcanzado una capacidad de producción de cemento de 4 millones de toneladas al año, y de materiales de construcción para 100 000 viviendas al año, cuando dolorosamente llega este período especial. No habíamos perdido el tiempo.

Debo decir con honestidad que ante la abundancia de recursos disponibles no se desarrolló mucho el hábito de ser ahorrativos; no puedo negar que había quienes iban a ver a la novia en el tractor, por ejemplo, cosa desde el punto de vista romántico maravillosa, pero desde el punto de vista económico catastrófica (Risas y aplausos). Consumíamos ya 13 millones de toneladas de combustible al año.

Todos esos niveles alcanzados se convierten en terrible desventaja cuando viene el colapso del campo socialista y de la URSS, sobre todo de la URSS que parecía inconmovible, puesto que supo resistir la primera intervención después de la Primera Guerra Mundial en que el país quedó reducido a un pedazo de tierra y totalmente destruido, y nuevamente destruido antes de que pasaran 20 años, totalmente destruido y con la pérdida de más de 20 millones de personas; un país que derrotó al nazismo.

Los que lean de vez en cuando algunos libros de las nuevas historias que se hagan, no se vayan a imaginar que fue gracias a algunos barquitos que llegaron por Murmansk, procedentes de Occidente, en unos convoyes, o algunas materias primas o equipos que llegaron por Irán; fueron los cientos y miles de fábricas que en plena guerra y aun antes de la guerra habían trasladado a la Siberia, muchas de las cuales empezaron a producir en el invierno cuando todavía no tenían ni techo. Era la voluntad de un pueblo que había vivido un régimen social, cualesquiera que hubiesen sido los enormes errores cometidos y, sobre todo, errores de carácter subjetivo -no hay que repetirlos, son bien conocidos-; pero un pueblo que por primera vez había sido dueño de todas las riquezas, campesinos que fueron dueños de la tierra y obreros que fueron dueños de las fábricas, porque hubo un cambio social y adquirió una gran capacidad de lucha, una gran abnegación.

Cuando todos los demás países de Europa se rindieron a los primeros tiros, la URSS, a pesar de garrafales errores de tipo político, cometidos antes de aquella guerra, y garrafales errores militares, como fue haber tenido desmovilizada totalmente la fuerza de defensa cuando tres millones de hombres y decenas de miles de tanques se acumulaban en la frontera, alcanzando lo increíble, un ataque sorpresivo que destruyó en tierra, el primer día, miles de aviones y que dio lugar al avance acelerado de las divisiones acorazadas, cuando no estaban ni siquiera movilizadas las tropas -esos fueron errores de los dirigentes, y muy graves errores, que costaron muy caro-, fue, sin embargo, el único país que resistió y resistió y resistió. Los demás, apenas unas cuantas divisiones rompían las líneas, empezaban a parlamentar en todas partes. Pero ese es otro tema.

Parecía, sin embargo, imposible que a aquel país, que a pesar de tanta destrucción alcanzó la paridad nuclear en un breve período, entre 20 ó 25 años, al que no pudo conquistar Hitler con sus millones de soldados, pudieran destruirlo sin disparar un tiro, conquistarlo sin disparar un tiro los occidentales. Nosotros pudimos percibir lo que iba a pasar, y desgraciadamente pasó.

Yo decía que lo peor fueron las recetas. El producto bruto de Rusia -no ya de la URSS, de Rusia- ha ido reduciéndose por año, en virtud de esas recetas, al 45% de lo que producía en 1989, antes de la disolución de la URSS y el inicio de la construcción del capitalismo. La Federación Rusa producía entre 400 y 500 millones de toneladas de petróleo al año, todo el gas que quisiera para abastecer sus necesidades y exportar considerables volúmenes a Occidente, acero, materias primas, sin los cuales se quedó Cuba; se quedaron con las fábricas de piezas de repuesto de camiones, máquinas, tractores, equipos de todas clases, sin las cuales se quedó Cuba.

La producción nuestra cayó al 65% y aun careciendo de todo eso empezó a subir, hoy estamos alrededor del 76%, no es el 45%, y avanzamos, aunque tardaremos todavía en llegar, con un país bloqueado, doblemente bloqueado: el viejo bloqueo recrudecido y el nuevo bloqueo inesperado, que nos dejó con los equipos gastadores de combustible pero sin un barco de petróleo procedente de la Unión Soviética, ni los alimentos que venían, ni los precios de nuestra azúcar, ni siquiera los mercados para aquella azúcar; sin algo tan vital como el combustible, cuando ya estaba electrificado más del 90% del país. Si hubiera estado al 50% habría sido menos difícil. Todos los avances alcanzados en más de 30 años se convirtieron en un obstáculo adicional en aquella situación. Cuando la población se habitúa, como elementos esenciales, a determinados servicios, como es el servicio eléctrico, es algo que no tiene marcha atrás posible; se puede cuotificar, hacer cosas -ustedes las han padecido-, apagones y cosas por el estilo que se habían acabado en nuestro país hacía mucho tiempo.

El país había creado una flota mercante considerable, flotas pesqueras del alto, transporte; había mecanizado todo el trabajo físico prácticamente, ese trabajo físico duro que realizaban nuestros trabajadores dejó de existir.

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