ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Endrys Correa Vaillant

En el año 1958 llegaba a Cuba el periodista argentino Jorge Ricardo Massetti. ¿Qué buscaba? Responder para sí y para América Latina las tantas preguntas que se esgrimían sobre la Revolución Cubana contra la tiranía de Fulgencio Batista.

En ese afán, pasó rápido por La Habana, se abalanzó hacia Santiago, estuvo escondido varios días en casas de simpatizantes y colaboradores del Movimiento 26 de Julio y furtivo logró ingresar a la Sierra Maestra, donde entrevistaría al Che y al comandante Fidel, donde vería de primera mano la respuesta que la dictadura había lanzado contra poblaciones civiles del macizo a modo de represalia por la huelga del 9 de abril.

En medio de todo eso, una de las figuras que más impacta a Massetti es el Comandante Ramiro Valdés; así se refleja en su libro Los que luchan y los que lloran, publicado en 1960.

Su nombre aparece entre los primeros referentes de los combatientes revolucionarios:

«Los hombres y muchachos que me rodeaban eran en su mayoría de los pueblos vecinos y se habían quedado ahí, con la primera tropa que encontraron, hasta conseguir un arma. En gran parte eran obreros y campesinos. Pero los más sucios de todos eran universitarios. Era evidente que todos estaban orgullosos de su condición de rebeldes y que lo único que no les dejaba ser completamente felices era el no estar incorporados a las tropas de nombres famosos: Fidel, el Che, Almeida, Camilo Cienfuegos, Ramirito Valdés, Raúl Castro…».

Más adelante, llega el primer encuentro:

«Estábamos en La Mesa, comandancia del Che Guevara, y Tranquilino, con su melena blanca de tenor retirado y su figura extraordinariamente delgada, llenaba el bohío de gestos elegantes y frases construidas para un auditorio selecto, hablando siempre de su comandante, el Che. Cuando le dije que quería ir esa misma noche hasta la planta transmisora, envió enseguida a su ayudante a avisar al comandante Ramiro Valdés, que estaba a cargo de toda la zona. Llegó antes que terminase de comer y se invitó al festín.

«Yo miraba de reojo su rubia perita a lo Richelieu manchada con la salsa de Tranquilino y trataba de clasificarlo. Era un muchacho menudo (…) que se tornaba simpático al sonreír. No quedaba lugar en su uniforme que no estuviese cubierto por una capa de grasa y el pañuelo rojo que llevaba al cuello ya se había convertido en la bandera del 26 de Julio por la franja negra que dejaba ver. De una canana de cuero colgaba una pistola 45 y en los bolsillos bajos de sus pantalones se notaban dos cargadores.

«Se ofreció enseguida a guiarnos a Celso y a mí hasta el bohío del jefe de la emisora, el capitán Luis Orlando Rodríguez, y lamentó no podernos dar mulos de refresco, por lo que decidimos emprender la ascensión hasta la emisora, con las mismas bestias cansadas. Como ya comenzaba a anochecer y yo tiritaba, me prestó un saco de cuero.

«Me despedí de Tranquilino lamentando sinceramente abandonar su hospitalidad y la del verraco Pancho. Luego me enteré que el cerdo había sido perseguido durante meses por Tranquilino para convertirlo en masita frita, y que un compañero lo había salvado del cuchillo del hábil cocinero. Pero cuando el protector de Pancho murió en un combate, Tranquilino prácticamente adoptó al animal, mimándolo como a un chico.

«Ramiro Valdés iba al frente del grupo, montado en un caballo cerrero, fuerte y hermoso, de larga cola gris. Y detrás, clavando las espuelas hasta ensangrentarnos los talones, Celso y yo. Marchábamos hacia arriba, por un estribo de unos 40 centímetros de ancho, en plena noche y con un techo cerrado de ramas. Los animales ascendían o resbalaban, sin dejarnos ninguna oportunidad de conducirlos o levantarlos por la brida. A veces, yo cerraba los ojos, para tratar de notar más claridad cuando los abriese, pero era lo mismo que si hubiese marchado con los ojos vendados.

«Muy de vez en cuando, veía delante y arriba la chispa oscilante del tabaco de Ramiro, pero a Celso, que iba en el medio, no lograba divisarlo. Una patinada de mi mulo me hizo encontrarlo, ya que chocó contra la bestia que él montaba.

