ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Shaqiri anotó el gol de la Euro para empatar el choque, pero al final los suizos sucumbieron en penales.

Un par de semanas de revuelo, choque tras choque, días de goles, empates, pasajes para dormir y emociones en el descuento han quedado atrás. La Eurocopa de Francia 2016 ha entrado su fase de KO y no es aconsejable pestañar, en aras de no perderse los momentos cruciales del torneo.

El primer episodio de octavos de final lo protagonizaron Polonia y Suiza, dos selecciones sin la carga mediática que persigue a Piqué, Ronaldo, Pogba o Bale, que vivieron la tremenda presión que supone afrontar un duelo sin mañana, de esos en los que habitualmente aflora el conservadurismo y la traición a los esquemas planteados en rondas previas.

Por fortuna, este no fue el caso de polacos y suizos, quienes se enfrascaron en su particular mano a mano por más de 90 minutos, porque el tiempo complementario no alcanzó para dirimir el triunfador, y toda la suerte se decidió en los penales, la lotería en la cual festejó, por paradojas del fútbol, el elenco más agotado.

Polonia, que empezó ganando, gustó y martirizó a Suiza, pero terminó pidiendo la hora, encomendada a las atajadas de su arquero Lukasz Fabianski, fenomenal en los últimos trances, apoyado además por la mano amiga de los palos, verdugos de los helvéticos en diversos compases.

Era difícil imaginar que los polacos pudieran desplegar un fútbol tan completo, basado en la carrera, la rápida circulación del balón, la solidez defensiva y el músculo de su mediocampo. Sobre esas bases abrieron el partido y el incombustible Blaszczykowski puso el primer tanto con un frío remate entre las piernas del meta Yann Sommer.

Se dice rápido, y justamente así, a la velocidad de la luz, manejó el contragolpe el explosivo extremo Kamil Grosicki, un potro que con pradera abierta no tiene para cuando terminar de correr, y penetrar la defensa mejor parada. Su sprint, el incesante caracoleo y el buen manejo de la pelota lo colocaron en posición de oro y puso el gol en bandeja de plata a Blaszczykowski.

Daba la impresión de que Polonia crecería incluso más con la diana, sustentada en los movimientos como quarterback de Robert Lewandowski, el gran goleador del Bayern Munich que con su selección se desdobla y dirige todas las acciones ofensivas, alejándose del área, tomando los balones en la medular y buscando siempre tronar las líneas enemigas.

Sin embargo, su asociación con Krychowiak poco a poco fue cediendo ante el empuje de Xherdan Shaqiri, pequeño y habilidoso extremo que cargó a Suiza en sus hombros y marchó como una tromba camino al empate. Sus ataques nunca cesaron, y tal vez cuando menos lo pensábamos, removió las redes y alzó los brazos en señal inequívoca de festejo.

En el borde del área, con el balón volando libre, Shaqiri detuvo el tiempo, flotó, se acostó en el aire y de chilena percutió con su pierna zurda justo a la base del palo. Indetenible. El gol de la Eurocopa.

Antes y después ya los suizos habían removido la portería de Fabianski, quien se agigantó en par de jugadas que valían los cuartos de final. Su imagen, en las postrimerías, fue el santo de mayor devoción en toda Polonia, encomendada a sus guantes en la impredecible tanda de penales.

Cumplido el tiempo extra, Fabianski caminó hacia el banco, observó en una computadora portátil las indicaciones de sus preparadores sobre las manías de los rivales en los cobros de los penales, pero lo cierto es que no le hicieron mucha falta. Granit Xhaka, natural de Kosovo pero elemento crucial en el juego de Suiza, mandó su tiro lo más lejos posible del marco, mientras todos los polacos anotaban con misiles muy bien ubicados.

Vida o muerte. No hay más opción en estas instancias de la Euro, que ya ha dejado otra víctima, Suiza. Los polacos, en cambio, se enrumban a cuartos de final con una cuota adicional de oxígeno en el tanque.

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