ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La labor de las enfermeras en las salas de Neonatología resulta vital para garantizar la vida de los cientos de niños cubanos allí ingresados a lo largo y ancho del país. Foto: Freddy Pérez Cabrera

Antes de que amanezca, en no pocos hogares cubanos el día ya ha comenzado. Sin embargo, su ritmo no lo marca el reloj, sino la electricidad. «Si hay corriente, hay que aprovechar», dice Rosa María Suárez Montalbán mientras aviva el carbón. El humo asciende lento y con él inicia su rutina. Preparar el café, adelantar el almuerzo, la comida..., todo depende de un servicio que hoy el país no puede sostener con estabilidad, aunque no cejan los esfuerzos cotidianos para eso, tras las órdenes ejecutivas del 29 de enero y el primero de mayo, que actúan como un castigo colectivo.  

 

UN TRAGUITO DE CAFÉ

Rosa María, bayamesa de pura cepa y jubilada de 71 años, comienza cada mañana lidiando con un saco de carbón vegetal. Lo sostiene con manos curtidas por otros tiempos, cuando bastaba girar una llave para que el gas licuado hiciera su magia.

«Este carbón está malo. Se gasta en un suspiro. Tengo que estar muy al pendiente», murmura mientras apila los pedazos negros en una pequeña hornilla improvisada con tapas de una olla Reina.

El humo le irrita los ojos, pero Rosa María abanica con insistencia. Por fin, el carbón cede y coloca una cafetera cubierta de hollín. No hay nada como iniciar el día con una taza de café, pero para dar ese primer sorbo a esa taza humeante, Rosa María debe primero encender el carbón, avivarlo y no desperdiciar ni una brasa.

«Si tuviéramos estabilidad en el servicio de gas licuado…», suspira. La frase se sumerge en el silencio. Sabe que no es culpa de quien reparte las balitas ni de los camiones que hace meses no llegan al punto de venta.

«Yo sé que es por el bloqueo, por esa mano larga del Gobierno estadounidense, por ese Trump que no nos da tregua. ¿Cuándo nos dejarán tranquilos?

«Cada vez nos la ponen más difícil. Ya vamos para 44 horas sin corriente y apenas dos con servicio; el poco combustible solo alcanza para hospitales y algunos servicios vitales; ni el agua. Mi yerno tuvo que dar varios viajes en bicicleta para asegurar un tanque...

«Yo misma me aconsejo y me digo: “Rosa María, con calma…, que de esta salimos”».

 

Sí, ES POSIBLE VENCER

Elvira Quintana Arbolea, octogenaria de Cienfuegos, enfrenta, como tantos cubanos, las largas horas de apagón. Lo habitual, dice, es resolver en una hornilla de carbón que conserva desde hace años. «Ya no sabes si está bueno ni siquiera cogiéndole el peso, como antes».

La anciana tampoco comprende que haya cubanos en otros países que se alegren por estas dificultades. Aun así, valora la solidaridad que Cuba recibe en medio de las carencias, y recuerda la historia de ayuda de la Isla a numerosos pueblos del mundo.

Tanto o más complicada es la situación energética en los municipios alejados de la cabecera provincial. En Lajas, Alberto Hidalgo Sánchez contó que, en ocasiones, han permanecido más de 50 horas apagados. En su casa cocinan con carbón y leña, sobre todo con esta última, por el precio del primero. «Es agobiante», dijo. «Sería mentir afirmar que para uno es sencillo».

Además de buscar la comida, que también se encarece, ahora hay que encontrar cómo hacerla.

Opinó que «para aguantar el castigo de EE. UU., hay que tener esperanza de que el escenario cambie, porque el pueblo estadounidense no puede tolerar tanto tiempo a esos criminales abusadores en el poder, como Marco Rubio». 

Alberto cuestiona a quienes creen que con la anexión todo se solucionaría: «infórmense, miren los apagones de Puerto Rico, el caos de Libia. Si invaden, atacarán las termoeléctricas, y construir una dura al menos un lustro. Hay que resistir y vencer. Si un pueblo puede hacerlo, ese es el de Cuba», sentenció.

 

UN DÍA ATRAVESADO

Estela Carrazana, natural de Granma, relató esos obstáculos que la vida impone, como si quisiera probar de qué estamos hechos.