«-Ya falta poco para que lleguemos a los de Luis Orlando –me dijo.

«-¿Y después?

«-Después habrá que seguir hasta la emisora, mucho más arriba.

«Una chispa, como la luz de una luciérnaga, apareció en el monte. Era el bohío en donde pernoctaba a veces el periodista cubano que dirigía las emisiones de Radio Rebelde.

«Yo la descubrí con alegría, como si ahí terminase el viaje. Tardamos más de dos horas en llegar hasta el lugar. Dos horas más durante las que varias veces los mulos se tiraron al suelo negándose a seguir.

«Luis Orlando Rodríguez nos esperaba en la puerta del bohío. Atamos los animales y entramos. En el medio de la única habitación, el fogón estaba ocupado por un caldero en donde hervían malangas. Una mujer daba de mamar a un muchachito y tres o cuatro campesinos fumaban sus tabacos con calma filosofal.

«Ahí quedaba Ramiro. Y ahí debía quedar también el saco de cuero. Tomé un vaso de café bien fuerte y tiritando le dije a Luis Orlando que estaba listo para seguir viaje. Celso, en un rincón, roncaba con sonoridad de bongó, sentado sobre las patas traseras de una silla. Presioné levemente la silla hacia abajo y quedó bruscamente parada sobre sus cuatro patas. Celso despertó sin demostrar sorpresa. Simplemente se sonrió y fue a enhorquetarse sobre su mulita blanca.

«Saludé a los campesinos y a Ramiro, del que me sentía amigo, aunque no hubiese cambiado con él más que 20 palabras, y seguí en la noche el grito de: “Mulo… muuuuulo” de Luis Orlando Rodríguez, que había tomado la cabeza del grupo».

Después de realizar su reportaje, en medio de otros tantos peligros, Massetti regresó a La Habana, y allí descubrió que sus jefes en Argentina nunca habían recibido la transmisión. Se autoimpuso regresar a la Sierra y volver a grabar.

En el trayecto encontró nuevas historias devastadoras, algunas de las cuales se conectaban con personas que había conocido en su primer viaje. Nuevamente choca con el comandante Ramiro, esta vez junto a Juan Almeida, y así describe la escena:

«Durante todo el día siguiente no llovió, aunque los caminos seguían imposibles para las bestias, a las que teníamos que llevar durante horas de la brida. Pero alrededor de las cuatro de la tarde llegamos por fin a La Mesa.

«El campamento había sido levantado y con él se marcharon Tranquilino y su cerdo Pancho. Sólo quedaba un grupo de hombres al mando de Ramirito y el comandante Juan Almeida. Ramiro corrió a abrazarme.

«-¿Qué tú haces aquí?... ¿Te vienes a incorporar?...

«Le conté la historia de mis reportajes y celebró mi desgracia a carcajadas. Una muchacha salió de un bohío.

«-¡Por favor, comandante!... –reclamó.

«Y volvió a esconder la cabeza tras la cortina de arpillera. Sobre el dintel había un cartel que decía: “Ejército Revolucionario 26 de Julio. Escuela número 6”.

«Al rato llegó Cantellops, el gigante, con un mulato flaco que tenía la canana colgada de cualquier hueso y un enorme sombrero de fieltro bamboleándose en su cabeza. Me lo presentó como comandante Almeida.

«-¿Usted es Almeida?

«-Oye chico… ¿qué tú crees? Es seguro que leíste el artículo de un periodista norteamericano, que me vio una noche cuando bajó de las lomas, cansado de muerte el hombre, y después me describió como a un gigantón senegalés.

«Hablaba con el repiqueteo rápido de los negros cubanos y cortaba las palabras como los habaneros.

«-¿Qué tú dices… argentino? ¿Sabes que cuando subiste la primera vez por Tres Términos te estuve mirando desde una loma?... Pasaste casi encima de mí y no me viste…

«-Me hubieses parado para ofrecerme un poco de café.

«-No… caballero. Que los periodistas anden p’arriba y p’abajo… pero que no se metan conmigo. Si quieren hacer preguntas que se las hagan a Fidel… Yo tiro tiros.

