ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Cuarenta y cuatro años después de su exitoso estreno en los cines habaneros (3 de noviembre de 1976), La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea, podrá ser vista con renovado esplendor por una nueva generación de cubanos al dejar inaugurado hoy, en el cine Acapulco, la primera entrega del 42 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, a celebrarse hasta el 13 de diciembre.

La vuelta a la magnificencia del premiado filme, digitalización mediante, es el resultado de un trabajo conjunto entre el Archivo de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood y la Cinemateca de Cuba, colaboración que ya ha rendido frutos en títulos como Una pelea cubana contra los demonios (1971), Los sobrevivientes (1979), La muerte de un burócrata (1966) y el documental El arte del tabaco (1974), todos de Gutiérrez Alea.

El estreno de esta restauración tuvo lugar en el último Festival de Venecia y verla tiene el atractivo no solo de disfrutar de una cinta rescatada del paso demoledor del tiempo, sino también de ponerse en contacto con uno de los filmes más sustanciosos del maestro Gutiérrez Alea, un artista que le impregnó a su obra una impronta de contemporaneidad que la hace prevalecer e invita a nuevas reflexiones.

Tal es el caso de La última cena y su parábola acerca de la dominación de unos hombres por otros recurriendo al engaño y a los discursos torcidos, tesis sobre la realidad manipulada que el realizador sitúa en el siglo xviii y cuyo germen de crecimiento artístico –según testimonio suyo– lo encontró en una pequeña referencia aparecida en El ingenio (1964), de Manuel Moreno Fraginals.

Anécdota que, ligada a la trascendencia cultural-religiosa de la última cena cristiana, y a la versión que de ella ofreciera Leonardo da Vinci, sirvió para recrear una historia en la que el conde de Casa Bayona decide, un jueves santo, sentar a su mesa a 12 esclavos, lavarles los pies y comer y beber con ellos, mientras trata de hacerles ver que deben sentirse felices de su predestinada condición de sometidos.

Los acontecimientos tienen lugar cuando ya se conoce de la sublevación de esclavos en Haití y la personalidad del conde (Nelson Villagra) se debate entre las intenciones de un religioso que se siente dadivoso, a tono con postulados de la Biblia que les hace saber a sus harapientos apóstoles, y los intereses de un comerciante representativo de una burguesía criolla en ciernes y muy tensa, frente a un posible «peligro negro» que pudiera frenar el primer boom azucarero en Cuba.

Deliciosos diálogos tienen lugar en esa mesa (ustedes cantan mientras cortan caña, dice un ajumado conde, y un esclavo le responde: sí, pero nos gusta más cantar que cortar caña). Al final, nada convencidos por su destino de servidores eternos, los esclavos se rebelan e incendian la hacienda y el conde no vacilará –aunque en ello vaya la pérdida del cielo– en decretar pena de muerte para todo el que sea capturado.

Una película de tesis, La última cena, como todas las de Alea, y una factura artística revitalizada que mucho se agradece.

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