
Once y 13 años de edad, respectivamente, tenían los niños Yolanda y Fermín Rodríguez Díaz, cuando fueron asesinados el 24 de enero de 1963 en la finca La Candelaria, Bolondrón, por la banda de Juan José Catalá Coste, que operaba en la zona sur de Matanzas.
De igual manera, el 13 de marzo de 1962, en San Nicolás de Bari, entonces en La Habana, el joven Andrés Rojas Acosta fue ahorcado con la misma soga que estaba utilizando para amarrar su cerdo, crimen que fue cometido por la banda del mercenario Waldemar Hernández.
El 10 de octubre de 1960, en la carretera de Madruga a Ceiba Mocha, la banda de Gerardo Fundora disparó a un jeep que transitaba por ese lugar, hecho en el que murieron el niño Reynaldo Núñez-Bueno Machado, de 22 meses de edad, y su madre.
Otro niño, Albinio Sánchez Rodríguez, tenía solo diez años cuando el 4 de marzo de 1963 la banda de Delio Almeida lo ultimó a balazos, como represalia por el ataque que sufrieron a manos de las fuerzas de las Milicias Nacionales Revolucionarias.
Aunque han pasado más de 60 años, el dolor de esas familias permanece latente, porque la herida provocada por la muerte de un niño no cura jamás.
Entonces, ¿cómo decirles a esos padres, abuelos, hermanos, que Cuba no es la víctima de las acciones terroristas que tantas vidas han costado a este pueblo, sino una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, según han expresado sus autoridades?
¿Cómo explicarles a las generaciones de cubanos que han vivido bajo el acoso permanente del imperio, que el asesinato del maestro voluntario Conrado Benítez García y del campesino Eliodoro Rodríguez Linares, del maestro Delfín Sen Cedré y del joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech junto al campesino Pedro Lantigua Ortega, a manos de las bandas armadas que organizó y financió Estados Unidos, no fueron actos de terror cometidos contra muchachos que solo querían eliminar la ignorancia en Cuba?
Los que fraguaron aquellos planes fueron los mismos que truncaron los sueños de Nemesia Rodríguez Montalvo, la flor carbonera que con solo 13 años vio morir a su madre, y a sus hermanitos heridos bajo la metralla yanqui en Playa Girón.
En los combates contra la artera agresión mercenaria, 176 personas perecieron y más de 300 resultaron heridas por las armas enemigas –entre ellas vecinos de la zona, que fueron ametrallados por la aviación–, de las cuales 50 quedaron incapacitadas para el desempeño de sus obligaciones, y todo, por el simple hecho de que una potencia extranjera se resistía a la existencia de una Revolución Socialista a solo 90 millas de sus costas.
Esas pérdidas se unieron a los 549 muertos y un número considerable de heridos, entre combatientes de tropas regulares y milicianos participantes en las operaciones contra las bandas que operaron en distintos puntos del territorio nacional hasta el año 1965, o el personal asesinado por estas.
Como puede verse, el precio para Cuba de existir como país independiente y soberano ha sido muy alto. Apenas unos meses después del triunfo revolucionario, el Gobierno de Estados Unidos, bajo la administración republicana de Dwight D. Eisenhower, comenzó a llevar a cabo sus planes agresivos para deshacerse de la naciente Revolución.
El 17 de marzo de 1960, durante una reunión en la que participaron el vicepresidente, Richard Nixon; el secretario de Estado, Christian Herter, e importantes dirigentes de la CIA y del Pentágono, el presidente de Estados Unidos aprobó el llamado Programa de Acción Encubierta contra el Régimen de Castro, propuesto por la CIA, en el que, entre otras cosas, se autorizaba la creación de una organización secreta de inteligencia y acción dentro de Cuba, para lo cual se asignaban importantes fondos.
Fue así como se gestó el bandidismo y se incrementaron los actos terroristas contra la Mayor de las Antillas. El 7 de febrero de 1960, una avioneta incendió 1,5 millones de arrobas de caña en los centrales Violeta, Florida, Céspedes y Estrella, en Camagüey.
Como parte de la llamada Operación Silencio, organizada por la CIA, solo entre septiembre de 1960 y marzo de 1961, para el abastecimiento a las bandas que operaban en el Escambray, se enviaron por aire 151 000 libras de armas, municiones y equipos.
