Soy de un pueblo de Granma que es todo llanura, desde donde las montañas, a lo lejos, se ven azules. Palomas sin palomar hay pocas y no amanece sin que haya cantado antes algún gallo.
Nunca necesité frenos en mi bicicleta. Que no existiera semáforo, de vez en cuando, era hasta bueno.

Recuerdo que, de pequeña, papá me traía carolinas (flores) rosadas cuando volvía de pescar. Y es raro, porque pescado no recuerdo ninguno. Lo de jugar al «cocinaito» con los muchachos del barrio era más para los grandes. Así que abuelo Orlando cocinaba conmigo en el fogón de leña de su casa y me decía cómo se hacía esto y aquello. Ahora agradezco no haber sido tan grande por ese entonces.
Cuando llegaba la temporada de mango, algunos vecinos se levantaban temprano para recoger los que habían caído al suelo en la madrugada. Creo que hasta «los puercos» al principio los comían con gusto, pero, pasadas algunas semanas, nadie quería saber de mango, a menos que el hambre fuera mucha. Es lo que tiene que cada cosa se quede en su sitio, en su época.

Acá la emoción es poca. A veces, hay frutas a destiempo y nada tiene que ver con el cambio climático. Carolinas nunca he visto, mucho menos vicarias regadas por las aceras. Las flores de muerto –las ixoras que allá crecen en los cementerios– acá son solo flores que crecen en cualquier lado. Nadie pregunta cómo se llaman.
Acá muchas cosas tienen nombres distintos. Siempre hay quien se ríe cuando uno al supuesto plátano burro le llama fongo; a los supuestos palitos les llama mordazas; chipojos a las lagartijas grandes de muchos colores; y caguayos a las más pequeñas y escuetas. «Caguayo»: esa última palabra es de mis favoritas.
Quién dice cuál es la mejor forma de nombrar las cosas. Y, aun encontrándola, a quién le importa, si uno les ha dicho así desde siempre. Lo malo –o, quizá, bueno– es que se nos van «pegando» palabras y es ahí cuando la tartarita deja de ser tartarita para ser pozuelo y el balance empieza a ser sillón, aunque, de vez en cuando, se les llame como antes.
Las frases son otra historia. Solo sé que ahora digo eso de que «me fui al berro», sabiendo que significa andar como quiera, sin que importen mucho las cosas; pero sin tener idea de dónde viene, cuando el berro es una mata y nada tiene que ver con el verbo «ir». Mata: sí. Planta ni planta.
Acá nadie entiende que tengo tremendo frío cuando digo «estoy finá», mucho menos lo de «está encendío» cuando algo está que quema. Ni hablar del «Veeaaa». Pero… allá ellos.

Hay cosas de acá que también me gustan, como tener un malecón o un Capitolio o un lugar al que ir a parar siempre a cualquier hora.
Hasta hace poco, había todavía calles que no sabía cómo cruzar. En esas, caminaba hasta encontrar un punto en el que me fuera más fácil o me ponía al lado de alguien que fuera a cruzar también y tuviera cara de saber cuándo hacerlo.
El pastel «oriental» es el que siempre compro porque a los otros los hallo desabridos. Y sí, allá son solo «pastel», por si a alguno se le ocurrió el chistecito malgastado.
Hace poco traje un pomo de aliñao que tiene del de cuando nació mamá y del de cuando nacimos nosotras. Más de una vez he tenido que explicar que es una bebida que se hace cuando las mujeres están embarazadas, que tiene ron y dulces de varias frutas, que generalmente se le da una parte a quienes van a conocer al bebé y se guarda la otra para los quince años.

Y es así. A veces, quisiera que no se me acabaran nunca las cosas por explicar. Lo de las cubanías los sábados o la cachola a la hora del recreo…
Uno sabe bien que no volverá a ser por entero de allá, tampoco de acá. Probablemente, de ninguna parte. Es lo que tiene irse. Hay partes que se quedan; otras que se van desprendiendo de a poco, sin acusar el golpe; y algunas más que van naciendo e, irremediablemente, se quedan a vivir.
Pero tenga o no malecón, Floriditas, montañas azules, vicarias, capitolios, faros, o guajiros que digan «Compay»… siempre seré compendio y puzle de cada lugar en el que eche «vara en tierra». ¿Para qué quiero un gentilicio?













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