ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Archivo de Granma


                                                                                         Cuba es la Patria de La Luz y de Varela
                                                                                                                                     José Martí
                                                                                             Todo es en mí fue, en mi Patria será
                                                                                                           José de la Luz y Caballero


A  226 años de su nacimiento, 11 de julio de 1800, el filósofo y educador cubano mucho tiene que decirnos todavía. No es posible sustraernos al influjo inefable de las palabras del Apóstol de la independencia cubana: 

Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud  con quien se habría de ganar la libertad que solo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa-y a la gloria de su persona, culpable para hombre que se ve mayor empleo, prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito, prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento  de la gloria patria; él que es uno en nuestras almas, y de su sepultura ha cundido por toda nuestra tierra, y la inunda aún con el fuego de su rebeldía y la salud de su caridad; él, que se resignó-para que Cuba fuese- a parecerle, en su tiempo y después, menos de lo que era (…) él, que de la piedad que regó en vida, ha creado desde su sepulcro, entre los hijos más puros de Cuba, una religión natural y bella, que en sus formas se acomoda a la razón nueva del hombre, y en el bálsamo de su espíritu a la llaga y soberbia de la sociedad cubana; él, el padre, es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con qué verlo, y negado a veces por sus propios hijos.  

Hace veinte años celebramos su vida y su obra en la Universidad de La Habana frente al cenotafio que guarda los restos de su maestro, el Padre Varela, desde el año 1911. Entonces había salido a la luz el primer tomo de la Polémica Filosófica Cubana (1838-1840), lo cual resultó ser un aporte significativo a la historia de las ideas en Cuba que formaría parte de la Biblioteca de Clásicos Cubanos de la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz, uno de los proyectos más importantes de las ciencias sociales cubanas.

Un 11 de julio de 1800 habría de venir al mundo para trabajar por Cuba. A ella dedicó todo su esfuerzo intelectual hasta el último día de su vida. Formó ciencia y conciencia en uno de los peores escenarios sociales y políticos del país frente al colonialismo español. Nada lo detuvo en su defensa de un pensamiento cubano de emancipación, cuya raíz filosófica y política la encontraría en los textos del Padre Félix Varela.

Sabíamos ya por José Martí, quien lo amó, que José de la Luz y Caballero «pudo ser abogado,  con respetuosa y rica clientela, y su Patria fue su único cliente. Pudo lucir en las academias sin esfuerzo su ciencia copiosa, y solo mostró lo que sabía de la verdad, cuando era indispensable defenderla. Pudo escribir en obras-para su Patria al menos-inmortales, lo que ayudando la soberanía de su entendimiento con la piedad de su corazón, aprendió en los libros y en la naturaleza, sobre la música de lo creado y el estilo del mundo y no escribió en los libros que recompensan, sino en las almas, que suelen olvidar, supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para trasmitirlo. Sembró hombres. 

En Cuba, el eje fundamental del pensamiento de emancipación en la problemática social y política del siglo XIX, lo era sin dudas la educación. La teoría se producía desde la interioridad de la enseñanza para formar hombres que transformaran la sociedad. Filosofía y pedagogía participaban de una ligadura que encontraba su máxima expresión en la finalidad social de la emancipación política. Por esta razón esencial el filósofo era un verdadero educador, no constructor de un sistema que solo tiene como centro de su pre-ocupación e interrogación el sistema mismo, sino hacedor de una obra teórico –práctica en perenne rectificación.

La  contemporaneidad de dos posiciones frente al problema del hombre real se legitiman por sus circunstancias históricas, y descubren el alcance de la radicalidad de dos propuestas que contienen los elementos medulares de la política de liberación: el humanismo y la cultura. 

De todas las instituciones creadas por el poder colonial, fue el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio el que desempeñó una labor decisiva, no solo en la apropiación del conocimiento científico y las propuestas filosóficas, jurídicas, económicas y políticas más avanzadas de la época, sino en la fundación de una concepción social nueva que abriría el camino de un pensar que se comprometía con el pueblo, su ignorancia, su pobreza. La joven intelectualidad que se fraguaba, en el primer cuarto del siglo XIX, en el ambiente de las reformas sociales y en el campo del pensamiento que promoviera el Obispo Espada, en el interior del Seminario, dejó huellas, de las más hondas, en la historia ideológica cubana.

