Los de Girón no son, en abosluto, héroes que puedan definirse en la forma canónica en la que son representados en las sagas heroicas occidentales. Tal vez por eso, esa gesta de apenas 72 horas es tan difícil de entender.
No hubo Aquiles ni Leónidas, ni generales de traje y sombreros exagerados dirigiendo modernas piezas de artillería, ni filósofos empleando el terreno a su favor con una copia de las tablillas de El arte de la guerra bajo el brazo.
Ni semidioses, ni hijo de semidioses, ni ningún descendiente de alguna cópula divina. Tampoco 300 hombres en el paso entre dos riscos deteniendo a las oleadas enemigas con sus escudos y sus lanzas.
Los cenagales de Matanzas no fueron defendidos por tropas de élite hollywoodenses, ni por un grupo selecto de metahumanos dirigidos por algún señor de traje con un parche en un ojo. Tampoco existió un esfuerzo bélico ni siquiera a la altura de las más conservadoras novelas soviéticas de la posguerra.
En Girón hubo gente de pueblo. Campesinos, obreros, estudiantes. Custodios de bodegas, guajiros que cortaban leña en las lomas, jóvenes recién graduados con caras de niños operando tanques y baterías antiaéreas.
Hubo Eduardos, Sergios, Josés, Migueles, Pepes. Hubo nombretes de campo y apodos militares. Hubo historias de novias, cigarros picados en las madrugadas, promesas de compartir una cerveza una vez cesaran los disparos y volviera la calma.
La épica fue muy distinta a las de los cantares medievales. Incompatible con los libros de historia y los manuales de prestigiosas academias militares europeas.
Playa Girón solo puede caber en pequeños libros como La guerra tuvo seis nombres, de Eduardo Heras León, con protagonistas tan reales como los que les pusieron el pecho a las balas.
Con jefes corajudos en primera línea de combate y otros con miedo a ras de suelo, con muchachos asignados a tareas de apoyo preocupados por no poder ser protagonistas de la historia, con guajiros abatiendo a tropas bien armadas y entrenadas, echando por tierra estadísticas y planes de acción.
Girón confirmó una verdad que para algunos puede ser sumamente peligrosa y de la que nos les conviene hablar demasiado, porque demuestra que no hacen falta súper hombres para cambiar la historia. Que basta con un puñado de gente común.













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