«Yo soy jubilada, pero tuve que reincorporarme laboralmente para buscar unos pesitos. Nos las arreglamos, pero todo cuesta más».

El año pasado, el oftalmólogo le dio una mala noticia: tenía que operarse de catarata.

Estela regresó a su casa pálida, con el susto prendido en el pecho. Le mostró a su esposo la lista de insumos que debía conseguir para la operación, porque la mayoría escasea en las instituciones de Salud: cinco jeringuillas, lentes, cuatro pares de guantes originales –nada de desechables–, clordiazepóxido…, «que me fue muy difícil conseguir.

 «Me operaron, gracias a Dios –dice ahora, con la mirada despejada–. Pero dime, ¿hasta cuándo tendremos que lidiar con estas presiones? Nos tienen limitados hasta los tornillos. El médico cubano sabe y tiene voluntad, pero no puede hacer mucho si no cuenta con materiales ni medicamentos. Este bloqueo nos está asfixiando».

 

EL TRABAJO

Son apenas las cinco de la madrugada y ya Rujaine García Linares está en pie. Luego de una noche interminable de mosquitos y apagones, sabe que no puede darse el lujo de quedarse un rato más en la cama, porque debe dejar todo listo en casa antes de partir hacia su trabajo en la sala de Neonatología del hospital Mariana Grajales, de Santa Clara.

Con una vela en la mano recorre la cocina y lo poco que queda con vida en el refrigerador, luego de las casi 40 horas de apagón del día anterior, que la obligaron a cocinar casi todo lo que le quedaba para el sostén de sus dos niños y de la madre, una ancianita que ya frisa los 85 años.

«Creo que lo más práctico es hervirle unos huevitos y cocinarle un poquito de arroz. Hoy tengo que estar temprano en el trabajo porque la sala está bien complicada con muchos niños graves», se dice a sí misma y asume otra tarea bien compleja, prender el carbón.

Cumplida la encomienda, planta los calderos uno detrás de otro para adelantar la cocción todo cuanto pueda antes de salir de casa.

Luego de dar las indicaciones pertinentes a su mamá, a las siete de la mañana Rujaine parte para el punto de embarque para ver si la suerte la acompaña y algún chofer con conciencia le da un aventón hasta el hospital, porque ella no puede darse el lujo de pagar todos los días un triciclo.

Una vez allí, comienza la otra batalla, para ella, la más importante: que ninguno de los niños ingresados pierda la vida, debido a la falta de medicamentos y de combustibles que sufre el país a causa del cerco imperialista que pretende poner de rodillas al pueblo cubano.

Allí Rujaine se transforma. Se olvida de los problemas, de la falta de recursos y de otras anomalías que la rodean. Sabe que afuera hay una familia que sufre y que espera una buena noticia sobre su ser querido. Conoce, además, que ni los niños ni sus familiares son culpables de la crítica situación que vive ahora mismo el Sistema de Salud cubano, debido a la tozudez de un gobierno yanqui que comete un genocidio contra la población cubana.

Con esa convicción, esta santaclareña, que cada día se desdobla en madre, hija y enfermera, cumple su deber en el hogar, en el trabajo y hasta en su comunidad, donde comparte lo poco que tiene con sus vecinos, muchos de los cuales tienen una situación de mayor vulnerabilidad que ella.

Cuando estas adversidades sean solo un mal recuerdo, habrá que hacer un monumento a la mujer cubana, sostén de la familia, arquitecta silenciosa de cada jornada vencida.

Al caer la noche, el cansancio se suma a la oscuridad que envuelve los barrios, al zumbido de los mosquitos y, con suerte, al de algún ventilador recargable. «Dormir así es difícil, pero mañana hay que levantarse», comenta Rosa María. Y en esa frase se condensa una persistencia que engendramos por generaciones.

En medio de las dificultades, el cubano no renuncia a avanzar. Y en esa manera de echarse la vida al hombro se advierte otra certeza: seguir adelante, aquí, cuesta trabajo, implica mucha entereza y exige más de un sacrificio, pero sí, hay que seguir y vamos a seguir.

Cuando la historia de estos tiempos sea escrita, se hablará de un pueblo noble y valiente, y de un enemigo despreciable y cobarde que quiso, de mil maneras, quebrarle la voluntad.

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