ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Si tuviera que repetir la hazaña, lo volvería a hacer con la misma determinación, asegura Suco. Foto: Freddy Pérez Cabrera

Era el 17 de abril de 1961. En la aparente tranquilidad de la noche, allí, en Playa Larga un grupo de hombres del puesto de observación permanecían vigilantes y a la expectativa. De pronto, escuchan el ruido de un motor de lancha por la zona de Buenaventura. Ramón González Suco, al frente de los cuatro milicianos allí presentes, ordena a Israel Hernández, uno de los milicianos que lo acompañaba, que saliera inmediatamente hacia la trinchera y se apostara, listo para disparar la ametralladora BZ.

En medio de la confusión, el joven Suco, de apenas 22 años de edad, guardaba la esperanza de que aquella lancha perteneciera a la Marina de Guerra cubana, que a veces transitaba por aquella zona. Al acercarse un poco más, pudo divisar que la embarcación traía una decena de tripulantes, uno de los cuales venía parado en la proa, con su fusil terciado al pecho. En ese instante comprobó que algo extraño estaba ocurriendo.

—¡Altoooo! —voceó Suco y se pegó al suelo.

Las balas trazadoras pasaron silbando por encima de su cuerpo y se incrustaron en el diente de perro. La lancha se alejó un poco. Y él, viendo que se encontraba a boca de jarro de Israel y su ametralladora, gritó con todas sus fuerzas:

—Dale duro, Israel. ¡Patria o Muerte!

De esa manera, solo cinco milicianos y tres alfabetizadores rompieron el factor sorpresa para una de las más grandes y costosas operaciones de la CIA en América Latina, la que fuera derrotada en menos de 72 horas de fieros  enfrentamientos.

Luego del incidente, en el que le causaron cuatro bajas al enemigo,  el grupo de combatientes del batallón 339, dirigidos por Ramón González Suco, comunicó la noticia del desembarco al Central Australia, donde le informaron que resistieran hasta lograr unirnos a los hombres que avanzaban por la carretera en dirección a Playa Larga. Sin embargo, ante la superioridad de los invasores y ya sin balas, los enemigos lograron hacerlos prisioneros, amenazando con matarlos a todos, recuerda el combatiente con la lucidez de sus 87 años.

«Cuando se produjo el desembarco y después del desigual combate, la sensatez nos aconsejó a los cinco milicianos y tres alfabetizadores allí presentes, ocultarnos en uno de los edificios en construcción que había en Playa Larga, donde también estaban presentes algunos obreros de la obra y un grupo de guajiros de la zona», contó Ramón.

Suco (a la izquierda), en su etapa de miliciano Foto: Archivo

«Recuerdo que yo caminaba entre grandes cajas, tenso sin ver a nadie cuando una sombra se me encimó, poniéndome en alerta. En ese instante, un golpe en la nuca me hizo sentir que se escapan los ojos de las órbitas. Luego, otros dos o tres fuertes golpes en la espalda me hicieron caer al suelo. Perdí la noción de todo y un sabor a sangre me invadió la boca. No veía y casi no podía respirar. Poco a poco fui volviendo, hasta sentir que me llevaban a rastras tomado por brazos y piernas», narró González Suco.

Una vez trasladados todos los prisioneros a un lugar cercano, ocurre un hecho que según él, demuestra la calaña y la ignorancia de los invasores. Uno de los mercenarios se fijó en el alfabetizador que estaba a su lado y le dijo:

-¿Y de qué es ese uniforme?

-De alfabetizador, respondió el muchacho.

-¿Y eso qué es?

-Enseño a leer al que no sabe, recalcó el joven.

-¿Eres comunista?

-No, soy fidelista

-Pero todos los que simpatizan con Fidel son comunistas, dijo medio bravo el forajido, a lo cual contestó el muchacho: «bueno, entonces seré comunista sin saberlo, pero soy fidelista», ante cuya respuesta, fue empujado y maltratado por el mercenario con la punta del fusil.

La pronta llegada de refuerzos y del grueso de las tropas cubanas a la zona, posibilitó la huida de los invasores y que el grupo de prisioneros salvaran sus vidas. Una vez liberados y ya en Pálpite, frente al capitán José Ramón Fernández, el miliciano Ramón González Suco informó al jefe acerca de los detalles de la operación enemiga. Luego lo envían para la comandancia del central Australia, donde a cada rato, escuchaba la comunicación directa con Fidel a través de un teléfono de magneto. De pronto, le pasan el teléfono y le dicen que el Comandante en Jefe quiere saludarlo.

Durante la conversación, el Jefe de la Revolución se interesó por la manera en que lo habían tratado los mercenarios, si le habían dado muchos golpes y si conocía de muertos entre la población de la zona, a cuyas interrogantes Suco contestaba en medio del lógico nerviosismo que generaba hablar con Fidel.

Sesenta y cinco años después, Ramón González Suco, el cienfueguero sobreviviente de aquella batalla y uno de los primeros hombres que se batió de frente contra los invasores, no duda en afirmar, que si tuviera que repetir la hazaña, lo volvería a hacer con la misma determinación.

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