Al asumir la Cátedra de filosofía, por oposición, mientras habría de ser condenado a muerte su maestro Varela por la corona española, José de la Luz declararía en la inauguración del curso de filosofía del Seminario de San Carlos, el 14 de septiembre de 1824, lo que llamaría su profesión de fe:

Considerad caros amigos, qué sentimientos se habrán apoderado de mi espíritu, desde el momento en que me impuse el deber de venir a ocupar el mismo puesto que llevó mi ilustre y siempre apreciable maestro y predecesor, hombre que sin duda alguna lo destinó la naturaleza para ser el órgano por donde había de comunicar a la juventud sus leyes inmutables y sus profundos arcanos, dirigiéndola por el sendero de las ciencias, y enseñándole las máximas de filosofía, no como quiera por lecciones orales, sino siendo el primero en practicarlas. Sí, varón virtuoso, recibe benigno este justo desahogo de mi admiración y agradecimiento, mientras que después te tribute otro que te será más aceptable; penetrado íntimamente de mi insuficiencia, yo seguiré el camino que me has trazado, yo haré cuanto esté de mi parte para mostrarme tu digno discípulo, y con este objeto no te separaré un instante de mi memoria, ora estudiando tus obras, ora inspirando a mis discípulos aquel amor por la ciencia y la virtud que tú sabías infundir solo con tu presencia(…) Con veinticuatro años Luz lo declararía Director perpetuo de la Cátedra.

En la Sociedad Patriótica de La Habana, destinada a la promoción del comercio, la agricultura, la industria, la crianza de ganado, la instrucción pública, la educación y la cultura, desde su creación, a fines del siglo XVIII, por la oligarquía azucarera cubana, se produjo una ruptura de los jóvenes ilustrados cubanos, José de la Luz entre otros, con esta élite económica y por mucho tiempo, también cultural. Esta subversión se nombró Academia Cubana de Literatura, aunque el motivo sería inevitablemente político. Los pasos hacia una cubanidad pensada para la emancipación se descubrirían con este gesto. De ahí nacieron los enfrentamientos de las dos generaciones y, sobre todo, el desencuentro de ideas de los jóvenes liberales, reformistas e ilustrados. 

Muchos de ellos terminaron defendiendo la esclavitud y el sistema colonial con todas sus consecuencias. La situación política se tornaría extremadamente peligrosa. Desterrado José Antonio Saco y escrita la Representación por su entrañable amigo José de la Luz y Caballero, al Capitán General Miguel Tacón, no solo se expresaba el rechazo al poder colonial sino que se definían los rumbos de la intelectualidad patriótica. Del año 1834 resultan textos de reveladores alcances sociales y políticos: Memoria sobre la vagancia en Cuba, de José Antonio Saco; Propuesta de reforma para la enseñanza de la filosofía, presentada en la Sociedad Patriótica de La Habana por José de La Luz y Espíritu Público, del Padre Varela. Un año después se publicarían sus Cartas a Elpidio, es decir, a la juventud cubana.

Estos escritos representan un viraje radical en las concepciones sociales que tenían un predominio en el campo intelectual cubano por parte de la burguesía esclavista, cuyos intereses estaban plenamente reflejados en sus propuestas. La nueva intelectualidad piensa distinto. Se inspira en una ética emancipatoria que concibe la descolonización  del conocimiento y la conformación de la nacionalidad y la nación cubanas.

La complejidad de la sociedad en la Cuba del siglo XIX-clasista y estamental- cuyo entramado socioclasista tuvo su formación, sus orígenes, en el desarrollo plantacionista de la segunda mitad del siglo XVIII, se expresó en las disímiles corrientes ideológicas y políticas que la atravesaron. El reformismo, el liberalismo, el anexionismo, el integrismo, el independentismo, marcaron el siglo XIX cubano.

La explosión del concepto de libertad en el siglo XIX tuvo consecuencias diversas. Para unos era la libertad individual, la libertad sobre todo del comercio, de producir para enriquecerse. Claro está, a costa de la esclavitud y la dependencia colonial. Para otros era la libertad colectiva, la de todos los componentes de la sociedad, orientada al bien común. Y ganaba el ser humano. Era la defensa de la libertad en un mundo de prohibiciones, de censuras, de destierros. Varela habría de llamar a la Cátedra de Constitución del Seminario de San Carlos, la Cátedra de la Libertad, de los derechos del hombre.

Incompatible con la sociedad colonial, a la cual nombra sociedad suciedad,  se da cuenta que la esclavitud corrompe a esclavos y amos, que es una institución inmoral y degradante y la solución para salir de ella era la formación de una conciencia cubana. Su consagración al magisterio tenía exactamente ese propósito: que Cuba fuera nuestra. El independentismo y el antiesclavismo definen su pensamiento político.

La tradición cultural, filosófica, social y política, de emancipación, heredada, fue elaborada, trabajada, pensada, pero jamás inventada. Se trataba de realidades muy concretas, con dolores tangibles, castigos, servidumbres, vasallaje intelectual, coloniaje. Se hacía necesario pensar desde abajo. Y se hizo. Y fracasaron todos los proyectos, sobre todo, aquellos que nacían para fundar las bases de una concepción liberadora con minorías de avanzada y la idea secreta de la inclusión de todos…cuando las circunstancias lo permitieran. Ahí radica su grandeza. Pero no se dejó de pensar y soñar porque los grandes proyectos  necesitan también ser soñados.

