Frank País, Holguín. –Los edificios de dos plantas y las demás viviendas de la comunidad Boca de Tánamo parecen coronados por paneles fotovoltaicos.
Hace meses los más de 70 residentes en este punto del litoral del noroeste cubano, ni imaginaban que el sol les proporcionaría la energía eléctrica de forma estable.
Entonces las conversaciones giraban en torno a la carencia del combustible necesario para hacer funcionar el grupo electrógeno del que dependían las pocas horas de «corriente» que disfrutaba el poblado tras cada anochecer.
Los 27 módulos fotovoltaicos instalados aquí para beneficiar a igual número de familias, fueron donados por la República Popular China y tienen cada uno dos kilowatts de potencia.
La transportación entre la cabecera municipal y el poblado anclado en el borde de la Bahía de Tánamo tuvo ribetes de aventura marina, con un derrotero entre pequeños cayos y manglares.
Rafael Quiroga Sánchez, uno de los jefes de la Brigada de Montaje contratada por la Empresa Eléctrica de Holguín al Centro de Investigaciones Siderúrgicas de Nicaro, recuerda que en la operación emplearon tres embarcaciones privadas durante varios días, a razón de tres viajes por jornada.
Cada una cargaba entre cinco y seis toneladas de componentes de los módulos. A veces fue inevitable laborar hasta las 8:00 de la noche.
No olvida los rostros serios de los compañeros de equipo que en pocas ocasiones habían abordado embarcaciones, ni el asombro, por no decir otra cosa, de aquel que navegaba por primera vez.
Todo quedó en la memoria, como la primera ocasión en la que la lluvia los sorprendió cuando faltaba por recorrer un buen trecho hasta el sencillo atracadero del asentamiento.
Tampoco se les borra de la mente lo dinámico y preciso que resultó el proceso de montaje, materializado, felizmente, en 12 días, porque a la fuerza especializada se sumaron los beneficiados, quienes, además de ayudar a elevar los perfiles metálicos y los paneles hasta los techos de los edificios biplantas, aprendieron a alinearlos en la dirección correcta. En fin, se creó un frente común.
A Manuel Pérez nunca le pesará haber puesto su lancha al servicio de la comunidad en días de tanto ajetreo. Reitera que, con el fin de aprovechar el combustible, cada viaje fue realizado con la mayor carga posible y orden extremo. Las medidas de seguridad no fueron ignoradas en ningún instante.
Luego revela, con una sonrisa, la alegría por contribuir al cambio que vive el asentamiento.
Manuel también habla de la transformación y su impacto en los coterráneos. La mayoría de ellos se dedica a la pesca y ahora pueden mantener en funcionamiento los equipos de refrigeración. Así es posible conservar parte de las capturas y crear las reservas de alimentos para el hogar. Tampoco se les echarán a perder las porciones de carnada necesarias en cada jornada de pesca.
Con humildad invita a pensar en lo que significa para un pescador regresar a casa después de pasar varias horas bajo el sol, «tirando cordeles», y poder tomar agua fría y descansar frente a un ventilador.
Gentil y muy hospitalaria, Yaniuska Rubio Lamorú detiene momentáneamente las faenas que realiza en la cocina de su casa y habla de prioridades actuales, sobre todo de la compra de medios eléctricos para la cocción de alimentos. Y no es la única del poblado que piensa así, asegura.
Habla de la oportunidad que tendrán los muchachos de hacer las tareas de la escuela y de lo bueno que es sentarse a ver el televisor sin la preocupación de empezar a ver un programa y dejarlo a medias porque se consumieron las cuatro horas de corriente que daba la planta, cuando contaba con combustible.
La conversación gira hacia la constante preocupación de las mujeres por su aspecto. Ella hace un gesto de aprobación, sonríe y deja ver que para muchas de sus vecinas llegó la hora de adquirir una plancha para arreglarse el cabello.
En las 27 casas de la comunidad hay todavía muchos anhelos inconclusos, que, ahora, con el beneficio de los sistemas fotovoltaicos recién instalados, pueden correr mejor suerte.













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