ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Cortesía del entrevistado

Matanzas. –Raúl debió acordarse por estos días de aquel episodio ocurrido hace ya 67 años, a finales del mes de mayo de 1959, cuando se perdió hacia el interior de la Ciénaga de Zapata en una zona pantanosa y enmarañada por la maleza, conocida por Punta Sombrero.

Pese a que hechos similares eran comunes entonces, el incidente dejó una impresión desconsoladora de que algo fatal podía haber sucedido.

Aunque terminó siendo una desaparición fugaz, el suceso originó desvelo y la movilización inmediata para socorrer al joven rebelde cuya vida podía peligrar.

Cuenta el historiador Julio Amorín, que el incidente tuvo lugar cuando la avioneta piloteada por el capitán Ferrer y en la cual iban Raúl Castro y otros dos combatientes, quedó sin combustible y fue preciso realizar un aterrizaje forzoso.

El Comandante guerrillero, relata, había salido en busca de un compañero cuyo helicóptero también se había extraviado en la zona.

El mal tiempo, sin embargo, atentó contra la suerte de la avioneta en la que Raúl y sus compañeros asumían la misión exploradora, y fatalmente quedaron varados Ciénaga adentro.   

Al conocer del fatídico suceso, Fidel organizó la búsqueda en compañía de otros jefes. Fue de suma utilidad el aporte de Alejo «el Moro», cenaguero conocedor de cada rincón del territorio. 

Según cuentan los historiadores, también se sumó al rastreo el Comandante Antonio Enrique Lussón, quien al final ayudó a los accidentados por medio de un plano del lugar.

Por fortuna, los rescatistas recibieron el apoyo de un grupo de pescadores que se encontraba en la cercana costa, una ayuda que al parecer permitió seguir la mejor pista para dar con Raúl y sus compañeros.

«La Sierra Maestra es un jamón comparada con la Ciénaga de Zapata», comentó el hermano de Fidel al ver llegar a sus «salvadores», en una observación que deja ver además su apreciable sentido del humor.

Al decir de Amorín, Raúl y sus compañeros se encontraban a salvo, pero desechos por los rigores del territorio. Las manos y los pies estaban visiblemente dañados por el efecto de los bejucos y la cortadera, además de las picaduras de los mosquitos por todo el cuerpo.

«Parecían tanques de guerra», sostienen que aseguró el entonces joven Comandante al referirse a los molestos insectos. Por lo visto, los guerrilleros terminaron por comprender la desmesura de la Ciénaga de Zapata, donde la naturaleza adquiere características distintivas.

En definitiva, Raúl, el capitán Núñez Jiménez (uno de los rescatistas) y los demás compañeros fueron trasladados en una lancha hasta un avión anfibio, aunque todavía había inconvenientes por sortear.    

Rescatados y rescatistas partieron a duras penas en el hidroavión con el objetivo de aterrizar en Varadero, pero eso no fue posible, y a la postre se dirigieron a Ciudad Libertad, en La Habana, donde recibieron ayuda debido a que la aeronave no podía acuatizar por problemas con las compuertas.

Y si no hubo más contratiempos, fue gracias a la pericia del piloto, reseña Amorín.

Entre otros, al lugar acudieron a recibirlos Fidel, Vilma y Che. Cuentan que, en medio de la alegría por el reencuentro, Raúl expresó: «…hicimos otro forzoso aquí, que ustedes vieron, es decir, que en 24 horas hemos hecho dos forzosos. Casi nos hemos graduado no de pilotos, sino de forzosos», señaló al reflexionar sobre su propia suerte. 

Según el investigador Amorín, avezado conocedor de la Ciénaga de Zapata, el mes de mayo de 1959 dejó más de un evento infortunado en esa región, donde la ya incipiente Revolución se las ingeniaba para transformar la vida de la población.

Describe que el 24 de mayo de ese propio año, en horas de la mañana, Fidel, junto a otros revolucionarios sufrieron un accidente en la misma región. Mientras navegaban por el estrecho canalizo que conduce a La Laguna del Tesoro, se hundió inesperadamente el aerobote que los transportaba.

El historiador matancero representa esos hechos como la odisea de mayo de 1959. Narra que el máximo líder logró saltar a la borda del canal, donde después fue auxiliado hasta Cayo Las Corúas por varios cenagueros en un bote con motor estacionario.    

El general de brigada Filiberto Olivera Moya, calificaría muchos años después, la búsqueda de Raúl en la Ciénaga como uno de los hechos más importantes en los que participó. 

El hombre «que se ganó sus grados militares combatiendo en las montañas orientales», contó para el libro Secretos de Generales, del periodista Luis Báez, que Raúl es muy humano, sencillo y duro a la vez. 

«Es un hombre que exige por la disciplina, pero es el primero en cumplirla», diría luego de reconocer haber aprendido mucho de él y de Fidel. 

«Hice una buena amistad con Raúl en la Sierra Maestra. Cuando me seleccionaron para pasar con él al Segundo Frente me puse de lo más contento. Fui como jefe de la punta de vanguardia. En esos momentos era soldado raso.

«Es un hombre muy sensible. (…)  No soportaba perder a un hombre…. En más de una ocasión lo vi con lágrimas en los ojos al despedir el duelo de un combatiente caído».

Razones de peso por las que cuando escuchó por la radio la noticia de su desaparición decidió subirse a una avioneta junto a Antonio Enrique Lussón e incorporarse a la búsqueda del estimado jefe.

Foto: Archivo de Granma
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