ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fidel en Maisí, con Tomassevich, Guillermo García y otros combatientes en los días de Punta del Silencio. Foto: Archivo de Granma

Punta de Silencio, Maisí.–El viento -dicen- parecía escuchar como desconfiado en la oscuridad impermeable, y su murmullo respiraba conspiración; presagios del crimen. 

El desembarco merodeaba esta latitud, y no fue casual. Punta del Silencio era una desolada maraña de vegetación y barrancos, caracteres geofísicos que encajan como hábitat natural en la vocación traidora de los reptiles, acostumbrados a sorprender y a matar por la espalda.

Desde la perspectiva circunstancial y geográfica, Punta del silencio le ofrecía al agresor otra ventaja estratégica adicional: La Zafra azucarera de los Diez Millones galopaba lejos de allí.

Lo más cercano de esa contienda económica tenía lugar en el valle que circunda a la ciudad de Guantánamo, casi a 200 kilómetros de la penetración mercenaria del 17 de abril de 1970. Se supuso que el país estaría entretenido en los menesteres de lo que era en ese momento su renglón económico principal.

Tal presunción envalentonó a los encandilados por la arrogancia; olvidaban que el desafío era otra vez contra el mismo pueblo que en fecha gemela, de nueve años atrás, los había recibido a plomazos en los arrecifes de Playa Girón.

No se trata de que Washington, la CIA y Alpha 66 lo ignoraran. En todo caso, su mayor error fue la subestimación; esa engreída, de nuevo los condujo a tropezar con la misma tierra.  

Los criminales llegaron con ese impulso, de noche. Un buque de la armada estadounidense los había acercado a Maisí, los dejó próximos al litoral, con sus pertrechos de muerte: fusiles AR-15, AR-18, M-16, granadas y otros explosivos Made in USA.

EN LOS UMBRALES DEL PAPELAZO

Traían una cámara de televisión, para documentar su «epopeya», a la postre, convertida en tragicomedia. Ignoraban que la historia de este país, escrita con sangre y tintes de pueblo, jamás podrá ser contada tal cual por lente extranjero alguno.

Pero la partida no les salió según lo planeado. Milicias serranas, campesinos, soldados de la Revolución capitaneados por el comandante Raúl Menéndez Tomassevich, le dieron inmediata y certera respuesta a la contrarrevolucionaria intentona.

De tal suerte, los 13 mercenarios, que como sus copatrocinadores gringos y batistianos habían soñado el propagandístico show, otra vez serían los hazmerreír en titulares de prensa: cazadores cazados.

La victoria, en cambio, tuvo precio y este fue alto. José Antonio Sánchez Marzo, de apenas 24 años, dejó a su hija en un vientre; no tuvo tiempo de conocerla. Cayeron otros. Seis madres lloraron desconsoladas, cuatro mujeres quedaron viudas. Y se oyó gemir a inocentes que preguntaban por sus papás. 

Ovidio Hernández Matos, Evodino Marzo Lambert, Luís de la Rosa Callamo, Ramón Guevara Montano y Arquímedes Borges Bolaño se sumaron al martirologio de esta guerra sin fin contra Cuba.

Mercenarios procedentes del país que reparte crimen por todo el mundo -ironizaba Fidel en el adiós a los caídos en suelo guantanamero-, «¿a quiénes van a liberar?; «¿a las jutías (…), a los grillos, a los insectos?».

La arrogancia otra vez había guiado los pasos del odio. Los atacantes eligieron otro escenario para reeditar -sin querer- su desliz de Playa Girón. La salida esta vez fue para ellos la misma: sin gloria, y semejante en ridiculez.

Aquel tragicómico evento mercenario, fue para Cuba otra página épica, dolorosa y hermosa. La isla convirtió su herida en memoria, e hizo ver que aquí, con la dignidad no se juega.

Punta del Silencio guarda huellas de su dolor, ecos de otra pelea victoriosa, y la pureza cabal defendida aquí: «¡Los hombres podemos caer -también lo dijo Fidel-, pero las ideas son eternas!».

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