La tercera Medalla al Valor Calixto García le fue conferida al suboficial mayor Raúl Borges Rodríguez. Se la colocó en la camisa verde olivo del uniforme de campaña, cerca del corazón, el general de División Eugenio Rabilero, jefe del Ejército Oriental, el día en el que ese mando celebró 65 años de creado.
En esa ocasión, en intensa retrospectiva mental, Raúl no pudo pasar por alto las negativas de la comisión médica que lo consideró no apto para ser paracaidista, cuando andaba entre los 15 y los 16 años de edad.
Cada vez que se presentaba en busca de concretar el sueño, los galenos, inconmovibles, estampaban en las planillas: no reúne la estatura y el peso exigidos.
No cejó en el empeño y los médicos, ante tal voluntad, en busca de consejos para poner fin al caso, contactaron con Alberto Font, prestigioso instructor de un club de paracaidismo creado por la Sociedad de Educación Patriótico-Militar (SEPMI).
El profesor no dudó en incorporarlo, todavía con dos kilogramos por debajo de los necesarios para ceñirse arneses y lanzarse al vacío desde las aeronaves, amparado por las cúpulas multicolores de los paracaídas.
Hacía mucho tiempo que Font consideraba que muy raras veces los paladines son los altos, fornidos y bien parecidos personajes que protagonizan películas y novelas.
Héroe, afirmaba, es quien muestra suficiente arrojo, evalúa riesgos, determina el peligro que se deriva de aquellos y toma decisiones con la certeza proporcionada por la preparación constante.
Aquel hombre recio lo ayudó a esculpir su hoja de servicios. Al ser llamado al servicio militar, acumulaba 20 saltos en paracaídas. No imaginaba que hoy tendría más de 4 000 ni que rescataría cerca de mil personas en situaciones de peligro.
***
Esta vez la medalla la mereció por encarar las secuelas del huracán Melissa tras su paso por el este del país.
Cuando el estado del tiempo aún les impedía volar los helicópteros, integró la agrupación de la región militar de Holguín que utilizó camiones pesados y medios anfibios para sacar a las personas de las zonas inundadas en Cacocum, tanto en la cabecera municipal como en sus cercanías. En el primer momento pusieron a salvo a unos 200 compatriotas.
Al día siguiente, al mejorar las condiciones meteorológicas, despegaron los helicópteros.
Volaron a La Fortuna, un caserío rural a punto de ser tragado por una inundación. Descendió por medio del cable y la silla. Con inmediatez, llevó a bordo, sucesivamente, a una mujer y a sus dos hijos.
Horas más tarde, La Tania, comunidad campesina de Urbano Noris, quedó rodeada por las aguas del río Cauto. El helicóptero aterrizó allí tres veces. Cada despegue lo hizo con la máxima carga posible de personas. La prioridad la tuvieron niños en compañía de las madres, mujeres embarazadas, ancianos y enfermos, en fin, los más vulnerables.
Día y medio después, el mayor foco de peligro resultó Altagracia, poblado rural, donde los techos de los bohíos parecían diminutas y oscuras islas a la deriva en aguas turbias.
Identificada la casa desde la que un teléfono móvil enviaba desesperadas llamadas de auxilio -primer reto de la misión-, el helicóptero pasó a vuelo estacionario sobre la cubierta.
Inmediatamente, descendió por medio del cable. Precavido, comprobó la resistencia de la cobija, separó algunas pencas de palma y extrajo a las cuatro personas refugiadas en una reducida barbacoa a la que milagrosamente no alcanzaba el agua. Acto seguido, una a una, con el cable y la cesta, fueron levantadas hasta el helicóptero.
Minutos más tardes, tan pronto la máquina arribó al campo de beisbol del consejo popular Maceo, el primer rescatado en tocar tierra levantó la vista y los brazos al cielo para agradecer a la deidad a la que le pidió la salvación. Pero, antes de abrazar a los familiares que lo esperaban, miró cálidamente a cada integrante de la tripulación que lo socorrió.
La aeronave y su tripulación fueron incorporados a los rescates en la provincia Granma. La situación estaba tan tensa allí, que el grupo de helicópteros enviado al territorio realizó continuas misiones de salvamento de personas o traslados de alimentos y otros recursos hasta poblados sin acceso por tierra.
En Guamo Viejo, junto al otro rescatista de la tripulación, realizó la mayoría de los salvamentos con ayuda del cable de acero y la cesta metálica por la imposibilidad de aterrizar.
***
El hecho por el que le otorgaron la segunda Medalla al Valor Calixto García ocurrió a finales del año 2000. La muerte acechaba a un hombre atrapado a 72 metros de altura, en la chimenea del central azucarero Roberto Ramírez Delgado, en Niquero, Granma.
El piloto con quien cumplió la misión, empleó toda su pericia para lidiar con los fuertes vientos que amenazaron con desestabilizar la máquina en vuelo estacionario sobre la chimenea.
Como otras veces, descendió valiéndose del cable de acero a sabiendas de que las arremetidas del viento lo podían hacer colisionar con la estructura de hormigón armado o frustrar el propósito de llegar con precisión al estrecho andamio en el que permanecía el operario.
No es aquel el rescate en el que más peligro percibió. En 1989 un yate naufragó en áreas de la Fosa de Bartlett, frente al aeropuerto internacional Antonio Maceo, de Santiago de Cuba.
Llegó al sitio del desastre en un helicóptero desde el que descendió al mar. Localizó a los náufragos, revisó sus lesiones y los ayudó a subir a la aeronave y las embarcaciones que acudieron en auxilio.
Los últimos salvados partieron en el helicóptero. Esperó por el retorno de este, lo cual demoró, por el necesario reabastecimiento de combustible.
Aunque el mar tenía fuerza cuatro, decidió nadar hasta la costa, pero al llegar, encontró una pared de piedra de varios metros de alto. Coronar la cima devino nuevo reto.
Por fortuna, aparecieron unas buenas personas, quienes varias veces le arrojaron una cuerda, con la que solo era posible escalar a riesgo de ser aplastado por los golpes de las olas contra el imponente cuerpo pétreo que cerraba el paso.
Finalmente, durante el retroceso de una ola, logró atrapar la cuerda y emprender la trepada, proceso en el que sufrió laceraciones en varias partes del cuerpo.
Estar fuera del agua no le trajo mejora inmediata. No llevaba el calzado especial empleado en los rescates acuáticos y desplazarse hasta el lugar donde lo encontraron horas después sus compañeros, constituyó una tragedia porque el «diente de perro» le hirió los pies.
Transcurrido el tiempo necesario para que sanaran las lesiones, hubo una ceremonia de reconocimiento por las vidas salvadas tras el trágico accidente. En la camisa le colocaron la primera de las tres altas condecoraciones de igual tipo que ha merecido.
Era soldado y tenía 19 años de edad.
Le pareció que el metálico cuerpo de la medalla irradiaba un extraño calor. Desde ese momento supo que en desenlaces de vida o muerte, el valor no acepta repliegues.














COMENTAR
Responder comentario