Tamara Silvia Columbié Matos, original de Guantánamo, lo supo desde muy temprano: mientras existan desigualdades de género, mientras se pueda incluir a la otredad en espacios que le han sido históricamente relegados, seguirá hablando del tema, enseñando a las nuevas generaciones y diciendo el por qué es necesario.
Para ella, el legado de Vilma Espín se ejerce cada día al contribuir en la economía, el medio ambiente, la cultura, el deporte… «porque esa era la Federación», sentencia Tamara. «La organización que creó Vilma con el pensamiento de Fidel y que yo llevo dentro desde aquella sonrisa cuando ella me invitó a formar parte».
En un recorrido por la vida de Tamara –a quien se le impuso recientemente el título honorífico de Heroína del Trabajo– se distingue su papel, cuando tenía 15 años, en la Campaña de Alfabetización, al formar parte de la brigada Conrado Benítez, «primera tarea que tuvo mi generación».
Luego vino la beca en La Habana, los trabajos voluntarios; estudió Derecho, y en medio de aquella ebullición juvenil, sintió que eso «era lo suyo».
Entonces, la convocan de la Escuela de Cuadro para que formara parte de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC): «Vi a Vilma Espín. No sé qué le vi, pero dije: “Mi suerte está echada. Voy a estar a lo que esta señora me pida”. Y así fue».
Durante años trabajó codo a codo con la eterna presidenta de la FMC. Atendió los temas jurídicos relacionados con la mujer y, en 1977, Vilma la envió a cumplir una misión internacionalista en Angola.
Allí, en Luanda, cuenta que el machismo lo palpó. Por eso, contribuyó a extender la Organización de Mujeres de Angola a provincias y municipios. Impartió clases y ayudó a María Ruth Neto –política angolana, defensora de los derechos de las mujeres– a redactar el primer proyecto de Ley de Maternidad del país.
Sin embargo, «no todo fue color de rosa. Viví la masacre de Cassinga y todavía recuerdo a los combatientes jóvenes cubanos. Uno que decía: "Ahorita me quitan la venda y te podré ver", sin saber que la metralla le había vaciado los ojos. Son cosas que no olvidas», afirma con la voz entrecortada.
Sobre esos recuerdos, que tiene para contar por más de una hora, Tamara escribe en una especie de libreta a la que ha llamado Retazos de Vida. Dice que «si volviera a nacer, escogería lo mismo. Con todos los errores, con la rebeldía».
Y mientras comenta sobre su trayectoria profesional y que todavía, «con tantos años de edad», ha formado parte, por la FMC, de las comisiones redactoras del Código de la Familia, el de Trabajo y otras leyes que contribuyen al adelanto de la mujer, me confirma lo que ya presumía: mientras exista un hálito de aliento, ningún esfuerzo será en vano.
La FMC, sostiene, mantiene su vigencia. «Tiene logros determinantes como el de unificar a las mujeres. Dentro de su contenido toca la problemática de las comunidades, como la violencia de género, la pobreza».
De igual forma, reconoce que falta autocrítica, buscar el incentivo, «adecuarnos a los problemas de cada momento, porque como dijo el General de Ejército Raúl Castro, somos “más necesaria que nunca”.
Quizá por eso, para Tamara, tener el título de Heroína del Trabajo es asumir los nombres «de muchas mujeres valiosas que a lo largo de los años han aportado al progreso del país». Porque mientras haya una mujer que necesite ser escuchada, una ley que perfeccionar, una mirada de niño y niña que cambiar, ella estará allí, consecuente, agradecida, rebelde, como aquella muchacha de «que un día decidió no tener miedo a las arañas».














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