BAYAMO, Granma.– Eran cerca de las 6:30 p.m. del 26 de junio cuando el teléfono en la casa del Dr. José Ángel Patiño Matamoros, en la Ciudad Monumento Nacional, rompió el silencio del descanso. Acababa de salir de una guardia y, horas antes, había realizado una cirugía. Su padre atendió la llamada y de inmediato lo buscó con urgencia. Del otro lado del auricular, el vicedirector de la Unidad de Cooperación Médica Internacional estaba al habla:
—Doctor, lo contactamos porque estamos conformando una brigada quirúrgica cubana de emergencia para asistir al pueblo venezolano tras los dos terremotos que azotaron esa nación. Queríamos saber su disposición para integrarse.
El doctor Patiño Matamoros, neurocirujano con ocho años de experiencia en el Hospital General Provincial «Carlos Manuel de Céspedes», de Granma, e instructor de la especialidad, sintió que el tiempo se detenía.
«Siempre tuve el anhelo de pertenecer a la brigada Henry Reeve —confiesa—, pero jamás imaginé que la oportunidad llegaría cuando menos lo esperaba. Sin pensarlo dos veces, manifesté mi decisión de participar y agradecí que hubieran contado conmigo para este equipo».
La noticia, admite, fue sorprendente e impactante. No había tiempo para dudas. La solidaridad no podía esperar.
LA FAMILIA: CIMIENTO Y SOSTÉN
Apenas colgó, compartió la noticia con sus padres, que habían estado presentes durante toda la conversación. El doctor sabía que su partida generaría inquietud.
«Mis padres y yo tenemos muy buena comunicación —explica—. Hablábamos a diario y les tranquilizaba para que supieran que me estaba cuidando, pero siempre les insistía: vine a trabajar, tienen que sentirse orgullosos de mí, porque para eso me preparé, y parte de este sacrificio también es de ellos».
Esa red de apoyo familiar sería su ancla emocional en los días más duros que estaban por venir.
LA ZONA CERO
Los brigadistas compartieron desde La Habana, en el avión, y al llegar al aeropuerto ya eran prácticamente una familia. Pero la hermandad entre colegas no los preparó del todo para lo que verían al pisar suelo venezolano.
«El primer día, el aspecto anímico fue el factor determinante. Había visto fotos en redes sociales, pero ninguna imagen se compara con la realidad: calles partidas, vehículos destrozados, personas que buscaban incansablemente señales de vida entre los escombros. Algunos aparecían con vida, otros ya fallecidos. Desde un lactante hasta un niño de preescolar, un adolescente, un anciano. Fue impactante. Recuerdo que mis amigos, al despedirme, me advirtieron: 'No sabes a lo que te vas a enfrentar'. Tenían razón. Nada te prepara para visualizar semejante dolor humano».
No obstante, el neurocirujano encontró en su formación y en su vocación la fuerza para sobreponerse y hacer lo que le correspondía: salvar vidas.
INFORTUNIO Y GRATITUD
Entre todas las vidas que cruzaron su camino, hay una imagen que el doctor Patiño Matamoros lleva grabada en la memoria: la de un niño pequeño, con una herida craneal extensa, esperando ser atendido en un hospital de campaña instalado sobre un campo de golf en La Guaira.
«También presentaba varios hematomas en distintas partes del cuerpo. Me dolió imaginar cómo un niño tan pequeño tuvo que enfrentarse a una situación tan caótica».
Y sin embargo, en medio del dolor, también halló la gratitud.
«Sobre todo, me conmovió lo agradecidas que estaban las personas con la asistencia que brindábamos. Me impactó la nobleza y la sencillez de este país, y su hospitalidad».
La mano en el hombro, la palabra de aliento, la esperanza en que todo iba a estar bien se convirtieron en herramientas tan poderosas como la atención médica misma.
UN EQUIPO, UNA FAMILIA
La brigada fue dividida en grupos de trabajo. El equipo del doctor Patiño Matamoros quedó conformado por siete especialistas: dos traumatólogos, dos neurocirujanos, una cirujana maxilofacial, un cirujano integral y un anestesiólogo.
«Fuimos una gran familia —asegura—. Compartimos, nos ayudamos en las cirugías. El cirujano integral participó conmigo en operaciones de neurocirugía, y yo lo asistí en cirugías generales. Nos apoyamos en todo, en la toma de decisiones y en la evaluación de cada paciente».
Tras los primeros días en La Guaira, el equipo fue reubicado en el Estado de Miranda. Primero, en el hospital general Simón Bolívar, en los Valles del Tuy, un centro de traumatología donde recibían pacientes con fracturas craneales, de columna y de miembros.
«Atendimos durante cinco intensos días muchas fracturas simples y de columna que no requerían cirugía. Luego, nos trasladaron al hospital general Guarenas Guatire, donde recibimos pacientes remitidos de otros centros ya colapsados, con traumatismos por accidentes o que necesitaban evaluación por nuestra especialidad», detalla.
DÍGAME, VENEZUELA, EN QUÉ SERVIRLE
En la zona cero el galeno vivió también una experiencia de cooperación internacional que lo marcó profundamente. Al llegar vieron a una doctora en una carpa inmensa rodeada de más de 20 cajas de medicamentos. Se presentaron como médicos cubanos de la brigada Henry Reeve, y la respuesta fue inmediata: «¡Ay, qué bueno que llegaron los médicos cubanos!».
«Mientras esperábamos ser ubicados en un hospital de campaña, comenzamos a organizar los insumos donados por varios países: jeringuillas, suturas, medicamentos hipertensivos, analgésicos, antibióticos orales y parenterales, y fármacos pediátricos. En medio de esa emergencia, compartimos con médicos venezolanos, italianos, mexicanos, brasileños. Cada uno con su idioma, pero unidos en un solo sentir: la solidaridad».
El doctor Patiño Matamoros insiste en que el médico cubano tiene una particularidad que lo distingue: «Le gusta interactuar con el paciente, establecer un trato cercano. Y esa cercanía fue precisamente lo que marcó la diferencia en la atención a los damnificados».
«La palabra solidaridad, después de esta experiencia, emerge de su concepto para adquirir una dimensión tangible, real y humana transformadora».
El doctor Patiño Matamoros cierra su testimonio con una frase que sintetiza todo su sentir: «estoy orgulloso de mi profesión, de la Salud Pública de Cuba, de sus profesionales de batas blancas y de esa voluntad natural por salvar vidas que caracteriza al médico cubano por auxiliar a quienes lo necesitan».
Su historia es la de cientos de médicos cubanos que, desde la creación de la brigada Henry Reeve, han llevado esperanza a los rincones más golpeados del planeta. En esta ocasión, el escenario fue Venezuela, y uno de sus protagonistas fue un neurocirujano bayamés que, entre el dolor y la gratitud, confirmó que la medicina es, ante todo, un acto de amor.
Más de 13 000 profesionales de la salud cubana habían formado parte de las brigadas de la Henry Reeve a lo largo de dos décadas de labor en 55 países.















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