Ni siquiera puede afirmarse que el romanticismo del siglo XIX en Cuba fue contemplativo. Más bien, declaratorio y de denuncia. Trasmitió valores. La defensa de la condición humana y la cubanidad se produjo en la poesía y en la prosa. Nuevamente ha de confirmarse el valor de la poesía. Luz profería que era el primer testimonio de un pueblo.

Al mismo tiempo no debe soslayarse la profunda concepción de Luz sobre la ciencia, la cual consideraba una sola. Razonaba las divisiones en la ciencia solo como primer paso en el conocimiento, pero la comprensión de los fenómenos solo se logra con el descubrimiento de las relaciones e interconexiones de estos.  Condenaba de ese modo la fragmentación empobrecedora de las ciencias y la falta de generalizaciones frente al acumulado de datos dispersos. Concitaba:

(…) En el estado actual de la ciencia, como en un país en guerra, aunque se quiera no se puede permanecer neutral. Es menester combatir, destruir, aun tratando de construir (…) 

Como educador y filósofo advierte que es la ciencia de la educación la responsable de evitar la espontaneidad en el proceso educativo y, en el peor de los casos, la arbitrariedad.  Todo debía ser pensado en esta materia y renovado constantemente, pues, como todas las ciencias, se encontraba sometida al imperio de la observación y de la experimentación. Esto no significaba reducirla a la empiria, sino que constituía un apoyo necesario a la razón, cuyo dominio absoluto había causado históricamente graves extravíos no solo en el plano del conocimiento, sino en el de la práctica política y social del hombre. Nos proponemos fundar una escuela filosófica en nuestro país, un plantel de ideas y sentimientos, y de métodos. Escuela de virtudes, de pensamientos y de acciones; no de expectantes ni eruditos, sino de activos y pensadores. 

La ciencia es fruto siempre de un largo camino de apropiaciones de la realidad, que escapa a todas las expectativas y nos deja, en el mejor de los casos, el aliento de permanente aproximación a la verdad. Pero, sobre todo, la ciencia tiene un sentido, un para qué de su existencia que la hace real. A José de la Luz le tocó hacerla valer en un contexto sombrío donde el rigor de la teoría pasaba por el tamiz de los intereses de grupos y de clases. ¿Cómo podría explicarse si no que una propuesta teórica tan endeble como la de un historiador de la filosofía francés, Víctor Cousin, disfrutara en Cuba de una acogida tan cálida como insólita por quienes abandonaban al mismo tiempo las bases fundacionales de un pensamiento propio para Cuba? La crítica de Luz a la pasión idealizadora de los partidarios del ideólogo francés en el debate sobre la doctrina ecléctico-espiritualista, parece escrita para todo tiempo histórico:

Yo no pedí, pues, a nuestros espiritualistas que fueran originales al estilo de Platón o de Cartesio, sino que al menos supiesen siquiera contar su cuento, como dicen los ingleses expresivamente de un caso (…)( pero, señores, no estén ustedes esperando el correo para saber cómo han de pensar o de decir lo que piensan) (…) Esto es lo que hacemos por acá (…), trabajar,  ver modo de ejercitar el pensamiento, prenda y prez de la nacionalidad y fin también para que fuimos criados (…) 

La polémica sobre las bases fundamentales de la sociedad cubana continúa. La de la primera mitad del siglo XIX fue solo un eslabón, de la más alta excelencia, en esa labor ardua e inconclusa que todavía sigue siendo en Cuba, para la práctica política liberadora, la construcción de una teoría crítica de la emancipación cubana.

Es el José de La Luz que vibró en las conferencias de filosofía del Convento de San Francisco de Asís, el que impartió  las Lecciones de Filosofía, de Varela, en el Seminario de San Carlos de La Habana, el que recibía la Cartas a Elpidio desde los Estados Unidos, el que laboró para que José Antonio Saco, crítico acérrimo de la sociedad colonial  fuera diputado a las Cortes españolas, en 1836; el que procuró traer al Padre Varela  a Cuba al saber que las fuerzas físicas le abandonaban. Es el José de La Luz que fundó el Colegio del Salvador, en 1848, y que  una vez iniciada la Revolución del 68 se quedó vacío porque de sus aulas salieron a los campos de batalla muchos de sus discípulos, esos que escucharían en los exámenes finales del Colegio sus profética palabras sobre el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral. El que en la preparación de la Revolución de 1895, Martí confesara que no existía una sola casa en Cayo Hueso sin el retrato de José de la Luz. Nuestro Apóstol de la independencia lo portaba también como quien lleva una ofrenda de verdad y de justicia en aquel camino escabroso de unir a los cubanos, vencer sus desaciertos, decidir siempre por el decoro, el humanismo y la cultura en Cuba.

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