Guantánamo.—Una mujer ha llorado en esta ciudad. Lloró de pie, a la entrada de su vejez, en un pasillo exterior del Tribunal Provincial. Lloró y sus lágrimas estremecen. Porque, desatino tan filoso como el de un vástago no lo hay; ese yerro hiere y duele como ningún otro.
Ella no pudo contener ese dolor maternal, después de oír la sentencia de la justicia, mientras su hijo de 24 años, laboralmente desocupado y coautor de un delito, del salón de juicios era conducido al lugar donde cumplirá seis años de privación de libertad.
Iba cabizbajo, silencioso, reprochándose tal vez el no haber meditado antes en las consecuencias de su actuar delictivo, ni en la vergonzosa falta moral que lastima a su envejecida mamá, a él, a sus allegados, al barrio, a la familia y la sociedad.
Antecedentes penales no constan en su actitud anterior. Pero el expediente procesal del suceso que lo involucra, advierte que «se reúne con personas de pésima conducta moral y social, y deambula a altas horas de la noche por lugares donde han ocurrido hechos delictivos, resultando (él) sospechoso». Quien mal anda…
Cabizbajo también, al lado del joven, iba un hombre que casi le triplica la edad (58 años), principal inculpado en los hechos que le dan contenido a esta historia, de la que Granma, por ética y humanismo, omite la identidad de los malhechores.
Mientras avanzaba al cumplimiento de su condena (siete años de privación de libertad) el mayor de los dos sancionados reproducía una frase dicha durante la vista oral, y que -dicen-, no se ha cansado de repetir durante el proceso: «ni yo mismo sé lo que me pasó».
El SUCESO
Ocurrió monte adentro en una muy apartada comunidad de Manuel Tames, municipio que ocupa el tercer lugar en cuanto a la incidencia del hurto y sacrificio ilegal de ganado mayor, en un Guantánamo golpeado por ese flagelo.
Cuando las agujas del tiempo rondaban las tres o cuatro de la tarde, fiel a su diaria costumbre, un campesino de 69 años recogió sus reses donde las pastorea desde la mañana. Ya en la finca de un amigo, en el lugar donde suele resguardar con la debida seguridad su ganado, advirtió que le faltaba un añojo.
De inmediato salió en busca del animal, en compañía del amigo. La noche le impuso un alto a la búsqueda.
INDICIOS
En la tarde siguiente, mientras se detuvieron a observar una vivienda conocida y medio solitaria, vieron como del matorral emergía un hombre joven con un saco repleto al hombro, y entraba a la casa.
El dueño de la finca y del aposento -a la postre, principal implicado en la fechoría- rondaba vigilante los flancos de la vivienda, como para estar seguro de que no lo observaba nadie. El otro salió de nuevo, y regresó pronto con el segundo saco, igualmente lleno de algo.
«Quédate aquí», le dijo el amigo al poseedor del becerro perdido; «voy a avisarle a la policía».
Poco después, un agente policial llegaba al inmueble de la potencial fechoría; llamó, pero no hubo respuesta. Descubrió entonces al dueño de la vivienda en un flanco, afuera, y «¿qué tiene usted en su cabeza?», le preguntó. «Ni yo mismo sé lo que me pasó», dijo el aludido.
El policía preservó el lugar; avisó a la guardia operativa de la unidad de la PNR de Manuel Tames, la que acudió de inmediato. Mientras, como el dueño de la casa y comisor principal del delito había revelado el nombre de su cómplice, el héroe de azul localizó a este último y lo condujo a la misma vivienda.
Poco después, la policía encontró en el inmueble dos sacos que contenían en total, en piezas a medio destaje, 103 kg de carne. En uno de ellos, además, había herramientas, sogas, ropas y otros medios.
Hasta el sitio exacto del delito, en la propia finca, la policía llegó conducida por quienes lo cometieron. Y allí, en un hueco lleno de tierra disimulado con fragmentos vegetales, yacían los despojos de un animal, y el cuero número 18 C-68-1 marca al fuego coincidente con la del añojo desaparecido el día antes.
MALES DEL INSTINTO, FIASCO DEL EMBULLO
El día del delito, según declaró durante la vista oral el menor de los acusados, se fue temprano a chapear marabú en la finca de su cómplice, quien desde la jornada anterior lo había convocado a un trabajo.
El imputado de marras rehusó contestar preguntas durante la vista oral, y negó su participación en los hechos. Pero, huellas encontradas en las herramientas y medios usados para el delito, más los testigos, lo delatan como autor de Sacrifico Ilegal de Ganado Mayor y Tráfico de sus Carnes.
Igual trasgresión de la ley, más la de Hurto de Ganado Mayor, recayó sobre el otro implicado -el principal-. En el juicio oral lo reconoció. Y también que el añojo ajeno había entrado a su tierra, y que valiéndose de dos sogas lo sacrificaron atado a una mata.
Confirmó que, con una pala y un pico cavaron el hueco para ocultar las partes no consumibles del animal, y que entre ambos trasladaron a su casa la carne, para repartírsela luego a partes iguales.
Este campesino tampoco tiene antecedentes penales, y con su actitud ayudó a esclarecer los hechos durante todo el proceso; lo que el tribunal tuvo en cuenta.
PARA LOS QUE HACEN LO QUE NO DEBEN…
Los sucesos narrados constituyen delitos, y están previstos y sancionados respectivamente en el artículo 410.1 y 316. 1 de nuestro Código Penal.
Contra los infractores en este caso, la Sala Primera del Tribunal Provincial Popular de Guantánamo dictó sentencia: de siete años para el autor principal, y de seis años para su coautor y cómplice.
Se añade, como sanción accesoria, que entre ambos deberán resarcir al dueño del animal sacrificado, con un valor de 20 000 pesos en moneda nacional. Igualmente, otros derechos civiles, como los de salida del país, y el de ejercer el sufragio, quedan suspendidos mientras dure el cumplimento de la sentencia.
Los dos se muestran arrepentidos. Y eso, aunque tardío, de ser sincero les ayudará a rectificar sus errores, a retomar el camino recto, y a curar, con mejores actos, las heridas que uno le ha causado a la madre, y el otro a su hija y sus vecinos.













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