¿Cómo es posible que un cubano, nacido en esta tierra de machetes y versos, pueda desear una intervención militar de Estados Unidos contra su propia patria?
Esa pregunta no debería ni formularse. Y, sin embargo, ahí está, incómoda como una espina clavada en el corazón.
Hay quienes, desde la comodidad relativa de la distancia, han llegado a creer que las bombas tienen dirección y que el fuego solo quema al vecino. Se han dejado seducir por la fantasía de que una invasión vendrá con flores y no con metralla.
Creen, o quieren creer, que el hierro estadounidense distinguirá entre personas integradas a la construcción del presente y el futuro, y aquellos que no sienten por ello ni el menor interés.
La historia, esa maestra que no gradúa a los distraídos, ha mostrado siempre la misma verdad: los cohetes no llevan nombre. No preguntan de qué bando eres. No respetan tu dolor. Caen, y en su caída no distinguen entre un niño que duerme y un soldado que vigila. Entre una mujer que cocina y un militar que defiende su patria. Entre un anciano que mira al mar y un combatiente que mira al cielo y trata de defenderse y defender a los suyos.
Morirían niños. Morirían mujeres. Morirían ancianos. Morirían combatientes. De modo más directo, moriría el pueblo cubano, el mismo pueblo que dicen querer «liberar».
Esa es la ilógica de la lógica: que alguien pretenda «salvar» a su patria destruyéndola. Cómo imaginar que alguien se llame cubano y pida a otro país –al país que bloquea, que asfixia, que ha intentado durante seis décadas doblegar a la Isla– que invada, que termine el trabajo con una guerra que podría ser nociva para ambos territorios.
Contra eso deben estar todos los cubanos dignos. La Patria no es un papel de identidad. La Patria es la esquina donde creciste, es el café mañanero que te brinda el vecino, es la tumba de tus abuelos, es la playa que alguna vez mojó tus pies. Y la Patria, cuando la invaden, no pregunta tu ideología. Solo te reclama.
Un cubano digno, viva en Cuba o no, jamás puede poner la mira en el pecho de su propio pueblo. Jamás puede firmar con su silencio –o con su aplauso– una invitación a la muerte de los suyos.
Los cohetes no traen nombre. Pero los cubanos de verdad, los que llevan la Isla en los huesos, en el pecho, sí lo tienen. Y ese nombre debe estar siempre, en cualquier geografía, del lado de la vida, del lado de la Patria. Cuando esa decisión es ley de vida, no hay otra orilla.








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Cosmos dijo:
1
7 de junio de 2026
11:08:28
Eusebio dijo:
2
7 de junio de 2026
14:10:37
Alfonso gonzalez Peña dijo:
3
7 de junio de 2026
16:24:00
María Villarreal dijo:
4
7 de junio de 2026
18:35:10
lorenzoa dijo:
5
8 de junio de 2026
21:33:40
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