ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Solo me regalaron una carcajada que me dejó loco por irme detrás también, entre el polvoriento platanalito o por el camino Foto: Pastor Batista Valdés

Como mismo –según los poetas- la luna, los ríos, las montañas, los parques, las flores, los muros de la ciudad… tienen el don de hablar, tampoco es silencio el lente fotográfico.

No sé cuántas veces, en más de 40 años de ejercicio periodístico, he sentido la tentación de escribir -a partir de una imagen- la crónica que luego terminan tecleando mis dedos, aunque en realidad pertenece a la sensibilidad de un «ente externo»: el lente de la cámara, del celular.

Como sé que igual les ha sucedido a cientos de colegas y que –de alguna manera- también miles de lectores devienen «víctimas» de esa misma seducción, le iré desprendiendo a la porción superviviente de mi archivo, pedazos distintos e indistintos de una realidad que el almanaque acaso esconde, pero no sepulta.

Por ser el tesoro más grande que tiene el planeta sobre su faz y en lo más hondo de sus profundidades, prefiero despegar con niños.

Este primer acercamiento pudo ocurrir en cualquier punto del archipiélago. La ocasión, sin embargo, saltó a la vista en un rural paraje, a la vera del llamado Circuito Norte, allá, entre Bolivia y Esmeralda.

LOS NIÑOS DE LA BICICLETICA VIEJA

Aguardaba por una entrevista que pasaría rápidamente a segundo plano cuando aparecieron ellos, cómo bólidos, zigzagueando por el irregular trillo que botas, zapatos y pies descalzos habían abierto entre cepas de plátano que parecían morir de sed.

Enhorquetada en una vieja bicicletica, una princesa descalza pedaleaba a todo tren, como una reina, para no ser sobrepasada por el niño que, con sonrisa de oreja a oreja y cara de pillo, pugnaba por alcanzarla: propósito al que tampoco renunciaba otra niña de similar edad y apariencia, también con sus piecitos descalzos.

Al verme, pusieron fin repentinamente al sprint para quedar mirando con fantástica curiosidad la cámara fotográfica que sostenía en mi mano derecha.

- ¡Ah!… ¿porque ustedes quieren una foto?

Ninguno habló; ni siquiera asintieron o negaron con la cabeza. Un ligero movimiento (como para unirse más) y la «cajeta» de blanquísimos dientes que en divina sonrisa me mostró el varoncito, no dejaban, sin embargo, la menor duda de que ya posaban, listos para escuchar el clic del obturador.

Una vez complacidos, «le metieron pie al pedal otra vez y allá va eso», hasta desaparecer por el mismo trillo, envueltos en esa risa que ningún niño pide prestada, ni compra, ni finge y mucho menos roba, porque le brota del inagotable manantial que tiene en las cavidades de su sana ingenuidad.

Minutos después, quien corría detrás era el simpático morenito. Pero ya no se detuvieron. Solo me regalaron una carcajada que me dejó loco por irme detrás también, entre el polvoriento platanalito o por el camino «comido en baches» que trepa hasta el mismo asfalto por donde al día siguiente caminarían, ya no descalzos, hacia el pupitre donde el maestro enseña que -como la gloria- toda la felicidad del mundo también cabe en un grano de maíz… o sobre una vieja bicicletica. No importa que se lleve la ropa más humilde del planeta, se viva en piso de tierra, con techo de guano o que los pies lleven por suela no más que su propia piel.

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