«-Y te tiran –dijo Ramiro, riendo-. Hace poco le hicieron tres agujeros en el mismo combate… se paró a insultar a los guardias porque no querían pelear… ¡Que bruuuto, caballero!...

«Almeida nos miraba reír con resignación.

«-Pobre negrito… Ya no me quedan ni los huesos, y encima me los quieren quebrar (…). Yo les dije que tiraran p’a darles ánimo y me encajaron tres tiros de puro animados que quedaron…

«Cantellops, que había ido hasta el local de la escuelita, volvió con una carta:

«-Toma… échala cuando estés fuera del país. Es para mi mujer, en Nueva York. Hace más de un año que no sé nada de ella…

«Recibí el sobre y lo guardé en uno de los bolsillos del pantalón.

«-¿Y cómo anda la cosa por su zona? –le pregunté a Almeida.

«- Por la mía, bien… subí ahora para que no nos maten a éste –dijo señalando a Ramirito–, que no tira un tiro hace un año, y ya perdió la mano. Le decimos Bulganin, porque es “mariscal de intendencia”.

«Ramiro recibió la chanza, sin inmutarse, mirando con toda calma la punta de su barbilla de mandarín, sobre la que reposaba la pipa en forma de S que colgaba de sus dientes.

«-Donde la cosa se puso brava, fue por donde tú bajaste, cerca del Dorado.

«-Por ahí andaba Camilo Cienfuegos…

«-Sí, pero Camilo con bastante gente se había replegado para conversar con Fidel, y dejó a una patrulla al mando de Alcibíades… Una madrugada se les metieron cerca de 200 guardias –ellos eran 15- y entraron a tiros.

«-¿Hubo muchas bajas?...

«-Todos lograron escapar, menos Guillermito.

«Recordé de inmediato al muchacho imberbe, de melena hasta los hombros (…). Tenía 18 años y una alegría que estallaba en risa por cualquier causa. Sólo se ponía serio y se apasionaba, cuando hablaba “del Movimiento”.

«-¿Cayó prisionero?

«-No. Le pegaron un tiro en el estómago, y resistió todo lo que pudo desde el suelo, disparando su rifle hasta que le quedó la última bala en el cargador. Esa fue para él. No quería que lo agarrasen vivo. Arrastraron su cadáver hasta Bayamo y lo pasearon por la calle General García, como un trofeo, gritando a las puertas y las persianas cerradas de las casas, que quien quisiera ver a uno de los barbuses churrosos, que saliera.

«Almeida trató heroicamente de que su voz no tradujese la angustia que le provocaba el relato, pero su pronunciación fue mucho más entrecortada que de costumbre. La muerte era una de las dos caras de la moneda que revolean diez veces por día los rebeldes, y muchas veces hablan de ella sin considerarla de otra manera que una lógica consecuencia de la pelea. Pero a veces el que cae no es un rebelde más, sino uno de los que se distinguieron de la legión, como siempre se distingue de un grupo de amigos, el de la lealtad, el de la generosidad invariable, el de la alegría, el del coraje, el que siempre provoca con su llegada una sensación optimista a todo el conjunto. Indudablemente, Guillermito era así.

«Ramiro me indicó que Fidel estaría cerca de La Plata y que era imposible hacer un trayecto a caballo por la costa, porque la marinería bombardeaba día y noche. Me resigné a marchar a pie, ascendiendo el Zorzal, la Nevada, para seguir por el firme de la Maestra hasta la Jeringa, la loma más temida por todos los que se ven obligados a transitar por ese lugar.

«Dormí en La Mesa y a las cuatro de la madrugada siguiente, el guía que se me había asignado, un hombre de barba negrísima y melena ensortijada cayéndole hasta más debajo de los hombros, vino a sacarme de la hamaca».

Poco después, ya con su reportaje en manos, Massetti saldría de Cuba. «Y volví a encontrar dentro de mí una extraña, indefinible sensación de que desertaba, de que retornaba al mundo de los que lloran…».

En 1959 regresaba a la Isla en medio de la Operación Verdad. Fundaría con el Che y dirigiría Prensa Latina. En 1964 desapareció en las selvas de Salta, al norte de Argentina. Para entonces llevaba un fusil y se hacía llamar Comandante Segundo.

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