ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ruth Monier Molina y Yurizán Betancourt Curbelo. Foto: Tahimí Martínez Toledo

Con alguna estrella llamada Piedad deben haber nacido aquellas personas que llevan un fonendoscopio a cuestas y calientan el lecho de algún enfermo, si es que en verdad hay estrellas designadas al nacer.

En caso de que no sea cierto –eso de las estrellas– habría que adjudicar a la trillada del destino (hecho por uno o no) el mayor mérito. Pero como sabemos que vestir bata blanca es vocación, mejor que sean ellas las que cuenten.

 

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Tiene 26 años de graduada como licenciada en enfermería, pero antes de llegar a ese camino, Yurizán Betancourt Curbelo soñaba con aguas de piscina y movimientos sincronizados. Luego estudió en el preuniversitario vocacional, en Holguín, «y ya me dirigí a ser enfermera porque me gustaba la cofia, el uniforme».

No fue un camino recto. Apenas con 18 años, recién graduada, entró a trabajar en terapia intensiva en la sala de pediatría, luego en neonatología. «Era mi primera experiencia como trabajadora. Todo era nuevo: la incisión del cordón, las vacunas, escuchar el primer llanto… La responsabilidad era mucha».

Pero lo suyo, confiesa, siempre fueron los cuidados intensivos. «Me llena de satisfacción ver que un paciente, que está grave, se rehabilite con mis cuidados».

Yurizán también pertenece a la brigada Henry Reeve, y explica que, en 2019, durante la pandemia de covid-19, su primera misión fue en México: «llegas con miedo a un país en el que los hospitales estaban saturados, la población con temor. Pero sentí fuerza para ayudar, para salvar vidas. Esa era mi premisa».

Luego, en 2021, partió para Venezuela, y permaneció cuatro años y medio. Allí fue enfermera intensivista, luego asesora nacional en uno de los estados y finalmente jefa de enfermeras en el Centro Integral de Alta Tecnología Salvador Allende, en Caracas.

Dice que ser enfermera es una profesión «muy sacrificada y muy humana. Ponemos la cofia en alto porque somos la mano derecha del médico y nos quedamos 24 horas al lado del paciente».

En cambio, la historia de Ruth Monier Morales en esta profesión, empieza por una figura inspiradora debido a los muchos hospitales que visitó de niña: «en ese entonces veía a la enfermera como la figura insigne: la que hacía el chiste, la que te sonreía y la que te inyectaba. Entonces dije que iba a serlo también».

Y así fue. Se graduó en 1997, «en pleno periodo especial, entre apagones, dificultades para llegar a los laboratorios…, pero nos graduamos».

Su profesión transcurrió en el Instituto de Neurología, luego en cirugía y por último en Atención Primaria de Salud, que según comenta, es «lo mejor que pudo haberme pasado porque me enamoré del consultorio».

Ruth también recuerda con nitidez sus años en Venezuela, como parte de una misión internacionalista. Dice que en el lugar que estaban, «un lugar con bastante oposición, nos hicieron guerras de todo tipo. No nos ayudaban, no nos ponían oxígeno. Pero vimos personas de 70 y 75 años que nunca habían visto un médico y entendimos el porqué estábamos ahí».

Ruth y Yurizán son asesoras nacionales de Enfermería en el Ministerio de Salud Pública. Y aunque disfrutan liderar, lo que las define es su esencia de enfermera.

«Mi esposo dice que soy enfermera 24 horas. Tiendo la cama como enfermera, almuerzo como enfermera, vivo como enfermera. Y en el barrio, sigo siendo la enfermera de todos. Por eso, solo rectificaría una cosa: tener más pacientes», confiesa Ruth.

Y Yurizán remata: «Es una labor muy sacrificada. Hay que reconocerlo en el mundo».  Así es. Reconocido queda.

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