Había una vez una niña que le gustaba leer. Su madre, noche tras noche, le cultivó ese hábito desde la orilla de la cama. Al sonido de cada palabra, la imaginación de Rosi se encendía. Los personajes cabalgaban por las paredes de la habitación, saltaban de la página a la almohada y en el prodigioso desorden de los sueños, se encontraban para vivir historias paralelas.
Este amor incondicional por la lectura, la llevó a replantearse su futuro en la carrera de Bibliotecología, profesión que ejerce hace 36 años, siempre vinculada a la Educación Primaria.
Con 59 años y cercana a su jubilación, evoca aquellos momentos iniciales, en que a los 15 años, cuando la vida aún se parecía a un libro en blanco, decidió abrazar la Bibliotecología como profesión, graduándose en la tercera promoción de bibliotecarias escolares de Cuba.
Debutó en un preuniversitario con alumnos de su edad, incluso mayores, sin embargo, la prueba de fuego llegó después: una escuela de conducta, sin biblioteca ni libros, solo cuatro paredes vacías y un puñado de niños asustados y tímidos que deambulaban, niños que el mundo había tratado con manos ásperas y nunca habían tenido un texto entre sus manos.
Los ejemplares llegaron de manos generosas, de cajones olvidados y con ellos la transformación. Allí, en ese territorio donde el dolor y la ternura se daban la mano, aprendió que un bibliotecario no es un mero cuidador de libros, es un jardinero que cultiva la imaginación, pone alas y enciende el país de los sueños.
«Lo fundamental es tener amor por los niños y por la lectura, porque no se concibe a un bibliotecario que no le guste leer, ni trabajar con los niños, con los docentes y que se involucre con la familia, porque la biblioteca tiene que parecerse a la comunidad», sentencia.
Luego trabajó 10 años en el seminternado Primero de Enero y después en la escuela Nguyen Van Troi, donde ha entregado un cuarto de siglo a poblar la fértil imaginación de los niños. Su biblioteca no es la más grande (unos dos mil ejemplares), pero el amor por la lectura y por Martí se respira en cada rincón.
Aunque hoy recibe un salario más decoroso, recuerda que inició ganando 128 pesos, no obstante, no abandonó la profesión, porque hay vocaciones que no entienden de números.
Conoce cada colección al dedillo. Cuando le piden un título, responde: «Está en la clasificación 300, búscalo a la orilla». Esa destreza llegó con el tiempo y la dedicación.
Pero lo que más le importa es transmitir el saber. Anima a sus discípulas a preguntar todo. «Para cuando yo no esté aquí, que ellas sepan, y por si acaso, una puerta abierta: un teléfono, la dirección de casa, para cuando se haga necesaria una consulta».
Amante de la lectura, considera que hay libros imprescindibles para todas las edades: en los primeros grados, de cuarto a sexto, El muchacho del chaleco negro, de Luis Carlos Suárez; para los maestros, Cien horas con Fidel, y en lo personal, su libro de cabecera es Corazón, de Edmundo De Amicis: «Te retuerce el alma, te hace llorar, te recuerda momentos buenos y difíciles que te llaman a ser mejor ser humano».
En enero, Rosi cerrará un capítulo en su vida, pero las historias que ha sembrado seguirán leyéndose solas cada vez que un niño abra un libro y la recuerde como la bibliotecaria de su escuela, porque las verdaderas bibliotecarias no se jubilan, solo pasan a la sección de clásicos, donde los lectores las buscan una y otra vez, como quien regresa al poema preferido. La bibliotecaria Rosi seguirá allí, en el catálogo de los corazones que aprendieron a amar la lectura, gracias a ella.













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