
No cualquiera mira una bestia de más de treinta toneladas y encuentra belleza. Él sí.
La vio un día lejano en la memoria, pintada de verde olivo, con ese aire de animal dormido, siempre listo para el despertar. El hombre supo que estaba ante algo más que una mole de acero.
La tocó. La mano palpitante del primer día, esa que aún no sabe si el metal quema o congela, palpó sus soldaduras, ese olor a nuevo a grasa y diésel que después nunca podría olvidar.
La tocó como se toca a un elefante indómito: con respeto, con miedo, con esa certeza de que a partir de ese instante la vida se mediría en dos tiempos: antes y después de la máquina.
Aprendió a conducir. La condujo. Y ahí empezó la verdadera historia del hombre y el tanque de combate.
Cuando uno llega a ella por primera vez, la máquina no te recibe con los brazos abiertos. Te recibe con codazos. Los machucones en los hombros, los dedos golpeados contra las escotillas, la cabeza que besa el blindaje en cada badén —te salva el casco laringófono—. El tanque, más que un elefante, se convierte en un potro de circo que se niega a ser domado. Corcovea, ruge, escupe humo negro por los escapes. El asiento no es tan cómodo como el de casa. Las palancas no son palancas sino extensiones que hacen obedecer a la máquina.
El hombre aguanta. La primera semana no te cabe un golpe más. La segunda, ya sabe dónde apoyar el pie, las manos y subirte a la velocidad de un rayo. La tercera, el rugido del motor ya no es amenaza sino música. La cuarta, cuando la bestia corcovea, él ya está esperando el corcoveo, y su cuerpo se mueve con ella como el jinete con su caballo.
Dos años compartiendo el aliento caliente del motor. Dos años durmiendo dentro de él, oliendo su grasa en las constantes maniobras, escuchando sus quejidos metálicos en la noche. Dos años hasta que la bestia dejó de ser bestia y se volvió amiga.
Frente a ti, la pizarra, las letras en idioma ruso. Palabras extrañas que al principio no tenían sentido para alguien que, por primera vez, se enfrentaba a ese idioma.
???? (Agua) y ????? (Aceite). Así decían los relojes del tablero. Así decían las inscripciones junto a los interruptores. Así hablaba la máquina cuando se encendía: en ruso, con esa fonética dura que parece orden militar.
El hombre miraba esas letras y sentía que estaba ante un alfabeto secreto, una llave que aún no sabía girar. Pero las horas pasan, y la necesidad enseña. Primero fue ???? y ?????. Luego, los números ???? (a-din), ??? (dva), ??? [trí], ?????? (chi-tý-rye), ???? (pyat'). Luego, los comandos del panel. Luego, sin darse cuenta, el hombre ya leía los indicadores como quien lee el pulso de un enfermo.
Años después, en la universidad, una profesora, de origen ruso habló y el hombre entendió. No todo, claro. Pero sí lo suficiente para agradecerle a esa pizarra, a esa máquina que le enseñó sus primeras palabras en un idioma que no fuera el inglés. El tanque no solo le había dado oficio. Le había dado conocimiento.
Los detractores dicen que es frágil. Que, en el combate moderno, un misil lo parte en dos. Que sus blindajes inclinados ya no son suficientes. Que es una reliquia de otra guerra, de otro siglo. Esa máquina de combate también ha cambiado y se ha adecuado a la guerra moderna.
La guerra moderna no ha matado al tanque. Lo ha hecho más necesario. Hay maneras de emplearlo con eficiencia, dice el hombre. Y lo dice con la seguridad de quien ha visto el monstruo despertar y ha sabido guiarlo.
Pero ninguna de estas historias sería posible sin este 18 de abril, cuando se conmemora los 65 años de que un SAU-100 —uno de los modelos que el hombre había conocido años antes— se apostó frente al mar y el disparo de Fidel Castro, el Comandante en Jefe, dio el tiro de gracia y el Houston, que venía en apoyo de almas mercenarias, se hundió. Aquel disparo del 18 de abril de 1961 se convirtió en fecha fundacional y los tanquistas levantan la cabeza, por la memoria histórica, más que por orgullo vanidoso.













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