Las puertas se abrieron y comenzó a avanzar la larga fila de personas que viajó hasta la sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias para rendir tributo al Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez.
Uniformes militares, cubanos y extranjeros, compañeros de lucha, diplomáticos de disímiles naciones, personalidades de la cultura, la ciencia y el deporte, pero, sobre todo, mucha gente de pueblo.
De frente a la multitud, los restos mortales del hombre, los reconocimientos de Héroe de la República de Cuba y de Héroe del Trabajo, las condecoraciones de una vida dedicada al proyecto revolucionario cubano, la bandera que acompañó los restos del Che en su trayecto desde Bolivia hasta Santa Clara.
Uno de los oficiales al frente de la ceremonia pedía de favor a la gente que el homenaje fuera breve: un saludo militar, unas últimas palabras, poco más, la fila de afuera no parecía tener fin. No le quedó más remedio que dejarlo ser. Hay momentos en que de nada valen protocolos y horarios.
El asaltante del Moncada, el hombre del barrio La Matilde, fidelista, martiano, el niño que trabajó desde los 14 años de edad, el líder militar, el artemiseño rebelde en primera línea de combate, el idealista, el compañero que cargó con el peso de no haber estado con el Che en Bolivia y de morir a su lado. Todo aquello está presente, en las palabras de la gente, en las anécdotas de quienes lo conocieron.
No hay necesidad de compartir biografías, de leer palabras centrales, de explicarle nada a nadie. «Cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, la muerte no existe, porque se trasciende», según palabras del propio Comandante, en su última entrevista dada a la prensa.
La fotografía de un joven revolucionario que luce su uniforme verde olivo, ubicada detrás de las insignias es solo un mero formalismo. La historia del hombre ya está escrita, y un pueblo entero la recordará siempre. La fila comienza a llegar a su fin, algunos regresan porque una despedida no fue suficiente. Los restos mortales descansarán junto a sus compañeros de lucha, cerca del Che, en el Mausoleo del Frente de Las Villas.























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