ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Como aquella sencilla mujer, también pienso que esta Revolución es muy grande para ahogar en un vaso de agua mi admiración por quienes salvan vidas desde el vientre de esas divinas libélulas de metal. Foto: Pastor Batista Valdés

Por esa fertilidad que suele tener la imaginación de los niños, cada vez que yo veía un helicóptero solía asociarlo a una de aquellas libélulas que circunvolaban la casa del abuelo Serafín y terminaban posándose en los pelos de alambre de la cerca o en las plantas del jardín.

Y aunque la primera vez que me subí a uno de esos impresionantes aparatos (recién egresado de la universidad) resultó una experiencia inolvidable, mi más impresionante recuerdo sobrevendría años después, en la década de los años 90.

Desde entonces, no hay ocasión en que vea un helicóptero y no acuda a mi mente aquella tarde en que, lejos de cesar las torrenciales lluvias, continuaban ganando intensidad, con el consiguiente peligro para la vida de familias residentes en zonas que ya se encontraban inundadas, al sur de la provincia de Las Tunas.

Por ello, como suele ocurrir en situaciones así, el Ejército Oriental no vaciló en enviar uno de sus helicópteros y personal especializado en labores de rescate y salvamento.

Desde el interior de la aeronave el panorama resultaba (cuando menos) espeluznante. Alfredo Jordán Morales, a la sazón primer secretario del Comité Provincial del Partido, observaba aquel turbulento océano que se extendía cada vez más, cobrando vidas de reses, equinos, aves y otros animales, cuyos propietarios no habían tenido tiempo de trasladarlos hacia lugares seguros.

En medio del diluvio, acompañado de fuertes vientos, el aparato se posó sobre un pequeño promontorio, cerca del cual unos vaqueros, encabezados por Segundo Velázquez, entonces subdelegado provincial de ganadería, trataban de salvar un lote de vacas y terneros.

«A unos dos kilómetros en esa dirección vive un matrimonio de ancianos que ojalá estén vivos todavía» –dijo en tono grave uno de los ganaderos, señalando en rumbo este.

Efectivamente, pocos minutos después, desde el helicóptero, pudimos divisar una especie de alargado triángulo a ras de agua y la copa de algunos árboles a su alrededor. Era la punta del caballete de la vivienda campesina.

Desafiando la fuerte brisa, la aeronave se situó a escasa altura, justo sobre la casita, para facilitar el descenso que realizaría uno de los rescatistas, por una escalerilla vapuleada por las ráfagas.

Arriba, nadie hablaba. Cada segundo era un rezo colectivo a coro de mudo silencio. Podía esperarse lo peor. Con destreza, el joven arrancó a pura mano las yaguas que en doblez cubrían la cima, para desprender, seguidamente, varias pencas de guano.

De repente, un espontaneo grito de júbilo inundó el interior de la aeronave. En los seguros brazos del muchacho, ceñida a él, cual abuela que idolatra a su nieto, una anciana era izada hasta el aparato.

Deben haber sido, aproximadamente, las cinco de la tarde, aunque la falta de luz solar y el cerrado aguacero daban la impresión de ser mucho más tarde.

Cuando la humilde mujer terminó de explicarle a Jordán que el esposo también se hallaba vivo y que ambos permanecían apoyados ya en cuclillas contra el caballete, en un travesañito, apoyé mi mano derecha sobre su rodilla izquierda y le dije:

«Ay abuela, supongo que, a esta hora, con todo inundado, el agua a punto de cubrirlos totalmente y lloviendo sin parar, ustedes prácticamente no tendrían esperanzas de sobrevivir».

Con una de esas miradas bañadas en miel, la anciana sonrió y me dijo: «No mijito; yo siempre supe que nos salvaríamos; por eso animé a mi esposo diciéndole: no te preocupes, viejo, que esta Revolución es muy grande para ahogarnos en un pedacito tan chiquito».

EPÍLOGO

Laboratorio fotográfico. Apenas dos horas después. Vencido por el tiempo, en contubernio con las escaseces y limitaciones del llamado periodo especial, lo que mis ojos miraban aterrorizados no era un negativo con 36 fotogramas bien delimitados, sino una cinta completamente negra, vencida, de punta a punta.

Confieso que contuve el llanto y convertí el gemido en un puñado de párrafos que Granma publicaría con el título Rescate en aguas turbulentas.

Han pasado más de tres décadas, y cada vez que veo un helicóptero –y puedo– le tomo una foto.

Como aquella sencilla mujer, también pienso que esta Revolución es muy grande para ahogar en un vaso de agua mi admiración por quienes salvan vidas desde el vientre de esas divinas libélulas de metal.

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Moisés Villanueva dijo:

1

12 de septiembre de 2026

21:34:27


Un saludo afectuoso al valiente pueblo cubano.Estuve en 2 ocasiones ahí, en 1985. Volveré un día de estos. Fui tratado de forma fabulosa por los ciudadanos. Si hubiera una invasión yanquí a la isla, vería la forma de ir a combatir contra el imperialismo al lado de los descendientes heroicos de Fidel, Che y Camilo.