Sancti Spíritus.- Cansado de ver como se detienen ciclos eléctricos que cobran a precio de naves espaciales, y de esperar la salvadora llegada de algún Ecomóvil (pequeño microbús de factura territorial, oportunísimo para la transportación urbana de pasajeros), por fin para un auto estatal frente a la parada.
- Tres hasta La Rotonda –dice el chofer
- ¿Y si nos apretamos un poquito detrás…?
- Dale, monta también y acomódense.
Por supuesto que hay quienes cooperan sin la presencia del funcionario «amarillo».
«De aquí para allá (alrededor de dos kilómetros) iré caminando. Si le da por llover, meto dentro de este bolso de nailon lo que no debe mojarse y, de paso, voy refrescando con el aguacero…»
Así pienso, jocosamente, mientras camino, pegado al borde derecho de la carretera, cuando siento una voz que dice: «Dale Puro, sube que te adelanto un poco».
A mi lado se ha detenido un coche de tracción animal, conducido por un muchacho más bien delgado, muy joven. En el asiento lateral izquierdo viaja una mujer de alrededor de 50 años.
Sin hacer pregunta alguna, mientras ofrezco unas «muy bien agradecidas gracias», subo, me acomodo a la derecha y la yegua reanuda su paso.
- ¿Cuánto te debo? –pregunta la mujer un poco más allá, antes de bajar.
- Nada mi tía, que tenga buenas tardes.
Vuelvo a mirar el vehículo, montado sobre cuatro llantas con neumáticos de ring 13, y, efectivamente, me percato de que no se trata de un OVNI pilotado por un extraterrestre.
- ¿Es tuyo o del viejo?
- Mío. Lo tengo hace como nueve meses.
- ¿Y te ayuda, verdad?
- Bueno, hay días mejores y otros no tanto, pero ahí vamos. Hoy, por ejemplo, no hice prácticamente nada. Eso no importa; mañana será mejor.
- Si puedes, déjame en la próxima entrada; la del aeropuerto.
- Por ahí mismo entro yo; así es que quieto en base, no se me mueva de ahí.
En el estrecho margen que trazan unos minutos, el muchacho me habla, apasionado, del cuidado que tiene con el animal, el descanso que le da, el pedacito de esponja que quiere conseguir apenas llegue para calzar y evitar que se le haga una llaga o matadura a la bestia en el lomo…
- Déjame frente a esa casa «que viene».
El freno del coche nada tiene que envidiarles a ciertos autos que circulan por la vía.
- Aguanta, aguanta para pagarte el pasaje…
- Deje eso mi tío, deje eso; otro día, otro día.
Y, sin tiempo para réplica alguna, se aleja, con una cara tremenda de felicidad, como si retornara con los bolsillos repletos de billetes.
¡Concho! Y después hablamos mal de la juventud o decimos que se han perdido los valores, la sensibilidad humana o que el dinero le mentaliza los sentimientos a la gente.
DONDE HAY SANO DESQUITE…
Lo que el bisoño cochero no sabe es que mientras rodábamos por la doble vía «se me disparó sin querer» el obturador fotográfico del celular.
Algo –tal vez el olfato que acentúa años de oficio- me había llevado a captar la imagen que ahora acompaña a este agradecido texto.
- Claro que sí… ese es El Chinito: buen muchacho –me dice un vecino cuando le cuento lo sucedido.
Horas después, hablando del mismo caso, el colega Israel Hernández me comenta, muy entusiasmado: «Desde luego que es muy bueno y justo escribir de actitudes así. Jóvenes como ese no son una excepción. Si quieres, hasta te doy el título y tampoco te lo cobro: De que los hay, los hay».













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