Una de las primeras acciones terroristas del Gobierno de Estados Unidos contra nuestro país tuvo un carácter monstruoso: el sabotaje al buque francés La Coubre, el 4 de marzo de 1960, en un muelle del puerto de La Habana. El buque había cargado en Europa un importante lote de armamentos y parque comprado a la industria nacional belga por el Gobierno Revolucionario de Cuba, que estaba ya preocupado por las crecientes acciones agresivas de Estados Unidos.
Este acto terrorista dejó un saldo de 101 muertos y centenares de heridos.
Igual de monstruoso resultó el incendio y total destrucción, en abril de 1961, de El Encanto, la mayor tienda por departamentos del país, ejecutado por Carlos L. González Vidal, integrante del grupo terrorista conocido por las siglas MRP. Las consecuencias de este siniestro no fueron solo de índole económica, sino también algo más doloroso: la muerte de la trabajadora Fe del Valle Ramos, y las quemaduras y lesiones sufridas por otras 18 personas.
Como parte de esos mismos planes terroristas, se había producido un mes antes, el 13 de marzo de 1961, el ataque a la refinería Hermanos Díaz, en Santiago de Cuba, en el que murió el marinero René Rodríguez Hernández, de 27 años, que cubría una posta, y resultó herido gravemente Roberto Ramón Castro, de 19 años.
Un mes después, el 28 de mayo de 1961, elementos terroristas incendiaron el cine Riesgo, en la ciudad de Pinar del Río, durante el desarrollo de una función infantil, acción en la que resultaron heridos 26 niños y 14 adultos.
El 5 de septiembre de 1963, dos aviones bimotores lanzaron artefactos explosivos sobre la ciudad de Santa Clara, ocasionándole la muerte al maestro Fabric Aguilar Noriega y heridas a tres de sus cuatro hijos.
Doloroso resultó para los moradores del poblado de Boca de Samá, en la costa norte de la antigua provincia de Oriente, el ataque perpetrado el 12 de octubre de 1971, por una lancha rápida y otra embarcación de mayor porte, que, procedentes del territorio de Estados Unidos, ametrallaron a la población civil, provocando dos víctimas mortales y heridas a varios vecinos.
Por esos años, el terrorismo se ensañó igualmente contra embarcaciones mercantes y pesqueras de Cuba o de terceros países en el estrecho de la Florida. El 4 de octubre de 1973, los pesqueros cubanos Cayo Largo 17 y Cayo Largo 34 fueron atacados por dos cañoneras tripuladas por terroristas, que asesinaron al pescador Roberto Torna Mirabal y abandonaron a los demás en balsas de goma, sin agua ni comida.
Sin embargo, el más monstruoso y repugnante acto terrorista cometido contra Cuba en ese periodo tuvo lugar el 6 de octubre de 1976, cuando se produjo el estallido de un avión en pleno vuelo con 73 personas a bordo, incluidos los 24 integrantes del equipo juvenil de esgrima que acababan de obtener todas las medallas de oro en un campeonato centroamericano.
Y como esos, durante muchos años se produjeron otros actos terroristas contra nuestro personal diplomático; pescadores; soldados, que cuidaban las fronteras cerca de la ilegal base naval estadounidense en Guantánamo; las instalaciones turísticas, donde se colocaron bombas que ocasionaron muerte y destrucción; por solo citar algunos ejemplos.
Mención especial, que expresa la carencia total de escrúpulos de los círculos de poder, merecen los más de 600 planes concebidos por la dirección de ese país para eliminar físicamente al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, los cuales fueron frustrados gracias a la pericia de los Órganos de la Seguridad del Estado.
La política criminal contra Cuba ha incluido, asimismo, la agresión biológica, que ha cobrado valiosas vidas humanas, incluidos niños y mujeres embarazadas. Cómo olvidarse de la introducción deliberada del dengue hemorrágico en 1981, que provocó un total de 116 143 enfermos hospitalizados y 158 fallecidos, incluyendo 101 niños.
El terrorismo financiado por Estados Unidos contra la Revolución, concebida como política de Estado, quedó históricamente plasmada en las demandas del pueblo de Cuba al Gobierno de Estados Unidos por daños humanos (1999) y económicos (2000); sin embargo, durante 67 años, y con furia incomparable en los tiempos actuales, nuestro país no ha dejado de ser jamás, blanco predilecto de la política hostil del imperio.













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