ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Jorge Oller

Hay momentos en la historia del deporte donde la audacia organizativa supera la exigencia de las marcas en los estadios. En 1982, los XIV Juegos Centroamericanos y del Caribe parecían destinados al abismo. La ciudad puertorriqueña de Mayagüez, sede original del certamen, se vio obligada a renunciar ante la falta de respaldo gubernamental.

Con poco más de un año en el cronómetro para el encendido del pebetero, Cuba levantó la mano y asumió el desafío. El resultado fue un salvavidas para la cita regional más antigua del planeta y se convirtió en una de las ediciones más memorables y multitudinarias del siglo XX.

Del 7 al 18 de agosto de 1982, La Habana –junto a las subsedes de Santiago de Cuba y Cienfuegos– acogió una fiesta de dimensiones inéditas. Participaron 22 naciones, marcando el debut histórico de Granada e Islas Vírgenes Británicas.

A pesar de ausencias notables como las de El Salvador, Honduras y Colombia, los juegos registraron un récord de 2,799 atletas que compitieron en 24 disciplinas y 247 pruebas, inyectando savia nueva al calendario con el estreno del tenis de mesa, el tiro con arco, el remo, el hockey sobre césped y la lucha grecorromana, según relata el libro Los juegos regionales más antiguos, del periodista Enrique Montesinos.

La inauguración en el Estadio Pedro Marrero rompió moldes tradicionales. María Caridad Colón, la flamante monarca olímpica de Moscú-1980 en el lanzamiento de la jabalina, hizo historia al convertirse en la primera mujer encargada de realizar el encendido final del pebetero centrocaribeño.

Aquella cita también legó un hermoso experimento social en la Villa Centroamericana, ubicada en las instalaciones de la Escuela Vocacional Vladimir Ilich Lenin. En un hecho sin precedentes para eventos de esta envergadura, se decidió prescindir de cercas perimetrales de seguridad y de barreras de separación entre las áreas de hombres y mujeres, sin registrar un solo incidente.

CUBA DOMINÓ LOS JUEGOS

En el plano competitivo, la delegación anfitriona ejerció un dominio aplastante que se reflejó en un botín de 173 medallas de oro, 71 de plata y 38 de bronce. Cuba no solo ganó; arrasó de forma categórica en varias de las principales disciplinas colectivas e individuales.

El levantamiento de pesas barrió con las 30 medallas de oro en disputa. La gran hazaña de la palanqueta la protagonizó el estelar Daniel Núñez, quien estremeció el graderío al implantar un récord mundial en la división de los 60 kilogramos.

Los equipos de boxeo y judo firmaron actuaciones de leyenda al adjudicarse casi todas las coronas posibles: 11 de 12 en el pugilismo y las ocho en el tatami, respectivamente. En tanto, la lucha grecorromana copó los diez metales dorados.

La esgrima (8-3-1), liderada por el empuje de Efigenio Favier (tres oros), y la gimnasia artística (15-11-2), bajo la elegancia de Orisel Martínez (cuatro títulos), establecieron monopolio en sus disciplinas.

El atletismo volvió a ser la joya de la corona con 27 títulos. El bicampeón olímpico Alberto Juantorena ratificó su estirpe al estampar un récord para estos Juegos, en los 800 metros, con tiempo de 1:45.15 minutos. En las pruebas de velocidad, Leandro Peñalver fue un bólido indiscutible al colgarse tres oros (100, 200 y el relevo 4x100 m), hazaña emulada por Luisa Ferrer en el sector femenino con su victoria en el hectómetro y el doble hectómetro.

La mítica María Caridad Colón revalidó su corona con un envío de 62,80 metros, mientras una jovencísima Ana Fidelia Quirot comenzó a escribir su leyenda internacional al subir a lo más alto del podio como parte del relevo femenino de 4x400.

La gran sorpresa se vivió en el beisbol. La escuadra de la República Dominicana silenció el graderío cubano al derrotar al equipo local en el partido decisivo por el campeonato, un hito que los quisqueyanos celebraron como una gesta nacional.

En el plano de las curiosidades, se destacó la versatilidad de la atleta cubana Hilda Ramírez. Tras haber acumulado ocho preseas en el atletismo (lanzamientos de bala, jabalina y disco) en ediciones anteriores, regresó a la arena centroamericana en una faceta totalmente distinta: como integrante del equipo de softbol.

La Habana-1982 demostró la capacidad de Cuba para responder con excelencia y velocidad ante situaciones de emergencia organizativa. Además, fijó un estándar de calidad, masividad e integración humana que aún hoy, a las puertas del centenario de los Juegos, sigue siendo recordado como un listón sumamente alto para el deporte caribeño.

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