ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Martirena

Otra vez abril. Otro 16. Y la misma cita en la esquina de 23 y 12, esa que el tiempo no ha podido borrar porque la lleva escrita el pueblo. Allí, Fidel dijo lo que muchos ya sentían: que aquella Revolución del Moncada, del Granma, de la Sierra y del llano era socialista. Y no fue una emoción de discurso. Fue la constatación de un hecho: estábamos haciendo algo nuevo, algo nuestro, algo que no venía en ningún manual ni respondía a ninguna consigna extranjera.

Y es que nuestro socialismo no fue impuesto. Ese es un cuento que repiten los que no soportan ver a un país pequeño, bloqueado y soberano, decidiendo su propio destino. El socialismo cubano es el resultado del desarrollo endógeno de nuestra conciencia de país. Nació aquí, en esta Isla, de la necesidad de crear algo que fuera diametralmente opuesto a los años de coloniaje.

Hoy, en medio de la peor crisis económica en décadas –con bloqueo recrudecido, con dificultades que nos duelen a todos en el bolsillo y en el ánimo–, alguien podría preguntarse si aquella decisión fue un error. Yo les aseguro que el mundo no aguanta los niveles de consumo que impone el capitalismo. ¿Cuántos planetas de repuesto hacen falta para sostener el despilfarro que promueve un sistema en el que vale más el que más consume? Y nosotros, bloqueados y todo, estamos diciendo desde esta isla que existe otra forma. No es perfecta, no es milagrosa, pero es la única que garantiza que lo poco o lo mucho que tengamos se reparta entre todos. Es posible construir otro orden mundial basado en la cooperación y en la solidaridad.

El reto: desempolvar el marxismo, traducirlo a nuestra lengua, a la que usamos en la cola del pan, en la guagua, en la cuadra o el barrio. Si lo nuestro fuera un modelo fracasado, su supervivencia habría sido imposible frente a la presión constante y cada vez más dura del imperio. No basta con señalar al enemigo de afuera –que es real–, sino también mirarnos al espejo y reconocer las heridas que nosotros mismos hemos dejado abiertas.

Ciertamente tenemos mucho que combatir desde este lado, el revolucionario, el que no ceja en el empeño de construir una Cuba mejor. La burocracia que ahoga, la indolencia, el facilismo, son heridas letales de las que debemos hablar sin tapujos. No por masoquismo, sino porque un socialismo que no se autocritica es un socialismo que se duerme, que no avanza, y ya se sabe: esos errores el capitalismo salvaje no los perdona.

Hoy Cuba hace frente a la hegemonía cultural que nos empuja hacia la restauración de un capitalismo dependiente, depredador, de esos que convierten la necesidad en negocio y la solidaridad en debilidad. Sin embargo, sostiene firme la alternativa de seguir construyendo un socialismo propio, típicamente cubano, sin renunciar a ser próspero y sostenible.

Construir la irreversibilidad del socialismo no es un lema para poner en una pancarta y olvidarlo. Es un mandato que está en la Constitución de la República, refrendada por el pueblo en 2019, pero que tenemos que ganar todos los días en la fábrica, en el campo, en la escuela, en el consultorio del médico, en la bodega. La irreversibilidad no es un estado de gracia: es una batalla cotidiana contra la desidia, contra el desaliento, contra la falsa matriz de que da lo mismo un sistema que otro.

El reto: teorizar más, debatir más sobre este socialismo cubano y llevarlo a la práctica revolucionaria. No tener miedo a la palabra comunismo, blanco por décadas de la más vil propaganda enemiga. Demostrar que nuestros padres y abuelos no se equivocaron. Y hacerlo con la misma pasión con la que aquel 16 de abril un pueblo, sin más armas que la dignidad, decidió que su futuro no se llamaría capitalismo.

Quien escribe estas líneas conoció de cerca a personas cuyas vidas cambiaron luego de la caída del Muro de Berlín y el desmontaje del socialismo en la República Democrática Alemana, un país mucho más desarrollado que Cuba. Gente a la que le va mejor o peor, pero que sabe que no tiene el sistema que quería, que entendió que era imposible tomar lo bueno de sistemas antagónicos, que vio volver a su tierra el racismo y la discriminación; gente que tuvo que guardar los títulos como un fiscal juzgado, un médico que no se adapta a ver a sus pacientes como clientes, un rector universitario que perdió su doctorado, un opositor que no le halló siquiera sentido a seguir haciendo oposición porque ya nadie lo escuchaba, o un hombre que se reconoce extranjero en su propio país. Habría que ver cuánto sufriríamos, por esta idiosincrasia de cubanos, si nos dejamos arrebatar lo que hemos construido.

No nos llamemos a engaño: a esta isla del Caribe no le tocaría el capitalismo rico y desarrollado; no, nos tocaría el de Haití, el de Centroamérica o el de África, en el que estas historias pudieran ser varias veces peor.

Por eso otra vez es abril. Otra vez es la cita con una historia que es presente y futuro. Y esta vez, con más fuerza que nunca, seguimos optando por este socialismo nuestro, perfectible pero justo y humano, el mismo que se proclamó en aquella esquina habanera, que se defendió en Girón, y años después declaramos irrevocable. Ese socialismo que la Constitución nos da el derecho a defender con las armas si fuera necesario y que, sin lugar a dudas, es nuestra única opción aquí, ahora y siempre.

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