ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
A pesar del tiempo, Cuba no olvida aquella heroica epopeya ni deja de rendir tributo a sus mártires. Foto: Archivo de Granma

Matanzas.—Cada año por esta fecha suelo recordar a Humber, a quien conocí en los primeros años de la década de los 70 cuando coincidimos en la escuela en el campo Mariscal Antonio José de Sucre.

Para nosotros, en plena adolescencia, fue una época enriquecedora en la que sin apenas darnos cuenta fuimos creciendo en todos los órdenes.

De algún modo ayudamos a forjar el plan citrícola de Jagüey Grande, donde en poco tiempo la naturaleza cedió y se transformó el paisaje. La región se llenó de plantaciones de cítricos con su simetría perfecta y se construyeron 64 escuelas donde estudiaron decenas de miles de jóvenes bajo el principio martiano y marxista de estudio y trabajo.

Varios de esos centros llevan nombre de milicianos caídos en la gesta heroica de abril de 1961.

Humber era de los muchachos más espigados de séptimo grado. No muchos lo superaban en estatura y presencia física. Un mulato «indiao» de cuerpo atlético, que presentó sus credenciales de boxeador desde que pisó los pasillos de la escuela.

A pesar de ser un muchacho tranquilo, más bien tímido, de carácter afable, los estudiantes le tenían cierto respeto de solo pensar en la posible fuerza  de sus puños.  

Con el paso de los días los becados comenzaron a admirarlo y no por su condición de boxeador. Era hijo de un héroe. Su padre, Leovigildo Sierra, fue uno de los milicianos que perdió su vida durante la invasión mercenaria por Girón.

En la escuela oíamos decir que a su padre lo habían matado en la guerra. 

Nacido en la localidad de Güira de Macurijes, Leovigildo residía en el poblado de Bolondrón cuando ocurrieron los hechos. Se había criado en un ambiente familiar muy humilde.

Fue trabajador azucarero como su padre y en el «tiempo muerto» de la industria azucarera se ganaba la vida como entrenador de boxeo. Simpatizante de la causa revolucionaria, tan pronto triunfaron las fuerzas rebeldes acude al llamado de prepararse para defender a la Patria.

Como miliciano participa en la limpia del Escambray y se incorpora al curso de la Escuela Nacional de Responsables de Milicias. Ya como integrante del batallón 123 asiste al entierro de las víctimas del bombardeo el día 16 de abril y es testigo del momento en que Fidel proclama el carácter socialista de la Revolución.

El día 17 sale rumbo a las arenas de Playa Girón a combatir a los mercenarios…

Humber llegó a la adolescenia sin saber mucho de su padre, a quien apenas tuvo tiempo de conocer. Quizás por ese motivo daba la impresión de no ser un muchacho totalmente feliz. A veces se le notaba absorto, como si le faltaran ánimos, sobre todo los domingos en que los estudiantes recibían la visita de sus padres.

Amante del fútbol, su otro deporte favorito, no avanzó mucho en los estudios. No he vuelto a saber de él. Le perdí el rastro hace ya bastante tiempo.

Era fácil sentir especial afecto hacia Humber, defensor de los más pequeños y débiles de la escuela. A no pocos les sacó las castañas del fuego en las riñas con otros estudiantes. 

Su auxilio no venía de sus puños. Por lo visto, tenía cierto don para persuadir a quienes presumían de guapos y querían mortificar a los más indefensos.

Existía tal vez una razón de mayor peso. En Sucre todos sabían que era el hijo de un héroe.

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