ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«El 20 de mayo no fue otra cosa que la consumación del dominio económico y político de los Estados Unidos sobre Cuba». Foto: Archivo de Granma

Muchos viejos textos de historia de Cuba, redactados por historiadores burgueses, coinciden en concluir su último capítulo el 1ro. de enero de 1899 con apologéticas frases al «heroísmo» de las tropas yanquis en la batalla de la Loma de San Juan y de agradecido elogio a los Estados Unidos «por habernos independizado de España».

Si falsa y deformada era la afirmación de que los cubanos que lucharon durante treinta años por la libertad, debían su menguada «independencia» a la oportunista intromisión del gobierno de los Estados Unidos, no menos falsa fue la versión difundida por esos mismos historiadores de que el 20 de mayo de 1902 era el día de la patria y no el día en que el gobierno imperialista de los Estados Unidos impuso a los cubanos una república formal, de himno y bandera, pero aherrojada con sólidas cadenas.

El 20 de mayo no fue otra cosa que la consumación del dominio económico y político de los Estados Unidos sobre Cuba, remachado por la Enmienda Platt como apéndice vergonzoso de la Constitución aprobada en la Convención de 1901.

La fecha señalada como día de la independencia simbolizaba la traición a los ideales de independencia absoluta por los que combatieron y murieron miles de cubanos patriotas en 1868 y 1895. Fue la burla a los combatientes del Ejército Libertador, cuya disolución fue ordenada por el presidente McKinley, porque constituía un peligro potencial a los planes de penetración imperialista. Fue la imposición de un presidente títere, encargado de cumplir diligentemente los dictados de Washington y la «legalización» del apoderamiento de las riquezas naturales de la nación, por los monopolios yanquis.

La oligarquía nacional, alabardera del imperialismo yanqui, se encargó de ensalzar el 20 de mayo como día de la independencia nacional, y escritores burgueses loaban la fecha e inculcaban la idea de que sin la intervención de las tropas yanquis los cubanos no hubieran conquistado la independencia, cuando la verdad era que el ejército colonialista estaba derrotado al producirse la intromisión de las fuerzas norteamericanas y que sin la participación del Ejército Libertador, al mando del general Calixto García, «los geniales» generales yanquis no habrían logrado la rendición de la ciudad de Santiago de Cuba en julio de 1898.

De la imposición de la Enmienda Platt escribió en el periódico «La Discusión», el 11 de mayo de 1901, Salvador Cisneros Betancourt:

«No por conseguir un mito de independiencia absoluta unos días más antes, se debe esclavizar a las generaciones venideras. Nosotros, los Delegados no podemos hacerlo, porque se nos amenace, conque si no aceptamos la Enmienda Platt no se nos reconocerá nuestra independencia. No y mil veces no, debemos oponernos y jamás darle nuestro asentimiento, porque esos intereses son ajenos y no procederíamos con honradez.

«La soberanía e independencia absoluta de Cuba le corresponde de hecho y de derecho y nosotros no podemos ligarla absolutamente con imposición alguna, sino sacarla incólume, libre y con la independencia absoluta que le correspnde. Los bienes ajenos no admiten transacción. Los cubanos no aceptan componendas, y de consiguiente faltaríamos a nuestro deber, si aceptamos un aparente y momentáneo beneficio».

Los apologistas del falso día de la patria culminaban todo el ideal en el acto de izar la enseña nacional en el Castillo del Morro y en la elección de un presidente por los cubanos. Pero se cuidaron bien en ocultar que ese aparente acto de soberanía nacía deformado por la Enmienda Platt, con las consiguientes presiones imperialistas del tratado de Reciprocidad, la cesión de la base naval de Guantánamo y el Tratado Permanente.

De la seudorrepública que se establecería por dictado de un poder extranjero dijo en su manifiesto al país, el 31 de octubre de 1901, el general Bartolomé Masó:

«La Revolución hubo de ceder su puesto a la intervención que, falseada por una ocupación militar rayana en la conquista, comenzó por infringir los cánones que para estos casos tiene establecido el derecho internacional y concluyó por truncar la personalidad del país intervenido sujetándolo a un deplorable período transitorio dentro del cual ha venido a quedar convertido en víctima de perturbaciones legislativas, desórdenes administrativos y crisis económica, financiera y comercial, que amenaza su existencia como pueblo civilizado, porque durante ese tiempo se ha podido hacer y se ha hecho todo lo que se ha querido, menos aquello que en primer término debió hacerse para satisfacer legítimas aspiraciones de justicia y libertad, apremiantes necesidades del momento, para resolver el problema de nuestra subsistencia en el presente e imperiosa exigencia de organización para preparar debidamente el porvenir, como si por siniestro misterio de nuestra desventura se hubiese demorado la constitución de la República y el establecimiento de su gobierno, hasta el momento que no fuese posible hacerlo más que entre estertores de agonía, sobre el pedestal de la impotencia y bajo el dosel de la miseria».

Las palabras de condenación de patriotas como Salvador Cisneros Betancourt, Bartolomé Masó, Manuel Sanguily y muchos otros a la farsa del 20 de mayo de 1902 fueron cuidadosamente ignoradas por los historiadores burgueses que interpretaban fielmente las instrucciones de los colonialistas de deformar nuestra historia y encubrir la intromisión imperialista con un manto de agradecimiento.

La Revolución triunfante en 1959 desagravió a los mambises traicionados por la intervención militar yanqui y colocó en su verdadero lugar la fecha ominosa del 20 de mayo.

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