
En el campo cubano, la realidad que enfrentan los productores agropecuarios es un ejercicio cotidiano de resistencia. La falta de combustible, la escasez de abonos, pesticidas y fungicidas —agravada por el recrudecimiento del bloqueo estadounidense— ha convertido la labor en los campos en una suerte de combate donde cada cosecha se gana con ingenio, sacrificio y una dosis de esperanza que no siempre alcanza para cubrir todas las necesidades.
El sector cooperativo y campesino de Ciego de Ávila no solo garantiza más del 70 % de la producción agrícola provincial, sino que constituye un pilar estratégico para la seguridad alimentaria y las exportaciones, en los que se ven involucrados una gran parte de los 12 000 asociados que tiene la ANAP en la provincia.
Sin embargo, los campesinos avileños han encontrado en tres productos específicos un salvavidas económico y una vía para mantenerse en pie mientras el contexto nacional e internacional sigue siendo adverso: el carbón vegetal, la miel de abejas y el tabaco. Estos rubros, destinados mayoritariamente a la exportación y generadores de divisas, se han convertido en el sostén de muchas familias campesinas y en la punta de lanza de un sector que, pese a todo, no deja de producir.
En medio de la crisis energética que vive el país, los campesinos avileños han diversificado sus labores hacia la producción de carbón vegetal. No es una elección casual: el carbón se ha consolidado como un producto con alta demanda en mercados internacionales, particularmente en Europa, donde se utiliza para usos gastronómicos y recreativos.
Lo que comenzó en la Empresa Agroindustrial Ceballos como una respuesta a la necesidad de generar divisas, se extendió por la geografía avileña y la producción ha llegado hasta los trabajadores vinculados a la agroindustria azucarera, ante la paralización de la zafra y la falta de combustible para la molienda, luego de que también lo produzcan campesinos individuales, cooperativas y otras formas productivas.
Una gran mayoría de unidades y productores de ese sector disfrutan de la nada fácil tarea de hacer carbón. La producción de carbón exige mano de obra intensiva, conocimientos técnicos específicos y, sobre todo, materia prima —fundamentalmente marabú y otras especies forestales— que aún existe en los campos avileños, aunque su aprovechamiento sostenible requiere una gestión cuidadosa.
La apicultura en Ciego de Ávila es otra historia de resistencia silenciosa. La miel de abejas cubana es reconocida internacionalmente por su alta calidad y pureza, lo que le ha permitido mantener nichos de mercado en Europa y otros destinos. Pero mantener colmenas sanas y productivas en condiciones de escasez es una proeza que los apicultores avileños enfrentan con creatividad y mucho conocimiento acumulado.
La falta de azúcar para alimentar a las abejas en periodos de escasez de floración, la carencia de medicamentos veterinarios para tratar enfermedades como la varroasis, y la dificultad para acceder a nuevos marcos, celdas y equipos de extracción, son solo algunos de los obstáculos cotidianos. Aun así, el sector se mantiene.
Los apicultores avileños saben que cada tonelada de miel exportada es una contribución tangible al ingreso de divisas, y que detrás de cada colmena hay una posibilidad de sostenimiento familiar.
De los tres rubros exportables, el tabaco es quizá el que recibe un trato diferenciado por parte del Estado cubano. Consciente de la importancia de este cultivo para la economía nacional —y para la imagen de marcas como el Habanos, reconocidas mundialmente—, el país garantiza a los productores de tabaco un paquete tecnológico que incluye semillas certificadas, fertilizantes, fungicidas, combustibles y asistencia técnica especializada.
Esta atención priorizada ha permitido que los vegueros avileños mantengan cosechas aceptables incluso en medio de las dificultades generales. Y aunque el tabaco no es un cultivo tradicionalmente asociado a la provincia —a diferencia de Pinar del Río, Villa Clara, Sancti Spíritus—, en los últimos años Ciego de Ávila ha ido ganando espacios en la producción de capas, tripas y tabacos de exportación, con resultados que empiezan a consolidarse.
Sin embargo, quienes cultivan tabaco en la provincia saben que este privilegio no es gratuito: el país invierte en ellos porque necesita las divisas que el tabaco genera. Y esa misma lógica, en el fondo, es la que guía el esfuerzo hacia el carbón y la miel.
Hay una estrategia implícita en esta apuesta por los rubros exportables: generar divisas ahora para, después, poder fomentar otros cultivos. No es un plan ideal, pero es el plan posible en un contexto de asfixia económica. Los campesinos avileños lo saben mejor que nadie: con bloqueo y apagón, la prioridad es obtener ingresos que permitan —a nivel macro y micro— mantener a flote la producción.
No se trata de abandonar la producción de alimentos para el consumo interno. Se trata, más bien, de entender que sin divisas no hay combustible, sin combustible no hay transporte, sin transporte no hay comercialización, y sin comercialización no hay soberanía alimentaria posible. Es una cadena de eslabones donde cada uno sostiene al siguiente, y donde los campesinos se han convertido en el eslabón más resistente, pero también el más expuesto.
Lo que hacen los campesinos avileños no es solo producir. Es sostener, con sus manos, una parte del entramado económico del país en medio de condiciones objetivamente adversas. La falta de combustible, la carencia de insumos, los apagones que afectan también al campo —especialmente en el bombeo de agua—, todo eso forma parte de un paisaje de dificultades que no siempre se visibiliza.
En este paisaje hay una lección: la capacidad de adaptación, la diversificación productiva, la apuesta por rubros que generan ingresos para el país, la organización en formas cooperativas y el saber acumulado por generaciones de campesinos. No es casualidad que, en medio de la crisis, el carbón, la miel y el tabaco sigan saliendo de los campos avileños hacia el mundo.
El desafío, ahora, es que esas divisas que se generan se traduzcan en mejores condiciones para los productores, en una mayor disponibilidad de insumos, en una menor dependencia de lo que no se puede producir internamente. Porque la esperanza, como la siembra, necesita tierra fértil, pero también necesita agua, abono, combustible. Y eso —los campesinos avileños lo saben bien— no es un regalo: es un derecho por el que hay que seguir luchando.
Mientras tanto, ellos siguen ahí. En los campos, entre colmenas y vegas, entre hornos de carbón y surcos de tabaco, demostrando que producir en Cuba, aunque cueste, no es imposible.













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