ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Gloria La Riva, coordinadora del proyecto Hatuey. Foto: Tomada de Internet

A Gloria La Riva –estadounidense de nacimiento, pero de las que parecen cubanas capaces de brindar el corazón–, no hay que mencionarle a Fidel dos veces para saber que su emoción, al hablar de él, traspasa la simplicidad de la frase: «lo vi personalmente en tantas ocasiones».

Para ella «Fidel, desde que era muy joven y tomé conciencia de la lucha socialista, fue realmente un héroe», uno inclaudicable, solidario hasta la médula.

Gloria viste un pulóver con el logo del Proyecto Hatuey, dirigido a contribuir con donaciones a los hospitales pediátricos de Cuba, del que es coordinadora. Su voz, pausada al inicio, pronto se enciende y habla del Comandante en Jefe, y el tiempo parece detenerse.

«Su humanismo era sin cálculos mezquinos. Recuerdo cómo en el año 2000, cuando logro entregarle una carta de Mumia Abu Jamal, el periodista luchador afroamericano, que estaba en el corredor de la muerte en Pensilvania, Fidel, después de leerla, expresó todo su apoyo y dijo: “no será ejecutado, porque Cuba va a estar a su lado”. Y lo cumplió. Esa, para mí, fue una de sus tantas grandezas: la mano tendida de un país pequeño frente a una condena injusta».

Pero la visión de Fidel, subraya, fue mucho más allá de abrazar la causa del prójimo. Él supo de antemano la debilidad que carcomía a la Unión Soviética. En diciembre de 1989, cuando muchos aún miraban hacia Moscú con esperanza, el Líder Histórico de la Revolución Cubana, ya advertía que la Mayor de las Antillas debía levantar por sí sola la bandera del socialismo, «como en la Protesta de Baraguá».

Ella misma vino a la Isla en aquellos años con las brigadas médicas y en las caravanas de Pastores por la Paz. Vio la dificultad de aquellos tiempos, pero también la creatividad desbordada: la biotecnología, la inversión extranjera bien dirigida y, sobre todo, el debate colectivo, el voto popular, la participación de todos en las decisiones.

«Porque eso lo hizo Fidel. Él no imponía, convencía, discutía, y luego dejaba que el pueblo decidiera».

Gloria se detiene un instante, como si rebobinara la cinta de los recuerdos, y entonces brota lo que más la impactó del Comandante en Jefe: «su amor por los niños».

Dice que supo de cuando un «jovencito cubano ganó un concurso internacional de fotografía, pero el premio –una cámara– no podía llegarle por culpa del bloqueo injusto». El niño se sintió rechazado y Fidel, que se enteró del asunto, se ocupó personalmente de que aquel muchacho tuviera su cámara. ¿Por qué? Porque entendía, comenta Gloria, que la dignidad de un niño no se negocia.

Luego, Gloria evoca una cena con el Comandante. Fue en la noche, en un ambiente relajado, y él le explicaba detalles de la situación con EE. UU. En un momento de la velada, Gloria le dijo: «Comandante, he leído su historia: su primer acto revolucionario a los 19 años. ¿Qué valentía sentía entonces, pensando ya en la Revolución? Fidel le respondió jocosamente: “Yo siempre he sido audaz”».

«Por eso, el imperio se siente desesperado, y toma decisiones alocadas contra Venezuela, Irán y Palestina. Pero Cuba sigue en pie, y el ejemplo de Fidel es el baluarte social, político y moral para enfrentar el futuro.

«Fidel nos legó la certeza de que el socialismo se defiende con ideas, con humanidad y con el corazón en la mano».

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